18.12.12

De cómo nos roban las palabras

La realidad, inspiracion y mentora de nuestros gobernantes

(y de cómo nos las dejamos robar)

Por Edgardo Civallero

Desde los inicios de la historia del hombre, la agricultura fue un conjunto de técnicas a través de las cuales se lograba que la tierra pariera frutos. Era tan sencillo (y tan difícil, y tan duro) como sembrar la simiente, administrar el agua, controlar las plagas y cosechar la producción. En un momento determinado (allá en los albores de la Revolución Industrial y la emergencia del sistema capitalista), esas técnicas fueron "optimizadas" para que los campos produjeran masivamente, para reducir el embate de las pestes, para lograr "mejores" productos vegetales (más grandes, más bonitos)... Esa agricultura industrial, capitalista, de producción en masa, de disminución notable de la calidad y la variedad genética de las hortalizas, verduras y frutas, se convirtió en la "agricultura" por antonomasia, y la otra, la agricultura de siempre, la que nunca dejó de ser practicada por miles de pequeños productores, la de las huertas familiares y los sembradíos comunitarios, la de los remedios "caseros" y "naturales" para acabar con los pulgones y el mildiu, la que desarrollaron nuestros abuelos y bisabuelos y tatarabuelos y todos sus antepasados desde que el mundo es mundo y el arado es un arado, pasó a llamarse "agricultura orgánica".

En el pueblo donde vivo aún quedan muchos agricultores "tradicionales" (de hecho, los dos autores de esta bitácora somos inexpertos aprendices de sus saberes) cuyos tomates, berenjenas o patatas son catalogados, ante su completo asombro, como "orgánicos" por aquellos urbanitas de la gran ciudad que nos visitan. El asombro se debe a que mis vecinos agricultores no han variado un ápice las costumbres agrícolas heredadas de sus mayores. No han hecho nada que merezca ser tildado de "orgánico" o "natural". En sus palabras, han hecho y hacen "lo de toda la vida".

¿Por qué la agricultura de siempre ha sido "etiquetada", adjetivada, diferenciada, vista incluso como algo "exótico" y "curioso", y la industrial, esa que quema la tierra, agota los recursos, juega con la genética de las plantas, disminuye la diversidad biológica, llena de plaguicidas y otros químicos nuestros alimentos y subyuga la producción a las leyes del mercado, ha pasado a ser "la agricultura"? ¿Por qué la hoy llamada "orgánica" no es "la agricultura" y la otra no es etiquetada como "agricultura industrial", "agricultura de producción masiva", "agricultura capitalista", "agricultura de plaguicidas", "agricultura de empobrecimiento" o cualquiera del centenar de opciones que ahora mismo se me vienen a la cabeza?

Los robos de palabras no son extraños en este mundo nuestro. En realidad son una práctica habitual, casi necesaria para la supervivencia del nocivo statu quo en el que vivimos. Porque las palabras, los términos que usamos o nos hacen usar (aunque nadie nos obliga a hacerlo, por cierto) para designar y definir las cosas, construyen nuestra comprensión del universo. Nos quitan vocablos, les dan otro significado y nos los venden como "los de siempre", modificando así nuestro entendimiento de la realidad. Llamamos "democracia" a algo que claramente no lo es: basta con analizar los regímenes desequilibrados e injustos bajo los cuales vivimos. Pero ¿quién nos convence de lo contrario, si por el mero hecho de haber repetido hasta la saciedad que vivimos "en democracia" ya creemos que nuestros destinos como ciudadanos están en manos de un "gobierno del pueblo"? Llamamos "libertad", "independencia", "justicia" y "educación" a cosas que distan mucho de lo que deberían ser, de lo que fueron alguna vez... Pero el vocablo oculta la realidad, y pocas veces vamos más allá de la mera palabra. ¿Es "leche" lo que bebemos con el desayuno matutino, simplemente porque lo dice el envase? ¿O quizás sea leche lo que ordeña todas las mañanas mi vecino el pastor, y lo que nos venden en el supermercado es en realidad un triste sucedáneo diluido en agua y "enriquecido" con media docena de porquerías químicas?

¿Cuándo nos dejamos robar los viejos y queridos términos que designan las cosas que siempre conocimos? ¿Por qué permitimos que nos los robaran? ¿Y por qué no hacemos algo para recuperarlos? Algunos están en eso. En las ciudades españolas, muchos manifestantes indignados por las políticas nefastas de sus gobernantes repiten a voz en pecho "lo llaman democracia y no lo es". Saben que han sido estafados, que les han vendido gato por liebre, y se niegan rotundamente a seguir aceptando la patraña. Muchos otros se sacuden docenas de otros conceptos que han sido acuñados o claramente manipulados para mantenernos callados, para convencernos de que debemos vivir como a ellos les interesa que vivamos... Basta con plantarse ante una palabra en concreto, cualquiera de ellas, y recordar (o pedir que nos ayuden a recordar) lo que solía significar hasta no hace tanto, o en su origen. ¿Es esto "un tomate", es esto "información", es esto "solidaridad"?

Nos llevaremos grandes sorpresas. Y descubriremos que, aunque no lo hayamos notado hasta ahora, solemos vivir con una venda en los ojos, una mordaza en la boca, y conducidos de aquí para allá como si fuésemos caballerizas.