15.11.11

No me quites las canas

No me quites las canas

Que son mi nobleza:
Cada cana es la huella de un rayo
Que pasó, sin doblar mi cabeza.

Por Sara Plaza

Estos orgullosos versos pertenecen al poeta cubano José Martí. Y los que siguen a la escritora nicaragüense Gioconda Belli, en su bravo empeño por desafiar a la vejez.

Cuando yo llegue a vieja
-si es que llego-
y me mire al espejo
y me cuente las arrugas
como una delicada orografía
de distendida piel.
Cuando pueda contar las marcas
que han dejado las lágrimas
y las preocupaciones,
y ya mi cuerpo responda despacio
a mis deseos,
cuando vea mi vida envuelta
en venas azules,
en profundas ojeras,
y suelte blanca mi cabellera
para dormirme temprano
-como corresponde-
cuando vengan mis nietos
a sentarse sobre mis rodillas
enmohecidas por el paso de muchos inviernos,
sé que todavía mi corazón
estará -rebelde- tictaqueando
y las dudas y los anchos horizontes
también saludarán
mis mañanas.

Si continuamos hacia el Sur, Gabriel García Márquez se muestra igual de combativo con estos versos de su poema La Marinoeta.

A los hombres les probaría cuán equivocados están,
al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen,
sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse.
[…]
A los viejos les enseñaría que la muerte
no llega con la vejez sino con el olvido.

De manera que ya tenemos un pequeño ejército de ideas para empezar a batallar contra ese Síndrome del que nos hablaba Mario Benedetti.

Todavía tengo casi todos mis dientes
casi todos mis cabellos y poquísimas canas
puedo hacer y deshacer el amor
trepar una escalera de dos en dos
y correr cuarenta metros detrás del ómnibus
o sea que no debería sentirme viejo
pero el grave problema es que antes
no me fijaba en estos detalles.

En estos tiempos y en esta sociedad capitalista en la que “envejecer está prohibido” no debemos darnos por vencidos sino ejercer nuestro derecho a la rebelión, entre otras cosas: luciendo nuestras canas con la cabeza bien alta, sin perder la curiosidad, ni las ganas de amar, ni las de recordar, y mucho, muchísimo menos, las de tictaquear.