25.12.12

La rebeldía que no cesa

La rebeldía que no cesa

Por Sara Plaza

Y que nace, en buena parte, de eso que denominamos utopía, la cual, en palabras del dramaturgo Alfonso Sastre, hace referencia al "arte de posibilitar lo que es deseable y que hoy todavía se nos presenta interesadamente como imposible" (1).

Una rebeldía que se pone en marcha cada vez que dejamos de creer que lo existente, lo dado, la realidad tal y como está, es lo único que puede haber. Una rebeldía que avanza de la mano de la organización popular cuando cada uno de nosotros, por separado y junto a los demás, somos capaces de imaginar lo que aún no existe, y comenzamos a andar los caminos que verdaderamente queremos transitar: el de la emancipación, el de la justicia social, el de la dignidad, el de la libertad, el de la soberanía, el de la democracia.

Caminos que en demasiados rincones del mundo están cubiertos por la maleza, desdibujados, emborronados. Caminos que en muchos lugares se han ido cerrando al paso, privatizando, sembrando de obstáculos. Caminos que aquí y allá, pero sobre todo allá, habían sido enterrados o volados por los aires.

Por eso tenemos tanto trabajo por delante. Trabajo colectivo, trabajo creativo, trabajo compartido. Trabajo de cada cual, tuyo y mío. Trabajo con los libros y en la calle. Trabajo de sol a sol y bajo las estrellas. Trabajo de todos los días, empuñando una tiza, un lápiz, una azada, un martillo, un soplete, una cuchara, una guitarra, un fonendoscopio, una varita mágica, una escoba, un sueño, una semilla, una carretilla, una cometa, un poema, un cazamariposas, una vela, una adivinanza, un estropajo, un pico, una copa, una pala, una ilusión, una brocha, un peine, una lupa, una pancarta, un cubo, un catalejo, un hacha, un misterio, una aguja, un clavo, una brújula, una duda, un pincel, una pregunta, unas tijeras, una canción.

Herramientas e instrumentos que nos han de servir para conspirar contra el pesimismo y la inevitabilidad, para combatir el dogmatismo y el escepticismo, para desnudar la mentira y la manipulación. Que nos han de ayudar a entender, a desmitificar, a cuestionar y a debatir. Que nos tienen que alumbrar mientras vamos haciendo retroceder el miedo, y nos orientamos en medio del desconcierto, la indignación y la bronca.

Ahora, cuando nos duele lo que nos pasa. Cuando poco a poco vamos entendiendo que ese dolor tiene causas y motivos, nombre y apellidos. Cuando nos vamos dando cuenta de que cada derecho conquistado nos está siendo arrebatado para apuntalar el proceso de acumulación. Cuando caemos en la cuenta de que para ser "libres" hemos renunciando a querer cosas y, sobre todo, hemos dejado de pensar. Cuando estamos aprendiendo que las constituciones sociales han resultado insuficientes, y que es en sus limitaciones donde se encuentran algunas de las claves del progresivo desmoronamiento del proyecto de Estado social (2). Cuando con toda claridad se eleva frente a nosotros el macizo ideológico que conforman los medios masivos de información, amplificado por numerosas fundaciones y centros de estudio e investigación. Cuando los profesores dan clases en las plazas, las mareas multicolores desbordan las calles y las denuncias y las reivindicaciones hondean en sábanas blancas.

Ahora, precisamente ahora, es cuando tenemos que seguir posibilitando una revolución democrática y recordar, con Boaventura de Sousa Santos, que "la paciencia de la utopía es infinita" (3).

Ilustración de Sara Plaza.