10.7.12

Eran otros tiempos...

Eran otros tiempos...

Por Edgardo Civallero

Eran otros tiempos, dicen.

Tiempos en los que la madera se cortaba con un hacha en enero, en luna nueva, cuando el árbol estaba descansando y su savia, en su nivel más bajo, y se dejaba reposar pacientemente dos o tres inviernos en algún sitio fresco y aireado, lejos de la luz del sol.

Tiempos en los que esa misma madera se trabajaba con una hachuela, desbastándola, y se pulía lentamente con un cuchillo pequeño y bien afilado, hasta lograr reducir pulgadas de duro leño a la forma deseada.

Tiempos en los que no todos tenían serruchos, formones, lijas o cepillos; en los que muy pocos poseían conocimientos de carpintería; en los que el torno eléctrico ni siquiera se había inventado, en los que una herramienta de hierro valía el trabajo de dos o tres meses de labranza o pastoreo...

Unos días en los que los cuernos de bueyes y toros se pulían y tallaban con una simple navaja de pastor; en los que los cueros se raspaban y curtían sin productos químicos industriales, sin más sustancias que agua, sal, cenizas o estiércol, y sin más utensilios que un madero de borde romo; en los que los huesos eran limpiados por los pájaros carroñeros, los gusanos y el sol...

Claro. Eran otros tiempos.

En esos tiempos ya idos (aunque no tan pasados como para que no nos lleguen a la actualidad recuerdos de primera mano), los músicos campesinos no tenían un ochavo con el que ir al pueblo a comprar una flauta, una gaita, un rabel o un zanfona. Por ende, aguzaban el ingenio y se los fabricaban ellos mismos con los elementos y materiales que encontraban a mano: ramas de saúco, cortezas de abedul, troncos de tilo, varas de cerezo, huesos de alas de buitre o de patas de cordero, cuernos de vaca o de buey, pezuñas de cabra, crines de caballo, cera de abeja, cañas y juncos, pajas de centeno, vejigas de cerdo, cueros y pieles, tendones y tripas, caracolas y calabazas... O incluso con sus implementos domésticos: un caldero, un almirez, unas cucharas, una hoz...

De ese pasado más o menos reciente nos han llegado verdaderas maravillas de la llamada "artesanía popular". Obras que muchos urbanitas, en su momento, habrán mirado con desprecio, sin dignarse siquiera a considerarlas "instrumentos musicales" y que hoy llenan las salas de los museos etnográficos para delicia de los músicos y luthiers actuales. Trabajos de paciencia y habilidad que fueron realizados sin otra herramienta que una hoja bien afilada y sin otra técnica que la que brinda la dedicación y una inventiva que parece no haber tenido límites. Así nacieron los rabeles de tierras castellanas, la "gaita" de la Sierra de Madrid, el pibgyrn de Gales, la jouhikko y la lävikkö de Finlandia, la fujara checa, la launeddas sarda, la zhaleika rusa, el bodhran de Irlanda, los didjeridoo australianos, los sikus del altiplano boliviano y, en resumen, todos los instrumentos "pastoriles" del mundo.

Pero, por supuesto, eran otros tiempos.

Y uno se pregunta por qué en estos tiempos, los nuestros, parece ser necesario todo un arsenal de herramientas y productos —desde taladros a taninos, pasando por gubias, limas, colas y una interminable lista de instrumentos varios— para al menos intentar construir algo que nuestros antepasados hacían con sus manos.

La respuesta es simple y, al mismo tiempo, terrible. Es que los de antaño eran, en efecto, otros tiempos. Nosotros, los de este "ahora" que transitamos sin saber muy bien ni cómo ni por qué, nacimos en la sociedad del "todo hecho"; esa misma sociedad que deja podrir la fruta al pie del árbol mientras come la mermelada semi-sintética que se vende en el supermercado, básicamente porque no establece una conexión entre ambas cosas y porque, de establecerla, no conoce el proceso que lleva de la una a la otra. Es una sociedad que limita, cuando no castiga, la autosuficiencia, el pensamiento autónomo, la imaginación y la creatividad porque, hablando claro, todos ellos son procesos contrarios al desbocado consumismo capitalista. Se nos ha educado para que no hagamos por nuestra cuenta nada que podamos comprar ya preparado, y que cuando osemos convertirnos en artesanos de nuestros propios objetos, utilicemos de manera mecánica los mil y un implementos, a cual más ridículo, que nos ofrece la condenada "sociedad de consumo". De hecho, empleamos al menos cinco herramientas distintas para cambiar un simple enchufe cuando, en realidad, basta con un humilde cuchillo de cocina. Hacer las cosas de otra manera (hornear el propio pan, coserse la propia ropa, tejerse las propias bufandas o construirse las propias flautas, y hacerlo de la forma tradicional, sin máquinas leuda-amasa-horneadoras, máquina corta-cosedoras, ingenios de tejido rápido o mega-super-tornos de carpintero), nos dicen, es de estúpidos. ¿Porqué elaborarlas como se hacían hace 30, ó 40, ó 50 años cuando vivimos en una sociedad hiper-moderna? En realidad, y siendo honestos... ¿para qué aprender a escribir a mano si ya nadie lo hace? ¿Para qué aprender a cocinar, si la comida puede comprarse hecha...?

¿Qué decir? Prefiero sumergirme por un ratito en esos tiempos que eran otros, deshacerme las manos puliendo una caña o limpiando una vara de saúco, fallar una y mil veces al perforar agujeros, rajar pellejos mientras aprendo a limpiarlos... A la postre, el resultado final será mío: todo mío y nada más que mío. Habrá salido de mis propias manos, con todas sus imperfecciones y errores. No sé si hay una sensación más gratificante que saber que se ha sido capaz de hacer algo por uno mismo con ellas. Y, sobre todo, no sé si hoy en día hay algo más maravilloso que ir, aunque sea por un par de horas, en contra de ese "sistema" que ha logrado convertirnos en unos verdaderos inútiles. Algo que no existía en esos primitivos tiempos de antaño que muchos prefieren hundir apresuradamente en las tinieblas del olvido para no verse forzados a contemplar, por mera comparación, su propia ignorancia.