13.12.11

¿Cómo no se les cae la cara de vergüenza?

Cómo no se les cae la cara de vergüenza

Por Sara Plaza

La primera respuesta que se me ocurre es "porque no la tienen". Cara, sí. Vergüenza, no. Me estoy refiriendo a quienes a lo largo y ancho del mundo dan las órdenes de limpiar calles, plazas y parques de todo lo que "huela" a indignación, a solidaridad, a crítica, a debate, a asamblea, a cultura, a libertad de expresión, a rebeldía, a resistencia, a lucha, a pies sobre la tierra, a manos al aire..., y a libros.

Hace casi un mes aparecía en The Nation el relato de un profesor de inglés de la Universidad de Pittsburgh titulado "The People’s Library of Occupy Wall Street Lives On", algo así como que la biblioteca de la gente y para la gente (The People’s Library, Occupy Wall Street Library) que se había puesto en marcha dentro del movimiento Occupy Wall Street seguía estando viva. Un momento, ¿el hecho de que siguiera estando viva quería decir que intentaron acabar con ella? ¿Con una biblioteca? ¿Con un puñado de libros?

Situémonos: estamos en el año del Señor 2011, en suelo estadounidense, más exactamente en el parque Zuccotti de Nueva York, el 15 de noviembre la policía de la ciudad desaloja a las personas allí reunidas, simpatizantes (o no) y activistas del movimiento Occupy Wall Street, e inmediatamente después son los servicios de limpieza quienes continúan "adecentando" el lugar.

Según William Scott, la biblioteca que se había instalado en el parque contaba con más de 5000 libros de diversos géneros donados por la gente para la gente, que estaban a disposición de todo el mundo, tanto de los manifestantes allí reunidos como de los habitantes del barrio y de cualquiera que se acercase al parque. Cuenta este profesor que hacia las dos y media de la mañana del día 15 de noviembre, la biblioteca fue destruida por la policía de la ciudad de Nueva York a las órdenes del Mayor Michael Bloomberg: "Sin notificación previa, un grupo grande de policías asaltaron el parque, confiscaron todo lo que había en él y lo tiraron dentro de camiones de basura y contenedores. Pese a la promesa del Mayor Bloomberg en Twitter de que la biblioteca estaba a salvo y podría ser recuperada, solo unos 1100 libros fueron rescatados, algunos en un estado tan lamentable que resultaban ilegibles. Cuatro ordenadores portátiles también fueron destruidos, así como las estanterías, las cajas, los sellos y otras herramientas de catalogación, y la tienda que alojaba la biblioteca".

En los siguientes párrafos el profesor Scott, que llevaba seis semanas viviendo y trabajando como bibliotecario de la biblioteca, explica: "Yo amo los libros, leerlos, escribir en ellos, colocarlos, sostenerlos, incluso olerlos. Y adoro tener acceso libre a ellos. Amo las bibliotecas y todo lo que representan. Ver cómo una colección entera de libros donados, incluidos muchos títulos que me hubiera gustado leer, era registrada y destrozada sin ninguna consideración por parte de las fuerzas de la ley y el orden ha sido una de las experiencias más perturbadoras de mi vida. A mis alumnos en Pitssburgh les cuesta mucho poder comprarse los libros que necesitan para sus clases, y solo nuestra colección de revistas y libros académicos habría bastado para dotar de material de lectura a docenas de clases universitarias. Con las bibliotecas publicas de todo el país luchando para sobrevivir en medio de los recortes, los despidos y los cierres, nuestra biblioteca ha servido como modelo de lo que una biblioteca pública puede ser: funcionando para la gente y por la gente".

Uno de los episodios que sigue narrando el profesor tiene que ver con el poeta Stephen Boyer recitando a voz en grito fragmentos de la antología poética de Occupy Wall Street a los policías antidisturbios, mientras estos les alejaban del parque con escudos, puñetazos, porras y gas lacrimógeno. Lo increíble, según Scott, es que algunos de esos policías prestaron atención a aquellos versos.

Pocas horas después, un grupo de escritores y seguidores de la biblioteca se aproximaron con libros al parque, que para entonces estaba abierto de nuevo, y en menos de media hora se realizaron más de 200 donaciones. Durante el resto de la noche y todo el día siguiente siguió llegando gente que llevaba y traía libros. Y los bibliotecarios aguantaron en pie para no contradecir la recién estrenada normativa del parque, según la cual quedaba terminantemente prohibido tumbarse o dejar cosas en el suelo. A las siete y media de la tarde del 16 de noviembre la biblioteca volvió a ser asaltada y tirada a la basura, esta vez por la policía y el equipo de limpieza. Cuando un bibliotecario preguntó por qué hacían aquello, la respuesta de uno de los policías fue: "No lo sé".

En apenas cinco minutos la colección de la biblioteca formaba una montaña de basura y empezaba a ser retirada. Pero, una vez más, surgió alguien entre la multitud con un libro en las manos y se lo entregó a los bibliotecarios, que lo recogieron y catalogaron de inmediato, situándolo a la vista bajo el letrero de la biblioteca que acaban de realizar a partir de una hoja en blanco.

Imagino que en ese instante, las personas que se hallaban cerca pensaron algo muy parecido a lo expresado por el autor del mencionado artículo cuando afirma que una biblioteca que sea de verdad de la gente no depende de una determinada cantidad de libros, sino del modo en que esos libros se reúnen y se comparten. "Es en las bibliotecas donde aprendemos cosas nuevas. Sus libros ensanchan nuestras perspectivas, cambian nuestra manera de ver el mundo y nos permiten acceder libremente al conocimiento y la información [...] La biblioteca proporciona un lugar para el dialogo, la creatividad, el intercambio intelectual y cultural y el crecimiento personal. Cuando los alumnos de primer y segundo año me preguntan qué puedo leer para entender de qué va el movimiento, yo lo interpreto como el inicio de una gran conversación. Y cuando regresan a devolver los libros me encanta escuchar sobre los nuevos horizontes que esas lecturas les ayudaron a abrir".

En las últimas líneas de su escrito, William Scott reconoce que la biblioteca de todos, con su sola presencia (en cualquier lugar, bajo distintas formas, con la cantidad de libros que tenga), es perfectamente capaz de decirse a sí misma que la democracia se parece mucho a ella.