19.3.12

Los guardianes alados de Kalhu

Los guardianes alados de Kalhu

Por Edgardo Civallero

Lamassu, los llamaron los antiguos asirios. "Espíritus protectores".

Los asirios —habitantes de un reino de estirpe acadia situado en la región del alto Tigris entre el 2500 y el 600 a.C.— creían en la existencia de fuerzas demoníacas, invisibles seres oscuros portadores de desgracia que se colaban por puertas y ventanas y que, si no eran detenidos y exorcizados a tiempo, provocaban el caos y la enfermedad. Esas potencias del Mal necesitaban adversarios dignos, cuya sola presencia bastara para imponerles respeto, y hasta temor. De modo que crearon a los lamassu y los colocaron por pares en las puertas de sus ciudades, en las de sus templos y en las de sus palacios.

Ignorarlos era imposible, como comprobé cuando me enfrenté a ellos en la sala 7 del Museo Británico. Se trata de imponentes estatuas esculpidas en bloques de piedra verdaderamente enormes. Representan figuras mitológicas que mezclan el recio cuerpo de un toro o de un león, las alas de un águila y la cabeza de un hombre, con la clásica barba mesopotámica y una corona de cuernos. Cada elemento tenía un significado muy concreto para los asirios: el toro y el león representaban la fuerza y el valor; el águila, el poder; y el ser humano, la inteligencia. La corona de cuernos dotaba al conjunto de una pátina de divinidad.

Los lamassu estuvieron presentes en todos los reinos de la antigua Mesopotamia. Esos seres fantásticos podían ser masculinos o femeninos: los sumerios los llamaron lamma y alad, respectivamente; los babilonios, lamassu y shedu; y los asirios, por su parte, los denominaron lamassu y apsasu.

Los que se exhiben en el Museo Británico (y en el Metropolitano de Nueva York) vigilaban la entrada del palacio que Ashurnasirpal II (883-859 a.C.) se había hecho construir en la que fue capital de su reino, Kalhu, hoy Nimrud (Irak). Fueron descubiertos, desenterrados y trasladados a Londres entre 1845 y 1851 por el arqueólogo británico Austin Henry Layard. Layard fue, asimismo, el descubridor de la Biblioteca Real de Ashurbanipal en Nínive (la cual incluía la Epopeya de Gilgamesh, uno de los trabajos literarios más tempranos que se conservan), y son célebres las aventuras que corrió para trasladar las reliquias (robadas, como tantas otras) desde Irak hasta el Museo Británico, en donde se exhiben en la actualidad.

También el Museo del Louvre, en París, cuenta con otros lamassu: los que protegían la entrada del Palacio Real de Dur-Sharrukin (Khorsabad), la capital del imperio asirio durante el reinado de Sharrukin o Sargón II (772-705 a.C.). Pero los más impresionantes son, sin duda, los de Kalhu.

Los guardianes alados de Kalhu
Ashurnasirpal II (originalmente Ash-shur-nasir-apli, "[El dios] Ashur es el guardián del heredero") fue un fiero guerrero que, apenas asumido el trono, se embarcó en un ambicioso programa de conquistas. Dirigió su atención hacia sus vecinos Hititas, Arameos y Canaanitas, que pronto se vieron asediados y conquistados. El plan asirio no sólo incluía la toma y el saqueo de las principales ciudades: venía aderezado por las matanzas más crueles recordadas en la época, que el propio Ashurnasirpal se regodeó en describir:

"Jóvenes y viejos tomé prisioneros. A algunos les corté manos y pies; a otros les corté orejas, narices y labios ... Expuse sus cabezas como trofeo frente a su ciudad. A los niños los quemé en hogueras; la ciudad, la destruí e hice que el fuego la consumiera".

Tras estas conquistas decidió establecer su capital en una vieja ciudad abandonada: Kalhu. La reconstruyó y la rodeó de una muralla de 13 mts. de alto, 36 de grosor y 6 kms. de longitud. Y al sudoeste de ese recinto tan bien defendido erigió la acrópolis, en donde hizo alzar templos y palacios. En 879 a.C., el rey dio una fiesta para 70.000 personas, celebrando la "inauguración" de la nueva capital. Así se describió el evento en una inscripción laudatoria hallada en los Reales Archivos de Asiria:

"Cuando inauguré mi palacio de Kalhu, proporcioné durante 10 días comida y bebida a 47.074 personas, hombres y mujeres, llegados desde todos los rincones de mi Imperio; también a 5.000 personas importantes, delegados de el país Suhu, de Hindana, Hattina, Hatti, Tiro, Sidon, Gurguma, Malida, Hubushka, Gilzana, Kuma y Musasir; también a 16.000 habitantes de Kalhu, y 1.500 oficiales de palacio; en total, 69.574 invitados de todos los países mencionados, incluyendo a la gente de Kalhu. Además les proveí de todos los medios para limpiarse y descansar. Les proporcioné los debidos honores y luego envié a cada uno a su casa, saludable y feliz".

El Palacio de Ashurnasirpal tenía sus puertas guardadas por los impresionantes lamassu. Pero esas fieras figuras no eran las únicas esculpidas en el edificio: todas las paredes del interior estaban cubiertas por bellísimos relieves de alabastro. Entre ellos se cuenta la serie de "La Caza de los Leones" (expuesta en una sala especial del Museo Británico), de un realismo realmente impresionante.

Cada talla exhibe una inscripción que, debido a su similitud, se conoce entre los arqueólogos como "Inscripción estándar de Ashurnasirpal". Los lamassu no fueron la excepción: ellos la muestran entre las patas, en un lateral.

Escrita en acadio y con alfabeto cuneiforme, este texto de 22 líneas narra la genealogía del rey, enumera sus victorias militares, define las fronteras de su imperio, cuenta cómo fundó Kalhu y explica cómo levantó su magnífico palacio.

Así se presenta el rey:

Ashurnasirpal, sacerdote de Ashur, favorito de Enlil y Ninurta, amado por Anu y Dagan, el arma de los grandes dioses, el poderoso rey, rey del mundo, rey de Asiria; hijo de Tukulti-Ninurta, el gran rey, el rey poderoso, rey de Asiria, hijo de Adad-nirari, el gran rey, el poderoso rey de Asiria...

Tras esta descripción, el rey describe su reino:

Desde los pasos montañosos de Kirruri hasta la tierra de Gilzanu, desde más allá del bajo río Zab hasta la ciudad de Til-bari, desde la ciudad de Til-sha-abtani hasta las villas de Til-sha-Zabdani, Hirimu y Harutu, fortalezas de la tierra de Karduniash [Babilonia], todo ello puse dentro de las fronteras de mi tierra ... Yo soy Ashurnasirpal, el célebre príncipe, que reverencia a los grandes dioses, el fiero dragón conquistador de ciudades y montañas...

Luego habla de Kalhu, su capital:

La antigua ciudad de Kalhu, que construyó Shalmaneser, rey de Asiria, un príncipe que me precedió, había caído en ruinas y yacía desierta. Esa ciudad, yo la reconstruí, traje gente que yo conquisté de tierras que yo subyugué ... e hice que se asentaran allí.

Un poco más adelante se refiere a su palacio:

Un palacio con salones de maderas de cedro, ciprés, enebro, boj, meskannu, terebinto y tamarisco, yo fundé como mi residencia real para mi eterno placer señorial.

Y estas son sus palabras sobre las entradas palaciegas y los lamassu que las protegían:

Criaturas de las montañas y los mares yo creé en caliza blanca y alabastro, y las coloqué en las entradas. Las adorné y las hice gloriosas, y coloqué nudos ornamentales de bronce alrededor de ellas. Puse puertas de cedro, ciprés, enebro y meskannu en esas entradas. Puse en ellas grandes cantidades de plata, oro, estaño, bronce y hierro que obtuve con mis manos, como botín, de las tierras que conquisté.

Al igual que una parte nada desdeñable de los escritos históricos (fueran inscripciones, "libros" o cualquier otro tipo de documento), las líneas grabadas en los lamassu de Kalhu son una alabanza al poder establecido: un canto a la gloria del gobernante de turno, para el cual trabajaba el escriba, o para los dioses que protegían la ciudad, o para algún personaje importante. Pasarían algunos siglos antes de que los escritos fueran libres. Aunque, en verdad, siempre nos quedará la duda de si esto último ha sido, alguna vez, realmente posible.

Sea como sea, en los textos grabados sobre la piedra de los lamassu se aprecia la función principal de la escritura: permitir que ciertas narraciones (por muy sesgadas que estén) sobrevivan al paso de los siglos, y darle vida eterna al puñado de personajes que controlaron esa escritura y la usaron a su favor.

Ficha en el Museo Británico.
Ficha en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.

Imagen A.
Imagen B. Fotografía de Edgardo Civallero.