12.9.11

Al son de la kamacheña

Kamacheña camacheña flautilla de Pascua

Por Edgardo Civallero

Las había visto siempre en libros: primero en los trabajos del renombrado musicólogo argentino Carlos Vega, un pionero de esa disciplina en mi país, y más tarde en una pequeña obra del también argentino Rubén Pérez Bugallo ("Catálogo ilustrado de instrumentos musicales argentinos") y en la del boliviano Ernesto Cavour ("Instrumentos musicales de Bolivia"). En esos textos las habían llamado de mil formas distintas: "quenas", "quenas jujeñas", "flautillas", "flautas de Pascua", "flautillas/quenillas de Pascua", "kamacheñas", "camacheñas"... Pero nunca había visto una de verdad, nunca había podido tener una entre mis manos, jamás las había oído, y no pude encontrar videos o materiales gráficos actualizados sobre ellas, sobre todo en su contexto tradicional: la porción oriental de las provincias de Salta y Jujuy, en Argentina, y el departamento de Tarija, al sur de Bolivia.

Hasta que se cruzaron en mi camino. No recuerdo el año: sólo que caminaba, curioso, por entre las "carpas" de artesanos que se montan todos los años en la plaza central de la localidad de Cosquín, en la provincia de Córdoba (Argentina). Allí, cada febrero tiene lugar uno de los festivales folklóricos más importantes del país, y es bastante común que, además de músicos, cantantes y bailarines, se reúnan en la ciudad los más afamados luthiers (constructores de instrumentos) nacionales y extranjeros para ofrecer sus artículos a los artistas. Paseaba, pues, por entre los puestos, admirando los bombos "legüeros" del famoso artesano santiagueño Mario Paz o las flautas llegadas desde la comunidad de Walata Grande, en Bolivia, cuando me tropecé con una pequeña mesilla en la que se desplegaban multitud de unas flautas que yo desconocía y que, a primera vista, no fui capaz de identificar. Pueden imaginar mi sorpresa cuando, de boca del hombre que las había construido y las vendía, supe que aquellas eran las famosas "flautillas de Pascua".

Aquella noche me llevé una conmigo. El vendedor me aseguró entre risas que, para que sonaran realmente bien, había que estar un poquito "machado", término andino derivado del verbo quechua maqchay, "golpear", y que significa "borracho". De acuerdo a sus palabras, la saliva espesa provocada por el alcohol eran una especie de "elemento esencial" para hacer sonar aquella pequeña flauta.

La kamacheña o camacheña (nombre que recibe sobre todo en Bolivia) es un instrumento musical muy antiguo. A decir de muchos etnomusicólogos, pertenece al estrato llamado "música tritónica", los sonidos que interpretaban las culturas del norte de Argentina y el sur de Bolivia antes de la llegada de los Incas, que impusieron la "música pentatónica", dominante en la actualidad a lo largo y ancho de los Andes. Se trata de una flauta con solo tres o cuatro orificios de digitación, generalmente elaborada en un simple tubo de "caña de Castilla" (caña europea común), con uno de los extremos cerrados por un nudo natural y el otro totalmente abierto; este último es el extremo por el que se sopla. Allí no hay boquilla o "conducto de insuflación" (el "pico" de las modernas flautas dulces escolares); en su lugar hay un bisel o muesca semicircular (que, supuestamente, denotaría su extrema antigüedad, pues esos biseles solo se han hallado en flautas arqueológicas) y dos especies de "aletas" laterales. Tales aletas caracterizan al instrumento: el intérprete debe introducirlas en su boca para poder soplar, y convierten a la flauta en un elemento tremendamente difícil de ejecutar. Cuando el aire de dicho soplo golpea el bisel semicircular, se produce la magia y nace el sonido, que luego es modulado por los orificios de digitación para producir las escasas notas que la kamacheña proporciona.

Dado que, por su número de orificios, puede interpretarse con una sola mano, los ejecutantes de kamacheña suelen ocupar la otra con una "caja", un tamboril de doble parche muy tradicional y popular en todos los Andes. Y muy antiguo: aparece, bajo la denominación quechua de tinya, en las crónicas de los primeros conquistadores del Perú, e incluso Guaman Poma de Ayala, en su "Buena Corónica [sic] y Buen Gobierno" las dibuja en manos de los incas. Esa forma de interpretación sería, también, muy antigua: se repite en Bolivia, con los waka-pinkillos, y en el País Vasco, con los txistus.

Golpeando la caja y soplando la kamacheña, el intérprete (casi siempre un varón) pone un marco musical a las danzas de ronda: una docena de bailarines que, tomados de las manos, dan vueltas en torno al flautista/percusionista, a veces cantando "coplas" (las cuales suelen nacer de las bocas de las mujeres, que dominan un estilo de canto muy particular). Las kamacheñas suelen aparecer en las fiestas religiosas de la época invernal (en Tarija, en San Roque, Todos los Santos y Carnavales), y la música que se ejecuta con ella suele ser sencilla, imitando a veces las líneas melódicas de las "coplas" que se cantan a su son.

La vigencia del instrumento se limita al territorio y a las fechas descritas. Es muy difícil encontrarlas en grabaciones comerciales (de hecho, en una colección de más de 2.000 CDs de música folklórica y tradicional no he sido capaz de dar con ninguna) o en presentaciones de grupos musicales; asimismo, y excepto en las páginas de algunos luthiers y sitios especializados, no hay muchas fotos, y los vídeos en los que aparecen son prácticamente inexistentes: pude ver brevemente una hace poco, en un documental argentino sobre pueblos originarios titulado "Awka Liwen". Es muy difícil escuchar los "toques" de esta flauta, a no ser que uno se desplace a las zonas de interpretación originales, y eso es bastante complicado...

A pesar de la relativa ausencia de información disponible sobre la kamacheña, es un instrumento que sobrevive y sigue sonando. Porque, afortunadamente, no hace falta que sea ampliamente conocido por todos para que sus constructores, sus intérpretes y su público tradicional sigan disfrutando de él. Sin embargo, no está de más difundir la existencia de estas pequeñas maravillas, milagros del arte más antiguo de las Américas que se han refugiado en un pequeño rincón de ese gran mundo para sobrevivir el paso de los tiempos. Siempre es interesante hacer saber que, a pesar de todo, hay fragmentos de una supuesta "historia pasada" que quieren seguir siendo "historia presente" y se niegan a morir.

Es por eso que me he puesto a recordar en voz alta, en esta entrada, la noche en la que me crucé con una kamacheña, allá en Cosquín. Una kamacheña que, junto a una tinya, descansa silenciosa ahora mismo, en el cuarto donde conservo todos mis instrumentos.

Fotografía de Edgardo Civallero.