8.1.13

Los "dueños" de la tradición

Los dueños de la tradición

Por Edgardo Civallero

"¡Eso no es tradición!". Ah, ¿qué sería de mi vida si no escuchara semejante exclamación al menos una vez al año? De hecho, confieso que es uno de los deseos que anoto en mi lista de "cosas que quiero hacer" cada primero de enero: "Oír ¡eso no es tradición!". No crean que se trata de una rareza mía; ocurre que ése es uno de los pocos puntos que puedo tachar como "cumplidos" cada Nochevieja. Y eso, amigos míos, causa cierta satisfacción.

Mi relación con la "tradición", palabra tan popular en su uso como poco conocida en su definición, ha sido poco menos que tormentosa. Empezó cuando me inicié en los secretos y misterios de la música latinoamericana, algo que, paradojas de la vida, ocurrió hará unos 20 años en las islas Canarias... a 12.000 kms. de América Latina (o, al menos, de la sección del continente en la cual yo había nacido). Podría haber aprendido a interpretar folklore canario, del cual hay mucho y muy bueno. Pero en aquella época los canarios eran algo puntillosos en cuanto a su patrimonio cultural, y ante el más mínimo desliz cometido sobre las cuerdas de una guitarra o de un timple se me arrojaban encima, con los caninos buscándome la carótida. "¡Así no, estás destrozando la tradición!", aullaban furibundos. Aterrorizado ante la perspectiva de verme linchado si alteraba en una semifusa el ritmo de una folía, pero aún interesado en la música, pensé en volcarme hacia los sonidos de mi propio acervo cultural; de esa forma, nadie se ofendería si improvisaba un poco, si variaba tempos o inventaba acordes. Y en efecto, así fue. O no. En realidad, cuando me escuchaban tocar malambos de las pampas y huaynos de los Andes, mis colegas grancanarios me recomendaban encarecidamente que los mejorara un poco y los transformara en algo "más escuchable". O que los modernizara. O que los fusionara...

Fue entonces cuando comencé a intuir que la tradición propia es algo intocable (y que a veces la ajena nos importa más bien poco, tirando a nada). El porqué lo descubrí años más tarde, cuando, convertido ya en investigador académico, me adentré en los laberínticos pasadizos del "conocimiento tradicional" y la "tradición oral". Hallé que aquello que consideramos como "nuestra tradición" compone el núcleo duro de nuestra identidad como personas, como miembros de un grupo humano determinado. Es un conjunto (tremendamente variable) de elementos, procesos, acciones, costumbres y creencias íntimamente asociado a la lengua (o variante lingüística) que hablamos, a nuestro lugar de origen, a nuestra historia, a nuestros recuerdos y a nuestra familia. Que alguien intente modificarla nos puede parecer un verdadero sacrilegio; es como si intentaran sacudir los cimientos de nuestra propia vida.

Sin embargo, la tradición no se mantiene inmóvil, eterna e inmutable por los siglos de los siglos. En absoluto. Si así fuera, no nos habríamos movido del Paleolítico, culturalmente hablando. La tradición evoluciona continuamente, como cualquier otro rasgo humano. Ocurre que lo hace muy lentamente: despacito, despacito, se van dejando algunas partes en el camino, se adquieren otras nuevas, se modifican algunas, se fusionan otras...

En tan importante proceso juegan un papel preponderante los "innovadores", individuos que varían el conjunto de tradiciones de un grupo, de una sociedad o de un pueblo determinado. Son los que introducen las ideas de cambio y las novedades. Siempre los hubo, en todos los momentos históricos y en todos los ámbitos geográficos. Indefectiblemente. Y siempre, indefectiblemente, sus propuestas han sido resistidas, al menos en un principio. ¿Razones? Las indicadas arriba: cuesta mucho permitir que alguien sacuda nuestros cimientos o modifique el entramado es el que se asienta nuestra vida.

Muchas de esas ideas terminan siendo rechazadas y desaparecen. Algunas, sin embargo, superan la prueba, son aceptadas y, con el paso del tiempo (a veces, de un tiempo considerable), se van integrando en la enorme madeja de nuestro patrimonio intangible. Un buen día nos encontramos con que ciertas cosas que hasta no hacía tanto habían sido repudiadas como si se tratara de herejías, ahora forman parte de nuestra cultura. Precisamente una de las condiciones requeridas para que determinado elemento sea considerado "tradicional" es que sea tomado como tal por una parte significativa de la comunidad durante un tiempo prudencial.

En el espinoso escenario de la innovación de la tradición surgen dos curiosas figuras cuya presencia parece inevitable. Una es la del personaje que modifica un rasgo tradicional (una canción, una receta, una prenda) y pretende que la novedad sea automáticamente aceptada como "tradición". La lógica de su reclamo es bastante simplista: algo que está basado en la tradición debe ser, por fuerza, tradicional. Pretende que su comunidad acepte su obra y que la incluya dentro de su acervo, con el mismo estatus (y el mismo cariño y respeto) que canciones, recetas o prendas que llevan décadas o siglos vigentes en esa sociedad. Evidentemente, tal cosa no ocurre nunca: con suerte, los innovadores ven su trabajo reconocido al final de sus días. Tal es el caso, por ejemplo, de Astor Piazzola, un gran músico argentino que le dio un tremendo vuelco al tango y que fue agriamente criticado y atacado por los cultores del "tango de siempre". Creo que antes de morir pudo ser testigo de cómo muchas academias y orquestas de tango incluían sus temas (se me ocurre el excelente "Verano porteño") en su repertorio. Hoy no se puede hablar de tango en Argentina sin incluir a Piazzola, y "Verano porteño" es uno de los "caballos de batalla" de muchos conjuntos tangueros.

La otra figura, presente en todas las sociedades de todos los rincones del planeta, es lo que yo he dado en llamar "el dueño de la tradición". Se trata de un individuo que se considera capacitado (vaya uno a saber quién lo capacitó) para juzgar y decidir qué es tradicional y qué no lo es. Es gracioso verlo oponerse a las novedades y defender una "tradición pura" y "de siempre" que en muchos casos sufrió un cambio severo durante la generación anterior y no es más que una innovación en sí misma. Más gracioso es verlo "recuperar" y "revivir" tradiciones pasadas: el resultado final, la "recuperación", es otra innovación, algo que tiene poco que ver con la tradición original perdida.

Las discusiones en estas arenas tan movedizas han sido, son y serán largas, sañudas, aburridas... y totalmente inútiles. Dejémoslos argumentar, desgañitarse, pelearse y entretenerse: a la larga, seremos todos nosotros los que, de una forma o de otra, silenciosa y anónimamente, iremos eligiendo qué rasgos de nuestra cultura mantendremos, cuáles desecharemos, cuáles recuperaremos del olvido y cuáles nos gustan más transformados.

Conservar las tradiciones es necesario: son nuestras raíces y, sin ellas, poca cosa seríamos. Pero no nos engañemos: eso que creemos "puro" y "nuestro" no es más que la adaptación de la adaptación de la adaptación de un rasgo mestizo de mil sangres y culturas que, quizás (pero solo quizás) en algún momento del pasado fue "original". Y esa tradición que hoy consideramos inviolable cambiará en un futuro cercano (nos guste o no) de la mano de innovadores que, crucemos los dedos, no pretenderán ver sus "creaciones" convertidas en "antiquísima tradición" de la noche a la mañana.

Así funciona el entramado cultural humano; de otra forma, sería algo estático, congelado, fosilizado, casi arqueológico. Y, en consecuencia, algo mortalmente aburrido. ¿O es que alguien disfrutaría de escuchar siempre la misma canción ejecutada de la misma forma, con los mismos instrumentos, en el mismo tono, o de degustar el mismo plato preparado siempre, siempre, siempre de la misma manera, sin una especia de más?