17.7.12

Memoriosos de los confines del mundo

Memoriosos de los confines del mundo

Por Sara Plaza

Acababa de comenzar el siglo que transitamos, atrás quedaba mi viejo continente y mis ojos no lograban abarcar el horizonte que se extendía frente a ellos. Era tan inmensa su hermosura que ni parpadeando conseguía retener algunas instantáneas. Dolía mirar.

Pero era imposible dejar de hacerlo. Tuve que restregarme muchas veces los ojos y enjuagarme las lágrimas cada vez que los cerraba. No cabía en ellos tanta maravilla. Ni tanta desolación.

No era solo "una cosa muy grande toda llena de agua" parecida a "una gran fuente de sopa", que "tenía olor a sal y hacía ruido como cuando el viento se mete por un agujero", algo "muy hondo, mucho más hondo que un balde", que además estaba "muy pero muy mojado", y que tenía alrededor "arena amarillita, caracoles hermosos para hacerse una casa, conchas muy blancas y lisas", parecido a "un jardín con muchos juguetes" (1). Era todo eso, sí, pero también había una cordillera tapizada por bosques de hayas de hojas perennes, con lagos y lagunas esparcidos entre glaciares, y una ciudad acurrucada a sus pies. Las cumbres eran como de cristal, las orillas un espejo. A lo largo de la costa se sucedían bahías, y una intrincada cadena de islas se asomaba al canal. Por allí habían navegado los llamados nómades del mar, y entre la niebla se adivinaban las sombras de sus canoas iluminadas por el fuego que ardía en su interior.

Escocía el brillo de la nieve acumulada en los ventisqueros y la bruma estaba impregnada de humo. Lana, el gran percusionista, ofrecía un nuevo concierto desde las profundidades de los bosques silenciando a los hanush y a los kíshpix (o cushphij). Y enseguida brotaron las primeras palabras...

El abuelo yagán Juan Calderón relataba que el origen de esta hermosa ave de los bosques australes se remontaba a tiempos ancestrales, cuando todavía los pájaros eran humanos. En aquellos tiempos, un joven se enamoró de su hermana y procuraba cualquier triquiñuela para encontrarse y dormir junto a ella. Su hermana había notado esa intención y esquivaba a su hermano cada vez que él la buscaba, evitando relaciones prohibidas. Pero en el fondo, ella estaba dividida: quería estar junto a él y a la vez no.

El hermano seguía pensando en pretextos para atraerla fuera del akar o ruca. Un día descubrió grandes frutos de chaura roja (amai, Gaultheria mucronata) en el claro de un bosque y fue a contarle a su hermana: «he encontrado enormes chauras en un lugar del bosque, deberías ir y recogerlas». La hermana tomó su canasto y se internó en el bosque, mientras su hermano la siguió sin que nadie lo notara y se escondió a su acecho. Al pasar ella, él se lanzó abrazándola y juntos cayeron al suelo dando curso a su amor.

Cuando se levantaron se convirtieron en pájaros y volaron, como carpinteros negros (lána). Desde entonces viven juntos en los bosques y el hermano lleva sobre su cabeza un penacho rojo que recuerda el color de aquellos grandes frutos de chaura. (2)

A las que siguieron otras historias...

Me contaban que cuando el zorzal tiene polluelos la mamá educa al mayor y en otros pájaros sucede lo mismo; para cuando la madre ya no esté akasir pueda cuidar a sus hermanos menores.

Me fui a mirar. Estaba tendida y vi a la mamá zorzal que subía a un palo educando a su hijo e iba diciendo –cuando tengas un hermano tú debes educarlo, avivarlo a trabajar, a bañarse. Así iba cantando el pajarito, volaba hacia el río donde juntos se remojaban, se lavaban y sacudían, volviendo al mismo palo, así van creciendo.

Si el hijo zorzal no escucha a su madre y no le obedece, la madre lo abandona. Quedando solo el zorzalito, no tiene que comer, entonces se alimenta de digüeñes malos, esos que están pasados, que le hacen mal, entonces muere. Por eso en el mes de agosto se ven en el monte o en la orilla de la playa a esos zorzales, los que han desobedecido.

En cambio, los que obedecen a su madre crecen sanos, alimentándose de buena fruta como chaura y mema. (3)

A las que se sumó una selección de Cuentos de la Patagonia de Alejandro Ferrer, a través de uno de los cuales, titulado El respeto del silencio, supe de la existencia de Lakutaia le kipa, quien, según relata el autor chileno "habló con la sinceridad de los muertos y sus nostalgias fueron recogidas por Patricia Stambuk en el hermoso libro Rosa Yagán, el último eslabón".

Con el tiempo, y gracias al documental Cristina Calderón: La dueña del fin del mundo también conocí a esta otra abuela yagán y pude escuchar de sus labios y en su propia lengua el cuento del Lobo, así como los cantos y leyendas que interpreta su hermana Úrsula.

Era un matrimonio, tenía dos hijas y a las dos les gustaba jugar en la marea, porque sube y baja. Un día la hermana chica le dijo a la mayor: «parece que alguien te quiso pescar». La hermana contestó: «no, no», porque a ella le gustaba el Lobo. Al otro día lo mismo, la hermana le dijo: «parece que alguien te quiso pescar». «No, no, te pareció a ti no más». Hasta que al tercer día el Lobo se llevó a la niña. La hermana menor se fue a su rancho y le dijo a su mamá: «parece que a mi hermana se la llevó el Lobo». Y claro, el Lobo la llevó a la piedra y tuvieron un bebé. El bebé fue igual que ella y creció. Cuando el niño tenía como un año, porque ya caminaba, el Lobo le dijo a su mujer: «quiero ir a ver a tu familia, quiero ver a mis cuñados». La mujer le contestó: «no, mis hermanos nunca te van a querer, porque eres Lobo». «Sí, ellos me van a querer», insistió. Entonces partieron donde la familia de la chica. Cuando llegaron, los cuñados no quisieron al Lobo: «este es Lobo, ¿cómo va a ser mi cuñado?». «Yo no lo quiero». «Yo tampoco». Ninguno lo quiso. Y uno de ellos le dijo a su mamá: «¿por qué no llevas a mi hermana a pescar erizo, y así nosotros matamos al Lobo, para comerlo?». Entonces la mamá le dijo a la hija: «¿vamos a mariscar?». Y la hija le dijo: «no quisiera ir, porque quizás cómo van a tratar mis hermanos a mi marido». «No te preocupes, ellos lo quieren, si es su cuñado. Vamos no más». Y se fueron, pero antes su mujer le dijo al Lobo: «si te llegara a pasar algo, grita, yo te voy a escuchar». Pronto el Lobo pegó un grito y la mujer le dijo a su madre: «algo le pasa a mi marido, porque está gritando». «No», le dijo la mamá, «están jugando... si ellos quieren mucho a su cuñado, tal vez estén haciendo un chiste». Pero la hija se desesperó: «vamos, vamos», le dijo. Y bajaron a tierra. Al llegar los cuñados habían matado al Lobo, y lo habían cocinado. Lo habían asado, incluso al niño le dieron un pedazo de carne de su papá. Ellas venían llegando, y el chico iba cantando: «qué rica esta ésta carne, la carne de mi padre». Al verlo, enfurecida, la mamá agarró un erizo y se lo tiró. Le pegó en la frente. Él se tiró al mar y, en ese momento, se volvió pez. Y ese es el pescado que se ve, que tiene como un chichón, porque la mamá le pegó con un erizo en la frente.

Y por ese camino sigo, leyendo, escuchando, volviendo la vista atrás y aprendiendo de aquellos que arrinconó, cuando no sepultó, la ambición de quienes creyéndose los amos del mundo llevan siglos apropiándose de él, planificando su destrucción y condenándonos a la extinción.

(1) Del cuento Bumble y los marineros de papel, escrito por Laura Devetach.
(2) Extraído de uno de los apartados del artículo El carpintero gigante: especie clave del bosque andino patagónico, que a su vez remite a Rozzi, R. (Ed.) (2003). Guía multiétnica de aves de los bosques templados de Sudamérica austral. Santiago de Chile: Editorial Fantástico Sur/Salesianos S.A.
(3) Los digüeñes o quireñes (Cyttaria spp., Discomycetes) son hongos comestibles que crecen en las ramas de algunos árboles nativos del género Nothofagus como robles, hualos y coigües.

El texto pertenece al relato oral de las hermanas Úrsula y Cristina Calderón, registrado por su nieta Cristina Zárraga en Hai Kur Mamashu Shis (Quiero contarte un cuento). Valdivia: Ediciones Kultrún, 2005.

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