5.12.12

El "maestro" de la tradición

El maestro de la tradición

Por Edgardo Civallero

— ¡Acabo de hacer un curso bru-tal de siega con hoz...! — me suelta, así, sin anestesia, alguien a quién acabo de conocer.

Enfrentado a semejante tarjeta de presentación (con exclamación y separación silábico-enfática incluidas), una afirmación que no busca más que la admiración febril y el envidioso babeo de los que lo ignoramos todo sobre la siega con hoz, ¿qué puede uno decir?

— ¿Ajá? — atino a responder, totalmente desarmado.

— Pues sí. Lo dictó el mejor maestro de siega con hoz, que...

En ese preciso momento pulso un útil botón de "pause" con el que mi cerebro vino equipado de fábrica, rebobino la cinta y empiezo a prestar verdadera atención a lo que hasta ahora he estado escuchando pasivamente.

Hasta donde soy capaz de atisbar, en la actualidad se dictan cursos de siega con hoz. Entiendo que la afirmación será extensible a muchos otros rasgos de la cultura tradicional que hasta no hace tanto se transmitían oralmente (y, por lo general, gratuitamente): esos que el padre enseñaba al hijo, la madre a la hija, el abuelo al nieto, la tía a la sobrina, la suegra a la nuera, el hermano mayor al menor... Son una serie de destrezas que solían conformar el acervo cultural básico de cualquier persona y el patrimonio intangible de una sociedad y un pueblo: segar con hoz, trenzar el esparto o la pita, ordeñar una vaca, esquilar una llama o una oveja, podar los frutales... Eran (y siguen siendo, en muchos puntos de este enorme y variado planeta nuestro) actividades necesarias para la supervivencia propia y para el bienestar familiar y comunal. Y por esa misma razón, nadie en su sano juicio asistiría a un curso pago para aprender eso. Quizás en el caso de algunos trabajos manuales o artísticos muy especializados habría que pagar algo por recibir entrenamiento o formación detallada, pero... No, definitivamente eso no ocurriría en una sociedad en la que la cultura tradicional siguiese viva y los canales de transmisión oral siguiesen activos.

Pero, claro, ya no vivimos en una de esas sociedades. Al menos, mi interlocutor, claramente, no lo hace. Probablemente sea un urbanita interesado en eso que ahora dan en llamar "neo-agricultura" ("el campo" de siempre) y que hasta el momento no ha tenido demasiado contacto con un bosque, un prado o un corral de verdad. Un urbanita que vive, como tantos de nosotros, en una sociedad citadina, moderna y globalizada con tradición escasa, memoria nula, transmisión oral ausente y cultura convertida en un bien de consumo más. Alguien que, si quiere conocimiento tradicional, tiene que comprarlo en un curso.

— Espera, espera... — lo interrumpo. Si voy a escuchar una perorata de ese individuo, al menos quiero sacarle algún partido. Tema para una entrada de blog, por ejemplo. — ¡¿Un curso de siega con hoz?!

— Sí, sí...

— Ah, ya entiendo... Es que en la gran ciudad las únicas hoces que se ven son las que aparecen en las banderas comunistas — bromeo. "Y de esas tampoco se ven muchas últimamente", farfulla mi otro yo, un animal sarcástico al que mantengo amordazado dentro mío para que no incordie demasiado.

— No, si yo soy de pueblo. De hecho, mi padre sigue segando con hoz. Le enseñó mi abuelo, y a él el suyo...

Mi cara tiene que ser un espectáculo, estoy seguro. Puedo sentir mi boca abierta y el peso de mi quijada colgando, inerte y atónita. Y a mi otro yo masticando pecaminosas interjecciones que vienen a señalar, en resumidas cuentas, que aquel fulano es un absoluto imbécil.

— Perdón, pero... si tu padre aún lo hace, ¿para qué fuiste a un curso?

— Es que ahora vivo en la ciudad, e ir al pueblo a que mi padre me enseñe me da pereza. En cambio, el centro cultural me queda a tres calles y...

— Claro, claro... — Silencio a mi otro yo con esas razones, que no serán lo que se dice "de peso" pero son medianamente aceptables. La conversación continúa.

— Además, el curso al que fui lo dio el mejor maestro de siega con hoz, que...

— Espera, espera... — vuelvo a interrumpir. — ¿Es que hay "mejores maestros de siega con hoz" en este país?

"Sí, los hay, y yo fui uno de sus alumnos", responde la mirada brillante, el pecho henchido de orgullo, la sonrisa embelesada y el asentimiento mudo de mi interlocutor. Siento que se me revuelven las entrañas y que mis humores internos se desvían de su curso natural y se mezclan. Mala cosa, dirían los antiguos médicos. La hiel en el gaznate y la sangre en los ojos no pronostican nada bueno para la salud.

Esos "maestros" de los que me habla este individuo que tengo enfrente no son una de esas personas que, conocedoras de cierta destreza, la enseñan sin más (cobrando por ello o no), tal y como la aprendieron de otros o la inventaron ellas mismas: la cocinera que dicta la receta de un postre, el panadero que revela el truco de un producto más esponjoso, el agricultor que enseña los ritmos lunares o el carpintero que explica el proceso de secado de la madera recién cortada. No, no se trata de esos admirados "artesanos" (así etiqueta hoy nuestra sociedad urbana a cualquiera que haga cosas que hasta hace treinta años sabían hacer todos nuestros antepasados y que hoy, para nosotros sus descendientes, son todo un misterio).

Tampoco se trata de alguien que, merced a determinadas cualidades o habilidades personales, es depositario de una parte significativa del acervo cultural de su gente: el herrero de la villa, el luthier de la comarca, la mejor cantora de la región, el poeta más memorioso... (Estos, en la escala de clasificación urbana, suelen ser tratados de "artistas").

Ni siquiera hablamos de esos que yo llamo "bibliotecas vivientes", verdaderos tesoros que recopilan en su memoria la práctica totalidad del saber, la historia y los recuerdos de su pueblo. En determinado momento, estas maravillas caminantes sienten que ha llegado la hora de transmitir sus conocimientos sin dilación porque, de lo contrario, todo lo que atesoran (fruto del paciente trabajo de muchas otras "bibliotecas vivientes" pretéritas) corre el riesgo de perderse. Y entonces lo enseñan, sin mayores pretensiones que lograr que lo que explican o narran sea recordado y transmitido en el futuro.

No, mi interlocutor no se refiere a ninguno de ellos, hombres y mujeres que merecen y reciben toda nuestra (pequeña o gran) admiración. Habla, yo lo sé, de los modernos "maestros" de la tradición. Estos personajes son individuos bienintencionados que empiezan sus meteóricas carreras interesándose y recolectando un determinado fragmento del patrimonio intangible de su sociedad. A veces, sintiéndose "poca cosa", inflan un poco su labor aseverando que están "recuperando" o "salvando del olvido" una joya cultural (mi otro yo se carcajea roncamente, porque tiene la mala costumbre de desconfiar de las grandilocuencias; los verdaderos hacedores de cosas, afirma en un siseo, no anuncian a bombo y platillo lo que van a hacer ni se jactan de lo que han hecho).

Recogida, "salvaguardada" y aprendida la tradición –en este caso que nos ocupa, la siega con hoz– se dirigen a la ciudad más cercana (en donde este tema de la cultura tradicional y la transmisión oral, como queda dicho, es algo desconocido y, por ende, resulta bastante exótico) y plantean un curso: "Siega con hoz". En realidad, gracias a propuestas de ese tipo muchos urbanitas hemos aprendido cosas que, de otra forma, hubiésemos ignorado por los siglos de los siglos (por ejemplo, que los tomates nacen de una planta y no de un cajón de madera). Pero ocurre que tras varios cursos y talleres, este individuo del que hablo (al que no le niego excelente cualidades docentes) comienza a recibir felicitaciones, y alguna que otra invitación a aparecer en la radio o en la tele o a escribir en una revista, e incluso, ¿por qué no?, la oferta de preparar un libro sobre la siega con hoz... Y a este personaje, que no es más que un simple eslabón de la cadena natural de transmisión cultural, y que no ha hecho nada que no hayan hecho ya millones como él durante los cien milenios que llevamos vivos como especie, el asunto de la admiración ajena le gusta. Le sienta bien el trato preferencial, le encanta que lo aplaudan. Y cuando alguien, en un inesperado rapto de arrobamiento, le espeta eso de "¡es usted un maestro!", va y se lo cree.

Et voilà! Es entonces cuando empiezan los verdaderos problemas.

Porque el "maestro" de siega con hoz se siente "más" que el resto de la humanidad segadora, y "mucho más" que el de los humanos no-segadores. Y empieza a sentar cátedra, porque su saber es "mejor" que los demás saberes sobre siegas. Y comienza a mirar de soslayo (casi con desprecio) al campesino que toda la vida segó con hoz, porque, según él, ésas no son formas de segar: esos "inexpertos hombres de campo" tendrían que hacer un curso con él para que aprendieran a trabajar decentemente, e incluso con cierto arte. No en vano él es "el maestro".

Y comienza a "mejorar" la técnica de la siega con hoz, e inventa nuevos diseños de herramientas (más resistentes, más aerodinámicas) y movimientos más osados y artísticos de la mano. Y "fusiona" las técnicas de siega locales con las del país de al lado, y con las de otro país que está tres países más allá en el planisferio. Y es invitado a segar en el extranjero, y allí dicta conferencias y lo aplauden a rabiar... o como sea que aplaudan los extranjeros. Y cobra más caro por sus cursos, porque los dicta él, que es el "maestro" y además es hombre "viajado" y que ha creado cosas nuevas.

Y los adeptos que lo siguen y admiran hacen correr la voz de que si uno no aprende a segar con él es un pobre infeliz que no sabe segar. Y los nuevos conversos en esa religión de la siega, admirados por las habilidades de los viejos creyentes y temerosos de la ira divina, se dirigen solícitos a aprender el nuevo credo con el nuevo dios de las hoces y los pastizales... sobre todo porque no es cuestión de que en el "ambiente" los consideren unos infelices.

Y el "maestro" llega al punto de reclamar derechos de autor por la siega, y acusa a los campesinos del planeta de "competencia desleal" por estar enseñando a sus descendientes lo que sólo deberían enseñar él y su círculo de colaboradores más fiables. Y de no parársele los pies, los buenos ciudadanos de este mundo inquieto nos encontramos, una mañana cualquiera, con una enciclopedia oficial de la siega (en papel y digital) y una Academia Internacional de la Siega que emite títulos bilingües inglés-español de licenciado y doctorado en siega, válidos para Europa, África del sur y las tres Américas.

Doy al botón de "play" en el interior de mi cabeza e intento escapar como sea de aquella conversación, no vaya a ser que mi otro yo le meta candela a la mecha del cóctel molotov que se me ha armado en el estómago, y termine vomitando alguna opinión visceral de las mías.

— Sí, hombre, éste es el mejor maestro de siega con hoz — está diciendo mi interlocutor. — Si quieres aprender de verdad, tienes que estudiar con él.

— Lo tendré en cuenta — respondo, con los dientes apretando a duras penas un muy castizo "pero ¿tú eres tonto o te lo haces?".

Huyo del neo-segador iluminado, mientras lamento para mis adentros que la cultura tradicional de transmisión oral se haya convertido en eso: el circo de unos pocos tuertos que reinan en un país de ciegos. Y es en ese momento cuando mi otro yo se libera de su mordaza y me ensordece con sus gritos, apelando a mi sentido común. Y me dice que "eso" no es la tradición; que la tradición sigue donde siempre estuvo, y que continúa fluyendo por los canales por los que siempre se manejó. Me informa sumariamente que todos aquellos que de verdad recogen y transmiten los rasgos más queridos (y más desprotegidos) de su cultura y su identidad lo hacen de forma cuidadosa y respetuosa, sabedores de que no es un negocio, ni un asunto de aplausos o de maestros y alumnos, ni cosa de títulos o protagonismos. Y concluye opinando que siempre tiene que haber algún payaso que amenice la fiesta con sus gracias. Pero que, a la hora de la verdad, la historia demuestra que los que buscan su minuto de fama tienen exactamente eso. Un minuto. Nada más.

Serán solo un suspiro, me susurra mi otro yo; una gota de agua en el inmenso océano de una memoria colectiva que lleva siglos creando, recordando... y olvidando. Una memoria, dicho sea de paso, que es de todos, porque todos la disfrutamos, y que por eso mismo no pertenece a nadie.

No puedo evitar darle la razón a mi otro yo, siempre tan certero en sus observaciones. Antes de volver a amordazarlo, aún tiene tiempo de aconsejar que dejemos que los seguidores ciegos sigan aplaudiendo a sus tuertos Mesías, porque siempre que seamos conscientes de que eso ni es cultura ni tradición sino solo un show, el resto de nosotros no corre ningún peligro y tiene la diversión garantizada.

Nota: Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia... a no ser que los amables lectores cambien "siega con hoz" por otras actividades tradicionales de España y las Américas. Entonces empezarán a encontrar parecidos sorprendentes que pueden (pero solo "pueden") no ser meras e ingenuas coincidencias.