6.11.12

Salir de uno, bostezar juntos y encenderse con los demás

Salir de uno, bostezar juntos y encenderse con los demás

Por Sara Plaza

El poeta Marcos Ana cuenta a menudo que durante esos 23 años tan duros que pasó encerrado en las cárceles franquistas aprendió a ser feliz en la felicidad de los demás, e insiste en que tiene como norma no hacer de su pellejo el horizonte del mundo.

Por su parte, la periodista y cineasta Lolo Rico, en una entrevista reciente, recordando los versos de Aute, comentaba que nos va a venir la noche más larga, y citaba los de Nacha Guevara para señalar la importancia de ese tipo de felicidad que significa comerse un trozo de pan al sol, sabiendo que no te va a pasar nada, que se lo vas a poder dar a tu hijo, sin miedo, con libertad.

Tanto para el autor de Decidme cómo es un árbol: Memoria de la prisión y de la vida como para la que fuera directora del programa de Televisión Española La Bola de Cristal, la solidaridad es algo fundamental en esta pelea por procurarnos la felicidad, y de ella saben mucho las tortugas de uno de los cuentos protesta de Gustavo Duch.

Se las ve muy débiles desfilando patosas por la arena de la ribera para alcanzar el agua donde nadarán a salvo. Sus caparazones blanditos de tortugas australianas y recién nacidas saben que no las protegen de los picotazos aviarios. Entonces, para asegurar la supervivencia de algunas de ellas, deciden nacer todas al unísono y así en grupo escabullirse de las gaviotas depredadoras que las sobrevuelan en esa su primera caminata.
¿Cómo hacen para comunicarse cáscara a cáscara la fecha y hora precisas de la eclosión comunal? En primer lugar –cuentan los estudiosos- aunque los huevos de arriba del nido, más calentitos, se desarrollan antes, los de abajo palpitan su metabolismo más rápido para estar crecidos por igual. En segundo lugar, el aviso de ―ya podemos salir, a la una, a las dos y a la de tres, es un palpitar más rápido de sus corazones embrionarios, que todas escuchan, entienden e interpretan. Las tortugas sin teléfono enseñan que la solidaridad nace y se hace con latidos de corazón.

Puestos a aprender (y a desaprender todo lo que haga falta) podemos aprovechar los conocimientos de las luciérnagas, de los bichos bolita y de las polillas para profundizar las grietas de ese sistema de explotación perverso, absurdo y profundamente antidemocrático, el capitalista, que en su huída hacia delante lo mismo devora hombres que recursos. Podemos empezar por abrir y cerrar agujeros en la noche como las primeras, hacer burbujas en la tierra como los segundos y llenar el mundo de huecos diciendo tejer puntillas como las terceras. Y podemos hundir en ellos nuestras manos, depositar en cada uno un bichito de luz y soplar despacito, porque como los más pequeños saben gracias a Laura Devetach, soplar un bichito de luz puede provocar un incendio... y nosotros solo queremos sembrar el mundo con esos fueguitos que arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear.

Ilustración de Sara Plaza.