4.10.11

Hacer la nuestra

Hacer la nuestra

Por Sara Plaza

En muchas ocasiones no hace falta que los demás se vayan, para empezar a darnos cuenta de que quizás nos estamos quedando solos. Solos en nuestra manera de ver el mundo, de entenderlo, de querer darle la vuelta y ponerlo de una vez por todas patas abajo, después de tantos y tantos siglos estando patas arriba. La soledad asusta, pero no debemos permitir que nos quite las ganas de atrevernos a pensar o a hacer las cosas de modo distinto a como las piensan o las hacen los demás, tampoco debemos permitir que nos impida pensarlas o hacerlas con calma.

Por lo mismo, hay veces en que la presencia de los demás solo sirve para alimentar la extrañeza que sentimos hacia nosotros mismos, sobre todo cuando consentimos que sean sus ojos los que condicionen nuestra mirada. Extrañeza que no deja de crecer conforme avanzamos con el paso cambiado o lo hacemos por el costadito del mundo, pero que se vuelve insoportable cuando desertamos de nuestros zapatos y de nuestros sueños.

Hace un puñado de años, entre las páginas de "Zara y el librero de Bagdad", del escritor Fernando Marías, además de una buena historia encontré uno de los hilos que me ayudaría a no perderme del todo en el laberinto de idas y venidas que va dibujando la mía: "Nunca se sabe cuándo la vida va a intentar que te traiciones a ti mismo. Y sobre todo: nunca se sabe cuándo lo va a conseguir."

Yo creo que lo consigue cada vez que agachamos o volvemos la cabeza para evitar ver hacia dónde nos encaminamos. Cuando nos calzamos unos zapatos que no son los nuestros y nos da por realizar los sueños de otros. También cuando dejamos que nos asuste más la soledad que las malas compañías, o el quedarnos rezagados que la prisa. Y cuando nos convencen de que es bueno el mal menor.

La mentira que se repite mil veces sigue siendo mentira y lo malo es malo aunque no sea lo peor. Con esto sí estoy llamando a la desobediencia, a sacudirnos la sumisión y la pereza. La sumisión a unos usos, costumbres y normativas que lejos de servirnos para convivir nos obligan a malvivir. Y la pereza que nos da cuestionar los hábitos y las maneras de hacer y pensar que nos han venido imponiendo.

Si por el camino nos vamos quedando solos tal vez ésa sea la única forma de comprobar que estamos haciendo la nuestra. Al fin y al cabo, cuando todos se hayan ido seguiremos estando a nuestro lado.