7.2.12

A lomos de la imaginación

A lomos de la imaginación

Por Sara Plaza

Trascripción de un poema de Alma Allende sobre la revolución tunecina que escuché recitar en el transcurso de una charla con Santiago Alba Rico celebrada en el campamento del 15M en Fuente Dorada, Valladolid, el 26 de mayo del pasado año.

El cielo estaba tan alto
que cabía abajo el viento,
y una niña y un caballo
y el musgo que está creciendo.
El mar se volvió tan ancho
que humedeció los pañuelos,
subió el nivel de los ojos
y bajó hasta el mismo suelo.
El sol lucía tan fuerte
que derritió los incendios
e incubó vida en la muerte
y juntó todos los fuegos.
Nuestro pecho era tan grande
que hizo sitio al mundo entero,
al color de una bandera
y al clamor de todo un pueblo.
Hay muchos tiempos paralelos,
en uno crecen lentamente las flores
y se suceden lentamente las estaciones;
en otro los planetas completan indiferentes sus órbitas eternas;
en otro los cuerpos excitados alcanzan el orgasmo;
en otro la rabia fulminante quema sangre roja;
en otro piensa el pensamiento;
en otro la monotonía erosiona una vida sin esperanza;
en otro los pueblos acumulan geológicas humillaciones,
larguísimos dolores que no arraigan en la historia;
en otro circula velocísima la información
y llamean hirvientes las imágenes.
Cuando todos estos tiempos se cruzan en un punto,
cuando el tiempo de las flores y el de la rabia,
el del cosmos y el del cuerpo,
el del pensamiento y el del movimiento
son el mismo,
hay lo que llamamos revolución.
Estos tiempos se buscan todo el tiempo sin encontrarse,
y nadie puede ni forzar ni predecir su encuentro,
pero cuando se encuentran parece, sí, lo más normal del mundo
que las rosas crezcan en los tanques y no en los jardines,
que las barras de pan disparen contra los fusiles,
que los jóvenes registren a los policías,
que en lugar de las estrellas caigan los gobiernos,
que la gente se sienta buena sin necesidad de dioses ni preceptos,
que la gente ame a los desconocidos sin haber bebido,
que la gente descubra el orden y la ciencia que lleva dentro,
que la gente respete a los débiles y no a los fuertes,
que la gente convierta las plazas en escuelas, en parlamentos,
en comunas, en teatros, en praderas, en balcones de fiesta.
Estos tiempos, fundidos en el torrente, lo sabemos,
tienden luego a separarse de nuevo y volver a sus carriles.
Pero ahora sabemos que el relámpago y la rosa
y la roca y el caballo y la mano existen,
y que pueden llegar a la misma hora al mismo sitio
y que nuestra obligación es mantenerlos unidos,
no en la imaginación, no, sino en la historia
donde está empezando ya, entre luces y sombras,
a punto de dormirse, a punto de despertarse,
el mundo que vendrá.
Porque el cielo está tan alto
que debajo cabe el viento
que derriba a los tiranos
y alza las crines del pueblo.