8.11.11

Machismo en los Andes

Machismo en los Andes

O como poner etiquetas porque nos da la real gana

Por Edgardo Civallero

Editar una revista sobre música y cultura andina como “Tierra de vientos”, bilingüe, bimestral, totalmente digital y de acceso libre, es toda una aventura para Sara y para mí. Una aventura que nos pone a prueba en cada número que editamos, que nos hace trabajar una barbaridad, que nos llena de ilusión y que, de vez en cuando, agrega alguna nota curiosa a nuestra “rutina” cotidiana...

La última nos llegó hace poco desde Australia. Una de nuestras lectoras, una estudiante de aquel país que estaba elaborando un trabajo de investigación sobre las tradiciones sonoras de los Andes, nos enviaba una duda: ¿por qué la interpretación de los instrumentos de viento andinos es una tarea únicamente masculina?

Para alguien que se acerca al universo andino desde fuera, la pregunta tiene mucho sentido. Es un hecho que, en los contextos más tradicionales de los Andes —y aquí hablo sobre todo de comunidades rurales con un alto porcentaje de población indígena— la interpretación de la mayoría de los instrumentos de viento y cuerda y de algunos de percusión queda en manos masculinas, en tanto que el canto solista (e incluso la composición de dichos cantos) suele ser un métier femenino. Es una división clásica de las tareas musicales con la que cualquiera con cierto conocimiento sobre cultura andina está familiarizado. Recuerdo que fue una de las primeras cosas que me llamaron la atención cuando, hace 20 años, comencé a interesarme por estos temas: las flautas eran sopladas por hombres, los grandes bombos eran golpeados por hombres, y los instrumentos de cuerda —especialmente los famosos charangos— eran las herramientas que, en las comunidades campesinas, servían a los muchachos para cortejar a las jóvenes y enamorarlas. Así fue siempre, así es y, probablemente, así continuará siendo.

La “sorpresa” que sentimos cuando recibimos la pregunta vino motivada porque, por lo general, hoy en día ningún músico andino busca las razones, las causas o los motivos que sustentan esta costumbre de dividir las ocupaciones musicales. Por un lado, porque en los contextos urbanos y mestizos, ese “tabú” ya no existe y las mujeres tocan todos los instrumentos que deseen (como bien demuestran los excelentes grupos y solistas femeninos que actúan hoy sobre los escenarios de todos los países andinos); por el otro, porque tales costumbres suelen asumirse como un rasgo cultural intrínseco a las comunidades y sociedades andinas más tradicionales, y, por ende, no precisan de demasiadas explicaciones. No la necesita esta, ni aquella de no hacer sonar ciertos instrumentos durante determinados periodos del año, so pena de atraer tormentas de granizo u otros arcaicos terrores de sociedades originariamente agricultoras y pastoriles. Ni la de aflojar las cuerdas del charango cuando no se toca, para que el instrumento no se enfade. Ni la de cuidar a los “duendes” que moran dentro de ciertos bombos.

Las razones que originaron todos esos hábitos ancestrales probablemente se han perdido en las fauces de los siglos idos: quizás las flautas verticales, por sus formas fálicas, tuvieran alguna relación con ritos de fertilidad (que de hecho, conservan en algunos puntos de Bolivia) y, en consecuencia, debían ser sopladas por hombres, quizás... ¿quién sabe? Tal vez hubieran motivos originalmente, tal vez no... O puede que sigan allí, pero que hayan quedado tan ocultos que ya no se puedan distinguir.

El hecho es que, tras responder el mensaje de nuestra lectora —en el que le explicaba, grosso modo, lo expuesto anteriormente— recordé que, en su momento, hace mucho tiempo, mi curiosidad también me había empujado a investigar un poco acerca de esa tradición. Fue cuando pasé de los primeros acercamientos al repertorio andino como músico novato y adolescente a una aproximación más seria y académica, motivada por el creciente interés que sentía por esos sonidos, esos ritmos y estilos, esos instrumentos y bailes.... Y recordé que, al revisar artículos y libros, di con observaciones realizadas por investigadores, musicólogos y antropólogos extranjeros (es decir, no andinos) que aseveraban que el “tabú” vigente en muchas sociedades indígenas latinoamericanas que prohibía a las mujeres tocar ciertos instrumentos no era sino una muestra más del machismo imperante en esas sociedades.

Tuve esa opinión por válida durante muchos años, simplemente porque venía de investigadores serios, con una profunda formación académica y amplia experiencia en su campo de especialización, algo de lo que yo carecía totalmente. Y la mantuve hasta que tuve la oportunidad de visitar los Andes en persona, y compartí la cotidianeidad de su gente.

Entonces me di cuenta que allí no había machismo en absoluto. No, al menos, en las comunidades rurales más tradicionales. Los roles vitales que desempeñan ambos géneros, sin ser igualitarios (desde el punto de vista “occidental”), son totalmente complementarios. Y si hay “tabúes”, si la tradición dicta que hay cosas que tal sexo no puede hacer porque sería socialmente reprobable, nadie lo ve como un handicap, como un avasallamiento, como un recorte de sus derechos o sus posibilidades. Simplemente es así, así ha sido siempre y no hay necesidad ni de análisis ni de explicaciones dentro del grupo.

He pasado bastante tiempo pensando en este tema desde que respondí ese mensaje llegado desde la lejana Australia. He revisado mis antiguos cuadernos de notas, mis apuntes, mis fotocopias... He leído literatura nueva. Y en mi cabeza, la cuestión ya dejó de ser “porqué las mujeres no soplan quenas o zampoñas”, o “porqué el charango es un instrumento de cortejo en manos masculinas y no en las femeninas”. Ahora se ha instalado una pregunta más interesante: porqué muchos investigadores, estudiosos, escritores, antropólogos, etnólogos y viajeros tienen esa facilidad pasmosa para calificar a gente que conocen poco y nada, para etiquetar sus costumbres sin apenas entenderlas, para construir las más visionarias y ridículas teorías sobre sus hábitos y creencias, y, en definitiva, para explicar (¿¡explicar!?) tradiciones ajenas de acuerdo a sus subjetivos puntos de vista, a los valores imperantes en sus sociedades, a las creencias y costumbres que son válidas en su país, en su etnia, en su familia, en su círculo social...

¿Por qué? En mi opinión, porque les da la real gana. Porque es muy sencillo llegar a un país lejano, estar dos meses viendo lo que la gente hace y volver a casa para explicar sus vidas (como si tales vidas necesitaran de “explicación”) y sus costumbres (ídem) desde un “marco teórico” generalmente eurocentrista y occidental (básicamente porque nadie se toma la molestia de aprender y comprender el marco teórico, ideológico y filosófico de los pueblos “estudiados”), y para juzgar, criticar y hasta condenar todo aquello que no cuadre con las ideas, pre-conceptos, valores y modus vivendi del investigador. Que no son universales: son los suyos.

Todavía está por escribirse un libro en el cual las sociedades andinas (o cualquier otra de las “estudiadas” por esos investigadores y profesionales académicos) expresen sus opiniones tras viajar al mal llamado “Primer Mundo”, observar lo que hay allí, intentar entender las costumbres y los hábitos, etiquetar lo que encuentren y explicar, desde su propia perspectiva, la vida de los demás. Cuando tal obra se publique, muchos podrán beber el trago amargo que tantas otras veces han preparado para los demás. Y podrán experimentar, en carne propia, como se siente ser analizado y explicado porque sí. Porque a otro le dio la real gana.