9.1.12

De amores inmoderados y otras dolencias

De amores inmoderados y otras dolencias

O el vicio de no estarse callado

Por Sara Plaza

Debo confesar que normalmente, cuando cruzo la puerta del autobús, subo los dos o tres escalones que me dejan frente al pasillo y camino a lo largo de éste hasta ubicarme en un asiento intermedio, ni muy adelante ni demasiado atrás, voy advirtiéndome a mí misma que el viaje será un pequeño infierno. Y lo será porque antes de que el resto de viajeros estén sentados en sus asientos comienza el guirigay de "conversaciones". Si uno no llama, es llamado. Solo unos pocos no llaman ni son llamados, y empiezo a creer que soy la única que viaja sin móvil/celular, sumándome a los escasos que lo hacemos en silencio.

De más joven cargaba un enorme bolsón negro que era como mi segunda casa, pues en él solía guardar, entre otras cosas, un jersey, un abanico, un libro, un cuaderno, un par de lapiceras, una pequeña agenda, una manzana, mi discman y un puñado de CDs que nunca me cansaba de escuchar. Ahora me cuelgo un bolso marrón no-tan-grande, el jersey me lo ato a la cintura, y el discman y los CDs (que en su día sustituyeron al walkman que aún conservo, y hoy por hoy no consienten en ser suplantados por ninguno de los nuevos aparatitos que aparecen y desaparecen en el mercado) se han quedado en casa. No así el libro, sin el cual no sé salir de ella.

Y no me importa si a lo largo del trayecto en autobús soy incapaz de avanzar una sola línea porque no logro concentrarme debido a las insufribles y machaconas músicas de todos esos teléfonos, que dan paso a los todavía más fastidiosos e insistentes diálogos a una sola voz. No, no me importa. La mayoría de las veces me conformo con acariciar sus pastas, abrirlo por la página en la que dejé varada mi lectura y mirar a través de la ventanilla. Consigo así que mis dedos se enreden entre las palabras escritas y que mis ojos revivan la historia al otro lado del vidrio. Auque mis oídos no pueden escapar de su cautiverio, mis otros sentidos se afanan en mitigar las secuelas de semejante encierro en esa jaula de voces.

En más de una ocasión me he preguntado si algunas de las personas que viajan a mi lado se escuchan siquiera. Si se dan cuenta de los gritos que pegan. Si son conscientes de las sandeces que dicen y nos obligan a oír a los demás. Y siempre he llegado a la misma conclusión: no, no y no. Esas personas superan con creces las dosis permitidas de egoísmo, impertinencia y mala educación.

Francamente, yo no creo que sea un inmoderado y excesivo amor a sí mismos, como sugiere el diccionario de la RAE, el que les haga a estas personas atender desmedidamente su propio interés y molestar al resto. Yo no entro ni salgo en si se quieren a ellos mismos o no, pero tengo muy claro que no sienten ni la más mínima consideración por los demás, es más nuestra presencia muda les incomoda.

En cuanto a la mala educación, se dice que no es contagiosa pero cada vez está más extendida, y dado que seguimos sin encontrar un antídoto mejor no bajar la guardia ante un individuo a un teléfono pegado.