29.11.11

Las manos de mis mayores

Las manos de mis mayores

Por Sara Plaza

Desde que era una niña vengo recopilando en mis manos algunos saberes de mis mayores. Digo bien cuando digo en mis manos, porque es con ellas con las que he ido poniendo en práctica sus enseñanzas. Al principio fue el manejo de las cacerolas y las sartenes, de los cucharones y las espumaderas, de los moldes de metal y de los de papel. Después hacer surcos, sembrar hortalizas, recolectarlas y conservarlas. Ayer di mis primeros pasos entre telas y enhebré varias agujas mientras me peleaba con el dedal, y hoy avanzo tejiendo entre lanas multicolores. Entre medias me he pinchado con los cardos buscando las setas que nacen a sus pies, me he arañado con infinidad de zarzas juntando espárragos, y me he mojado hasta las rodillas cortando corujas.

Con mis manos he arrancado patatas, picado cebollas, batido huevos, amasado pan, transplantado frutales, recogido sus frutos, removido mermeladas... Con ellas he cosido manteles, servilletas y visillos... Con ellas he pelado, tallado y limado una rama de fresno para convertirla en la baqueta de mi pandero... Con ellas he cavado la tierra y apilado leña... Con ellas he lijado, encerado y barnizado muebles viejos... Con ellas he acariciado un ternero y he limpiado la piel de un cordero... Con ellas he depositado bolsas de agua con azúcar en las colmenas y esparcido miguitas de pan duro sobre la nieve para los gorriones... Con ellas he secado hierbas, hojas y flores... Con ellas he cazado saltamontes antes de ir a pescar y desenredado las patas de un rabilargo de la red que cubría un peral...

Con ellas... y viendo cómo hacían lo mismo otras manos más diestras, que además eran más grandes, más ásperas y mucho, muchísimo más fuertes que las mías: las de mis abuelos y abuelas, las de mi padre y las de mi madre.

Sus manos siempre han trabajado, siempre han creado cosas y convertido unas en otras. Además de todo lo que a mí me han enseñado, en su momento las vi transformar la leche en queso, la sangre en morcillas, el aceite en jabón, la lana en toquillas, el hilo en paños, el esparto en cuerdas, las retamas en escobas, el mimbre en cestos, los tablones en sillas... Casi nunca paraban quietas y raramente han descansado una sobre la otra. A menudo estaban enrojecidas e hinchadas, y de vez en cuando las oía crujir. Todas atesoraban historias entre los infinitos pliegues de su piel reseca y agrietada.

Hoy miro mis manos mientras escribo y no se parecen demasiado a las de mis mayores. Han aprendido todo de ellos pero ese todo es casi nada cuando echo la vista atrás y me doy cuenta de lo mucho que han olvidado. Mis manos no tienen más oficio que el de eternas aprendices. Son lentas e inseguras, torpes a veces, tímidas la mayoría, ¡hasta vergonzosas cuando se trata de acompañar con palmas una canción!

Mis manos son ágiles delante del teclado, sosteniendo un lápiz o pasando las hojas del diccionario, pero se atascan con demasiada facilidad anudando los flecos de una bufanda. Son cuidadosas coloreando un dibujo, pero excesivamente temerosas al rasgar las cuerdas de una guitarra. Se muestran curiosas al abrir un libro, pero tremendamente cohibidas delante de una caja de herramientas.

Mis manos no tienen la osadía de las de mis mayores, ni su aliento ni su sabiduría, pero mantienen intacta la memoria de sus caricias.