18.9.12

Lecturas de hoy, de ayer y de mañana

Lecturas de hoy, de ayer y de mañana

Por Sara Plaza

Sobre el lenguaje y el uso del mismo que hace el actual presidente del gobierno español, leía hace poco lo siguiente:

La farmacia de Platón de Derrida es la oposición dialéctica a la farmacopea rajoyana. Se trata de un compendio de recetas desgastadas por la historia, la malsana historia de la usurpación y el latrocinio y que tan mal sentaban a Sócrates en el Fedro. Es un batiburrillo, una miscelánea mamapea entre Goebbels y Paco Martínez Soria. Su procedimiento es bien sencillo: utilización de una calculada ambigüedad en expresiones como "hay que hacer lo que hay que hacer"; expresión de formulaciones genéricas que enganchen con un aparente sentido común, tipo "no podemos gastar lo que no tenemos"; cierre ideológico del discurso: "no hay alternativas, la historia se ha encargado de desmentirlas"; y culpabilización generalizada: "hemos vivido por encima de nuestras posibilidades". Es decir, un montón de bobadas sin más sentido que embaucar a una audiencia sumisa, en parte, o refractaria, pero que, en todo caso, nada puede hacer contra la utilización torticera de la democracia. [...] La farmacopea rajoyana acabará con todos nuestros males, y también con nuestros bienes. (La farmacia de Rajoy, por Bernardo Pérez Andreo)

Y hace algo más, leyendo Los condenados de la tierra de Frantz Fanon subrayé algunos párrafos como este:

Es verdad que si se toma la precaución de emplear un lenguaje sólo comprensible para los licenciados en derecho o en ciencias económicas, se probará fácilmente que las masas deben ser dirigidas. Pero si se habla el lenguaje concreto, si no se está obsesionado por la voluntad perversa de confundir las cartas, de desembarazarse del pueblo, se advierte entonces que las masas captan todos los matices, todas las astucias. Recurrir a un lenguaje técnico significa que se quiere considerar a las masas como profanas. Ese lenguaje disimula mal el deseo de los conferenciantes de engañar al pueblo, de dejarlo fuera. La empresa de oscurecimiento del lenguaje es una máscara tras la cual se perfila una más amplia empresa de despojo. Se pretende al mismo tiempo arrebatarle al pueblo sus bienes y su soberanía. Todo puede explicarse al pueblo a condición de que se quiera que comprenda realmente. Y si se piensa que no se necesita de él, que por el contrario amenaza con romper la buena marcha de las múltiples sociedades privadas y de responsabilidad limitada cuyo fin es hacer al pueblo todavía más miserable, el problema está zanjado.

Si se piensa que puede dirigirse perfectamente un país sin que el pueblo meta las narices, si se piensa que el pueblo por su sola presencia obstaculiza el juego, sea porque lo retrase o porque por su natural inconsciencia lo sabotee, no debe haber ninguna vacilación: hay que apartar al pueblo.

Inmediatamente después, Fanon ilustra mediante un ejemplo práctico (Argelia en el curso de los años 1956-1957) cómo "se explicó al pueblo el funcionamiento de las grandes leyes económicas basándose en casos concretos". Exactamente lo mismo que llevan tiempo haciendo numerosos economistas españoles, entre ellos Mirem Etxezarreta, Alberto Garzón, Alberto Montero Soler, Juan Torres López, Vicenç Navarro, Arcadi Oliveres, Bibiana Medialdea, Nacho Álvarez, Ricardo Molero o Francisco Álvarez.

Y a continuación nos aclara que, a partir de ese momento, "[l]a acumulación del capital dejó de ser una teoría para convertirse en un comportamiento muy real y muy presente. El pueblo comprendió cómo a base de un comercio es posible enriquecerse y agrandar el comercio. Sólo entonces los campesinos contaron cómo ese abarrotero les prestaba a tasas de usura; otros recordaron cómo los habían expulsado de sus tierras y cómo se habían convertido de propietarios en obreros. A medida que el pueblo comprende mejor, se hace más vigilante, más consciente de que en definitiva todo depende de él y de que su salvación reside en su cohesión, en el conocimiento de sus intereses y la identificación de sus enemigos. El pueblo comprende que la riqueza no es el fruto del trabajo, sino el resultado de un robo organizado y protegido. Los ricos dejan de ser hombres respetables, no son ya sino bestias carnívoras, chacales y cuervos que se ceban en la sangre del pueblo."

Para concluir el capítulo aclarando que: "Ningún líder, cualquiera que sea su valor, puede sustituir a la voluntad popular, y el gobierno nacional debe, antes de preocuparse por el prestigio internacional, devolver la dignidad a cada ciudadano, poblar los cerebros, llenar los ojos de cosas humanas, desarrollar un panorama humano, habitado por hombres conscientes y soberanos."