3.1.12

Mil palabras en una

Milpalabras en una

Por Edgardo Civallero

El idioma, ese "sistema formal de signos gobernado por reglas gramaticales de combinación que permiten la comunicación de significados", tiene varias capacidades maravillosas. Una de las que siempre me han llamado la atención es la de síntesis: el poder de condensar ideas tremendamente complejas en una única palabra.

Me enfrenté por primera vez a esta característica de las lenguas humanas a mis siete años, cuando, revisando una enciclopedia infantil ("Hechos y hazañas del mundo", vol. 2. Bogotá: Norma, 1976), me topé con un término que me dejó verdaderamente anonadado: nilaktakviksaksiongniakpogut, veintiocho letras engarzadas entre sí que en "esquimal" (la enciclopedia dixit) expresaban la idea de "buscar un lugar donde tener hielo para beber agua".

Mi asombro de crío se disolvió cuando, al cabo de los años, descubrí que cualquier lengua aglutinante (categoría en la que entran las hablas "esquimales" o inuit) podía producir palabras kilométricas: véase, por ejemplo, el caso de la voz aymara aruskipasipxañanakasakipunirakispawa, treinta y seis letras que significan "debemos estar siempre comunicados" o, en una traducción más literal, "sé, por mi experiencia personal, que es aconsejable que todos nosotros hagamos el esfuerzo de comunicarnos". Estas aglutinaciones no son palabras propiamente dichas, sino uniones de raíces, afijos y otras partículas que pueden alcanzar longitudes de espanto. Mis intereses lingüísticos cambiaron entonces de dirección. Me enfoqué en las palabras "sencillas", ese vocabulario a simple vista "normal y corriente" que, en todos los idiomas del planeta, logra condensar/sintetizar en una sola expresión significados realmente complejos.

Un caso paradigmático (sobre todo porque ha dado título a un curioso libro de Adam Jacot de Boinod) es el del verbo pascuense tingo: "llevarse todos los objetos que uno desea de la casa de un amigo, uno por vez, pidiéndolos prestados".

Evidentemente, la traducción al español es una "definición" del verbo original, dado que en nuestra cultura no tenemos un concepto semejante y no es posible, por ende, una traducción directa (en realidad, ese tipo de traducción es imposible la mayor parte de las veces, debido al valor connotativo de las palabras). Bien mirado, lo que en realidad asombra no es que un término pueda albergar ese significado tan complejo: como he dicho, todos los idiomas poseen voces que codifican experiencias e ideas muy complicadas. Lo alucinante, desde mi punto de vista "euro-americano", es que exista una idea, costumbre o categoría como la que define tingo. Pues el lenguaje es un mero reflejo de una cultura, un instrumento que le permite a un pueblo determinado expresar sus tradiciones, sus clasificaciones, sus sueños cotidianos... Y lo que nos suele deleitar o llamar la atención de las palabras "extranjeras" es, en realidad, lo que éstas deciden definir: una diversidad apabullante de idiosincracias, de cosmovisiones, de puntos de vistas y de perspectivas...

Si los pascuenses crearon tingo es porque necesitaban ese verbo; porque dentro de su cultura, esa práctica —asaltar a un amigo de a poco, para que "no lo note", y robarle aquellas posesiones suyas que nos gusten bajo el inimputable método de "pedírselas prestadas"— era algo común y corriente. Y no puedo evitar una sonrisa al imaginar la situación: "hola, vengo a que me devuelvas los dos remos, la canoa, la azada, los cuatro collares, la red de pesca, el arpón, la maza, el escudo, el tocado de plumas y el taparrabos que me tingueaste".

Imaginarme situaciones culturales "extrañas" evocadas por palabras en otras lenguas es uno de mis pasatiempos favoritos. Por ejemplo, usando el verbo japonés tsujigiri, forma inventada por los samurai: "probar una espada nueva en alguien indefenso que justamente pasaba por ahí, especialmente de noche" ("disculpe, pero ocurre que me he comprado esta nueva katana y quiero ver qué tal corta"). O el sustantivo indonesio neko-neko: "alguien que tiene una idea muy creativa que solo logra empeorar las cosas" (conozco a varios que merecerían tal etiqueta). O el verbo inuit iktsuarpok: "ir afuera a menudo para ver si alguien está viniendo" (práctica que parece lógica si uno está metido dentro de un iglú, solo en medio del Ártico). U otra palabra indonesia, nylentik: "pegarle a alguien en la oreja con el dedo medio" (práctica que en Argentina denominamos "tincazo"). O el sustantivo nipón koro, "la histérica creencia de que el pene se está encogiendo dentro del propio cuerpo".

Como ven, no se trata solo de abordar significados complejos (desde nuestro punto de vista) metidos a presión dentro de una palabra. Se trata de aproximarse a culturas en las que, por ejemplo, existe el miedo masculino a que el pene desaparezca, absorbido por el propio abdomen, o la desazón de averiguar si alguien se aproxima para romper, por fin, la monótona soledad en la que se vive.

Si bien sé que se trata de meras cuestiones culturales, hay palabras que me parecen magistrales por el mero hecho de que para expresar en mi propia lengua, con claridad, las ideas que ellas codifican, necesitaría varias oraciones. Por ejemplo, el sustantivo hawaiano 'a'ama, que designa a alguien que habla rápido para ocultar el significado de lo que dice a una persona pero poder, así y todo, comunicárselo a otra. O el sustantivo papúa mokita, que nombra a esa verdad que todos conocen pero de la que nadie habla. O el pascuense anga-anga, el pensamiento de que la gente murmura a nuestras espaldas pero que tal sensación puede deberse única y exclusivamente a un sentimiento de culpabilidad propio. O el checo litost, el estado de tormento creado porque uno se ha dado cuenta, de golpe y porrazo, de que es un pobre diablo... O, como lo define Milan Kundera en "El libro de la risa y el olvido", "el estado de padecimiento producido por la visión de la propia miseria puesta repentinamente en evidencia".

Otro elemento idiomático que me maravilla es la expresividad que se puede alcanzar a través de una lengua, algo que se nota en las universales maldiciones.

Vean esta en yiddish: zolst farliren aleh tseyner achitz eynm, un dos zol dir vey ton; "ojalá que pierdas todos los dientes y que el único que te quede sea el que te duele". O la española "así se tragues un pavo y todas las plumas se conviertan en cuchillas de afeitar". Reconocerán conmigo que hay que tener imaginación para desear semejantes cosas. Y que el contenido de estas "no-bienintencionadas" expresiones es, evidentemente, un tema cultural: las maldiciones en ciertas lenguas suenan débiles a nuestros oídos, sencillamente porque para nuestra cultura lo que desean no suena "fuerte" (no tanto, al menos, como tragarse un millar de cuchillas de afeitar).

La especificidad de las lenguas también me fascina: la veintena de palabras diferentes para designar bigotes (y otras tantas para cejas) que tienen los albaneses, o los verbos que indican diferentes formas de andar entre los shona de Zimbabwe (p.e. chakwaira, "andar por un lugar embarrado haciendo ruido de chapoteo", o minaira, "andar bamboleando las caderas"), o las que distinguen movimientos entre los malayos (p.e. kontal-kontil, "el balanceo de pendientes largos cuando una mujer camina", o keng-kang, "caminar con las piernas demasiado separadas").

Las lenguas también permiten dar rodeos, utilizar subterfugios, "no nombrar nombrando". Los albaneses, por ejemplo, para no mencionar directamente al lobo (ujku), lo llaman mbyllizogojën, apócope de la expresión mbylli Zot gojën!, "que Dios cierre su boca". Otras lenguas ponen a sus hablantes en verdaderos apuros. Es el caso de los japoneses (sobre todo los supersticiosos), que temen usar los números 4 y 9 porque suenan igual que las palabras "muerte" y "dolor", respectivamente. La palabra "cuarenta y dos" suena como el verbo "morir", la palabra "cuatrocientos veinte" suena como "espíritu de un muerto" y "veinticuatro", como "doble muerte".

Más allá de estas "curiosidades", las lenguas continúan siendo, a día de hoy, uno de los almacenes culturales más ricos y valiosos. En ellas se preserva todo aquello que una sociedad ha vivido, descubierto y aprendido; todo lo que ha hecho, todo lo que disfrutó y lamentó... Hojear un diccionario es asomarse a una de las ventanas a través de la cual un grupo humano observa y entiende el universo que lo rodea. Por eso, así como disfruto lo indecible curioseando distintos idiomas, lamento infinitamente la pérdida de alguno, su desaparición, su muerte. Porque sé que con él se marchan siglos y siglos de aprendizajes únicos, y de palabras que nombran cosas que al resto de los humanos jamás se nos ocurriría nombrar.