21.11.11

Sonidos hechos a mano

Sonidos hechos a mano

Por Edgardo Civallero

Braojos es un pequeño pueblo de la Sierra Norte de la provincia de Madrid, situado a unos pocos kilómetros de la villa de Buitrago, con su imponente muralla y su antiguo castillo de siete torres, y del valle del río Lozoya. Es un lugar encantador, de callecitas empedradas y casas de muros gruesos y techos de tejas, rodeado por un entorno natural de una belleza impresionante, sobre todo en estos días otoñales en los que los robles, fresnos y sauces se consumen en un despliegue de amarillos y ocres que los termina de desnudar para que, irónicamente, pueden sobrevivir al frío invierno que se avecina.

Desde hace unos años, los principales actores sociales y culturales de Braojos han tomado las riendas de un proyecto a través del cual pretenden recuperar y difundir la cultura tradicional española en general y castellana en particular. Aunque han sufrido numerosos contratiempos y altibajos (como casi todas las iniciativas culturales valiosas), realizan talleres de construcción de instrumentos (rabeles, gaitas serranas, panderos), de interpretación de los mismos (sobre todo de los famosos instrumentos de percusión cotidianos, como los almireces, las cucharas, las botellas de anís...) y de cantos y danzas, pues la música es sólo el marco para los unos y para las otras. Además, organizan encuentros anuales de artistas y artesanos que se concentran en el reducido casco urbano de Braojos para mostrar, a todo el que quiera pasearse por allí, los resultados de sus actividades. Es allí donde algunos referentes del folklore castellano (como Eliseo Parra, Vanesa Muela o Luis Ángel Payno) comparten sus saberes y los resultados de sus búsquedas por pueblos de toda la meseta. Fue allí donde, hace un tiempo, Sara y yo pudimos disfrutar del grupo Mayalde (una verdadera delicia; hay muchísimos videos en YouTube que recogen partes de sus actuaciones). Y fue allí donde, este fin de semana, ambos nos fuimos a aprender a construir un pandero cuadrado.

Se trata de un instrumento tradicional de la mitad norte de España. Hay diversas variantes: el de Peñaparda, un pueblo de Salamanca en donde los construyen grandes y gruesos y los golpean con una “porra” o baqueta; los de León y Asturias, en donde son más finos y se los golpea con las manos, como las panderetas; y los gallegos “de peito”, que se cuelgan del cuello con una correa y se apoyan en el pecho (de ahí su nombre original) para golpearlos con las manos. En su interior lleva “bordonas” (cuerdas cruzadas que vibran contra los parches, produciendo un zumbido característico), cascabeles, cencerros e incluso garbanzos u otros elementos que le “rompan” el sonido y lo hagan “bramar”.

Con tablones de pino (reciclados de viejos pallets) armamos el marco de madera, la estructura básica del instrumento. Con hilo de bramante creamos las “bordonas”, que atravesaban el marco en cruz, y atamos los cascabeles que resonarían en las tripas del pandero. Con mucho trabajo limpiamos pieles de cabrito y las recortamos para transformarlas en parches. Y con no menos esfuerzo las cosimos, una en cada cara del marco... Así, de esa forma —que parece sencilla al describirla pero no lo es tanto en la práctica— creamos con nuestras propias manos un elemento que, desde tiempos inmemoriales, lleva animando la vida social de los entornos rurales del norte de las Españas. Pues en los tiempos antiguos amenizaba las largas tardes del hilado de la lana, o las fiestas de los pueblos en las que los muchachos, vestidos con sus mejores prendas para la ocasión, cortejaban a las mozas, no menos galanas...

El sonido del pandero carga muchas memorias viejas. Pero no sólo las de las coplas que acompañaba (y aún acompaña), ni la de las danzas tradicionales a las que ponía el ritmo y el latido... También las de unos métodos de construcción, unos secretos y unos trucos de fabricación que, hasta hace poco, reposaban en los intangibles baúles de recuerdos de algunas personas añosas. Tener uno de ellos es, pues, un milagro por partida doble. Un milagro hecho con nuestras propias manos.