20.11.12

No, no soy indigenista

No, no soy indigenista

Por Edgardo Civallero

"Ecologistas y naturómanos tratan a la Naturaleza como antropólogos e indigenistas tratan a los pueblos vencidos: la hacen depositaria de derechos en la medida en que la reconocen desposeída de poder".

Santiago Alba Rico. La ciudad intangible (Ensayo sobre el fin del Neolítico). Hondarribia: Hiru, 2002, p. 251.


De acuerdo a los académicos, hay dos tipos de movimientos o filosofías etiquetadas como "indigenismo". Uno "paternalista" y otro "liberacionista". Ambos, al parecer, son políticamente correctos, dependiendo de la perspectiva desde la cual se observe el llamado "problema indígena". Personalmente, los dos me parecen igual de insoportables.

El indigenismo "paternalista", muy popular entre gobiernos e individuos "no-indígenas", es apoyado incondicionalmente por una legión de buenistas sin mayor idea de lo que promueven o comulgan, y es aprovechado por un puñado de sinvergüenzas siempre dispuestos a sacar buena tajada social, económica o política de cualquier coyuntura. Es un indigenismo enfermo de una ignorancia atroz o manipulador hasta la náusea, que ve a los indígenas como comunidades prístinas que deben ser mantenidas en su particular estado "primitivo", o como el ideal de una sociedad "buena, aunque desaventajada, y en armonía con la Madre Naturaleza", o como la fuente de todo el saber "tradicional y ancestral" y de todo el arte "original y puro". Un indigenismo de caridad, de lástima, de retraso, de folklorismo... Un indigenismo que se compromete por un rato, nomás, porque después los indígenas desaparecen de las preocupaciones cotidianas. O un indigenismo de fin de semana, de viaje a una comunidad perdida (cuanto más, mejor) para sacarse la foto de rigor con el niño de rigor y el "jefe" de rigor. O uno de ir al mercado de artesanías a comprar algún detallecito porque así "se ayuda a las comunidades".

Aunque no siempre lo demuestre abiertamente, ese indigenismo mentiroso sigue considerando al indígena como un pobre desgraciado, un ser inferior que merece conmiseración, caridad de ropas usadas y alimentos no perecederos, admiración y sonrisa ante todo lo que diga o haga, y esa habitual "solidaridad" de dar la caña en lugar de enseñar a pescar... Continúa viéndolo como un simple "hacedor de artesanías", un ignorante o un incapacitado que necesita de ayuda para progresar o sobrevivir; alguien que habla una lengua exótica, tiene unas costumbres curiosas, toca una música rara, viste unas prendas "típicas", consume unas comidas "folklóricas" y tiene una cara que siempre viene bien para las publicidades de la tele, sobre todo cuando le da por pintarse.

Hay otro indigenismo, el "liberacionista", el de los propios movimientos sociales indígenas. Es la posición situada supuestamente en el extremo contrario de la que acabo de describir, y es igualmente deplorable. Busca combatir el desprecio a través del desprecio, o ser temido gracias a la agresión continua y directa, o ser respetado merced al ensalzamiento artificial y artificioso de los rasgos culturales y la "historia" propia... a niveles que van desde la idealización desinformada al esperpento más ridículo.

Es el indigenismo que pretende de mí que asienta, sonriente, y muestre respeto cuando un señor de un determinado pueblo de los Andes peruanos afirme sin pudores que es descendiente directo de los Incas, algo que nadie, ni siquiera él, puede averiguar, demostrar o comprobar. Es el que difunde costumbres y hechos históricos muchas veces inventados, casi siempre manipulados o falseados, y el que se basa en ellos para sus acusaciones y reclamos. Es el que espera que admire, extasiado, unos tocados dignos de un carnaval chabacano, hechos de papel maché y plumas de plástico, mientras sus portadores me juran solemnes que forman parte del patrimonio cultural "ancestral" y "milenario" de determinada sociedad del bosque húmedo paraguayo. Es el que busca que agache la cabeza en silencio cuando un fulano cualquiera me grite, por el simple hecho de tener una piel más oscura que la mía, que mis abuelos mataron a los suyos y les robaron sus tierras, aunque mis abuelos jamás hayan sabido de la existencia de los suyos (bastante tenían con luchar por su propia supervivencia cotidiana). Es el que quiere que acepte como verdaderas las leyendas fragmentarias y deformadas que los folletines turísticos presentan como indígenas. O que repita como un autómata un puñado de palabras y frases en ciertas lenguas indígenas porque es lo políticamente correcto, por más que no tengan sentido para mí ni valor real para ellos.

Desde mi punto de vista, las sociedades consideradas indígenas (una etiqueta tan incierta que, de acuerdo a las "definiciones" internacionales, mis propios antepasados piamonteses lo serían) son, básicamente, conciudadanos con algunas características identitarias distintas a las mías. Eso es todo. No son los únicos que se diferencian de la sociedad "dominante"; tampoco los exclusivos destinatarios de la pobreza, la discriminación, la exclusión social, las persecuciones, los genocidios, los despojos de tierras o la destrucción del patrimonio cultural. Afirmar lo contrario sería faltar el respeto a incontables colectivos y "minorías" sociales de todo el mundo y de todas las épocas.

El respeto que muestro hacia un individuo de ascendencia indígena, hacia su cultura o hacia sus problemas, es el que mostraría hacia cualquier otra persona, tenga o no características físicas o culturales distintas de las mías. El desprecio que exhibo hacia los individuos indígenas que mienten, bravuconean, engañan o "se hacen los víctimas" es el mismo que dedico a los no-indígenas que se comportan de similar manera. Mi solidaridad va dirigida hacia cualquiera a quien pueda ayudar, o hacia cualquier causa que considere justa, esté relacionada con los indígenas o no. Confieso que siento cierta debilidad por las lenguas y la música de los pueblos indígenas sudamericanos, pero les prodigo la misma atención que a otras lenguas y músicas que poco y nada tienen de indígena.

No me pongo del lado de los Mapuche que luchan por sus tierras y vidas en el sur de Chile porque son indígenas, sino porque su reclamo es justo, y lo apoyaría aunque no pertenecieran a una sociedad aborigen. Defiendo los derechos humanos de los pueblos indígenas como defiendo los de todas las demás personas, sobre todo los de aquellas que los ven violados a diario. Me opongo a la discriminación y a tantos otros males que afectan a los indígenas como me opongo a los que afectan a tantos otros sectores de mi sociedad. No aprendí el idioma quechua porque fuera el "lenguaje sagrado de los valientes Incas", sino porque lo considero una lengua preciosa, única para expresar ciertas ideas. No recorrí el lago Titicaca buscando las fuerzas mágicas del Aka Pacha, ni masqué coca porque es la "hoja sagrada", ni visité Tiahuanaco para buscar las evidencias del paso del célebre Viracocha. No me saqué una foto con ninguno de los niños ni los ancianos que abracé en las comunidades indígenas del Chaco argentino, ni compré "artesanía aborigen" en los mercados; a esos niños, a esos viejos, a los artesanos y a tantos otros los llevo siempre en mi memoria y los honro con mis acciones.

Creo que una postura equilibrada y respetuosa es mucho más saludable que cualquier posición indigenista. Sobre todo para los propios pueblos originarios. Aceptar el paternalismo o fomentarlo quizás les traiga beneficios, pero solo a corto plazo. Responder al odio con odio quizás alivie los deseos de venganza de algunos, pero no conduce a ningún otro sitio que no sea una absoluta soledad. Inventar pasados heroicos y presentes mágicos quizás llene los vacíos y las carencias de muchos, pero es triste: las mentiras, reza el refrán, tienen las patas cortas y el camino breve. Y los problemas no se solucionan tirándose de cabeza a mundos fantásticos improvisados a medida.

Sin embargo, parece que las actitudes indigenistas –esto es, las de extremos– están muy en boga en la actualidad. Sus defensas desatan desaforadas pasiones, y vienen fomentadas por la moda, amparadas por la política y protegidas por ciertas convenciones sociales que nos obligan a ser "comprensivos" y "solidarios" con "los distintos". Una vez más, la estulticia y la hipocresía priman sobre el más básico sentido común, ése que señala a voces una descomunal obviedad: que "indígenas" y "no-indígenas" somos, ante todo y sobre todo, personas (aunque uno y mil engaños, pasaportes y muros incluidos, nos hagan creer otra cosa). Y que en vez de ocuparnos de perpetuar etiquetas que llevan separándonos cinco siglos, o de inventar formas nuevas de acariciarnos falsamente el lomo o de escupirnos a la cara, deberíamos cimentar la idea de respetarnos los unos a los otros no por quiénes seamos, sino por lo que somos: seres humanos. Un valor, el del respeto mutuo, que parece haber caído en el más absoluto desuso últimamente.

Aunque quizás nunca estuvo en uso, después de todo, y tuvimos que suplir su ausencia con "indigenismos" y otros "-ismos" por el estilo.