23.10.12

El poeta que aprendió de los árboles

El poeta que aprendió de los árboles

Por Sara Plaza

Escribe el poeta y escritor palestino Mourid Barghouti en el perfil de su sitio web oficial:

La vida no será simplificada. La sobresimplificación es mi enemiga como poeta. En los últimos 50 años la vida en mi parte del mundo ha ido entrelazando lo normal y lo anormal. La gente continúa con su vida cotidiana en medio de extremos históricos de guerra, emigración, opresión e incertidumbre. En mi trabajo intento desafiar el lenguaje convencional a través del cual es descrito este mundo inconvencional; trato de ver lo asombroso en lo habitual y lo habitual en lo extremo; la gran paradoja de Palestina es que los bombardeos no son tanto una noticia como lo es una reunión familia. También formalmente estoy fascinado por este entrelazarse lo usual y lo inusual, exactamente como la guerra y la paz se manifiestan en el número de miembros de la familia que están presentes en la mesa a la hora del desayuno, intento expresar lo extraño de mi mundo con palabras que no son extrañas en absoluto. Quiero que mi lenguaje sea físico, preciso, visual, concreto, cotidiano y normal con el fin de revelar cómo de anormal es la condición que describe. Al hacer esto, intento sugerir un nuevo lenguaje que desafíe la falsa y ostentosa grandeza gubernamental, cuyo objetivo es menospreciar la realidad compleja con una monótona metáfora bidimensional. No me da miedo ninguna teoría, la vida es mucho más rica que todos nuestros modos de escribirla y un hermoso poema puede revolucionar todas las teorías literarias.

Mourid Barghouti nació y creció en Deir Ghassana, cerca de Ramallah, en la Ribera Occidental del río Jordán, Palestina, en el año 1944. A mediados de los sesenta se fue a estudiar a la Universidad de El Cairo en Egipto. Estaba finalizando sus estudios allí cuando estalló la Guerra de los Seis Días (junio de 1967). Al terminar ésta, Israel había ocupado Gaza y la Ribera Occidental y Barghouti no pudo regresar a su tierra natal. Al principio estuvo trabajando como profesor en el Industrial Collage de Kuwait y allí comenzó su carrera literaria. Sus escritos pronto aparecieron publicados en diversas revistas. En 1970 se casó con la novelista egipcia Radwa Ashour, y en 1977 nació su hijo, el también poeta, Tamin Al Barghouti.

Su primer libro de poesía, Dar al-Awdeh apareció en 1972. Desde entonces ha publicado doce libros de poesía, el último de los cuales se titula Muntasaf al Lail (Beirut, 2005) (1).

En 1977, en las vísperas de la visita de Anwar Sadat a Israel, Barghouti fue deportado de Egipto esposado y sin nada más que la ropa que llevaba puesta, y solo se le permitió regresar junto a su familia al cabo de 17 años, durante los cuales vivió en Budapest, desempeñándose como agregado cultural y representante de la Organización para la Liberación de Palestina en la Federación Mundial de la Juventud Democrática. Tal y como señala el propio autor, su estancia en dicha ciudad lo apartó de la escena literaria árabe, lo que supuso una gran pérdida.

Tras los Acuerdos de Oslo, Barghouti pudo retornar a la Ribera Occidental, y en 1996 volvió a Ramalla, después de 30 años de exilio, hecho que inspiró su novela autobiográfica Ra'aytu Ram Allah (2), publicada un año después por Dar Al Hilal en El Cairo. Con esta obra ganó la Medalla Naguib Mahfouz de Literatura ese mismo año, y en el 2000 recibió el Premio Palestino de Poesía.

Mourdid Barghouti ha escrito numerosos ensayos sobre poesía tanto en árabe como en inglés, y uno de sus párrafos más citados pertenece a un artículo publicado originalmente en el número 359 de la revista New Internationalist (agosto, 2003) bajo el título Vervicide (Verbicidio):

...Uno de sus fascinantes milagros es que a través de su forma, la poesía puede resistir el contenido del discurso autoritario. Recurriendo a la atenuación, al lenguaje concreto y físico, un poeta se enfrenta por igual a la abstracción, la generalización, la hipérbole y el lenguaje heroico de los generales irascibles y los falsos amantes... La poesía sigue siendo una de las asombrosas maneras que tenemos en nuestras manos para resistir el oscurantismo y el silencio. Y dado que no podemos lavar las palabras contaminadas de odio de la misma manera que lavamos los platos grasientos con jabón y agua caliente, nosotros, los poetas del mundo, continuamos escribiendo nuestros poemas para devolver el respeto al significado y dar sentido a nuestra existencia.

Sin embargo, yo prefiero algunas de sus respuestas en la entrevista que apareció en The Guardian (diciembre, 2008):

... Aprendo de los árboles. Igual que muchas frutas se caen antes de estar maduras, cuando yo escribo un poema lo trato con saludable crueldad, borrando imágenes para ocuparme de las buenas, de las más apropiadas.

... La belleza de un poema está en enfriar el lenguaje, pues el tono ampuloso y grandilocuente es el de los gobiernos, generales y partidos políticos. Un poeta tiene que hacer lo contrario. Un slogan solo dura un minuto. (...) No tienes derecho a decirle al lector cómo debe sentirse, decirle "quiéreme, entiende mi causa, odia a mis enemigos". Muéstrale una escena y deja que sea él quien responda; eso es democrático. Te invito a una ventana, a una galería, y te dejo allí solo.

... [S]e espera de nosotros [los escritores palestinos] que hablemos de las necesidades de las personas a quienes se niega poder expresarse por sí mismas bajo la ocupación, que expresemos su dolor. Pero esto es una trampa: tienes que encontrar un equilibrio sin sacrificar la estética para los lectores. Odio los términos "poesía de resistencia" o "poesía del exilio". No somos poetas monotemáticos. A un momento de alegría o de miseria se yuxtapone el contrario. No hay una sola cara; yo veo ambas. Todo el tiempo me cuestiono a mí mismo; si sobre simplificas es mejor dejarlo.

(1) Barguti, Murid, Medianoche. Traducido por Luis Miguel Canada, publicado por Fundación Antonio Perez. UCLM, Cuenca, España , 2006.
(2) Barguti, Murid, He visto Ramala. Traducido por Iñaki Gutiérrez de Terán, publicado por ediciones del oriente y del Mediterráneo, Guadarrama, España , 2002.

Fotografía de Sara Plaza.