2.8.11

JSTOR: los verdaderos piratas

JSTOR: los verdaderos piratas

Por Edgardo Civallero

El 6 de enero de este año, la policía de Boston detuvo a Aaron Swartz, de 24 años, por haber descargado el 98% de los contenidos de la "base de datos académica" JSTOR, es decir, alrededor de 4,8 millones de artículos.

De acuerdo a la fiscalía, el acusado conectó subrepticiamente un ordenador portátil a la red informática del MIT (Massachussets Institute of Technology) y, empleando el acceso (pagado y legal) que dicha institución tiene a los fondos de JSTOR, puso en marcha un programa especial y descargó artículos masivamente. Tanto, que las alarmas de JSTOR sonaron y se bloquearon repetidas veces las IPs del MIT. Una sospecha y una alarma llevaron a la otra, y finalmente Swartz fue detenido.

El 19 de julio fue formalmente acusado de los cargos de fraude informático (se habría conectado ilegalmente a la red del MIT, aunque su posterior acceso a JSTOR fuese legal), obtención de información mediante un script o programa especial, y supuesta intención de liberar esos artículos en redes P2P. Swartz se declaró no culpable y fue liberado bajo una fianza de 100.000 dólares. JSTOR ha manifestado públicamente (quizás para deshacerse de toda relación con un caso que, de alguna forma, coloca sus actividades bajo la lupa de la opinión pública crítica) que no interpondrá demandas civiles contra Swartz. Sin embargo, el gobierno de los EE.UU. sí lo hará (lo cual, de acuerdo a muchos abogados, es algo realmente notable) y el acusado se enfrentaría a una pena de 35 años de prisión y a multas de hasta un millón de de dólares.

Las voces de apoyo a Swartz no tardaron en aparecer, enfocándose no en el delito de acceso ilegal a una red informática (el cual, por cierto, no es tan raro en ambientes tecnológico-académicos como los del MIT, y no acarrearía ni tanto revuelo ni esas penas desmesuradas) sino en que, por un lado, las alarmas de JSTOR hayan saltado por "demasiadas descargas" (es como si la biblioteca de la que somos socios y a la que pagamos nuestra cuota nos prohibiera el paso por "demasiadas lecturas") y en que, por el otro, se esté enjuiciando a Swartz por pretender colocar ese saber en línea para descarga gratuita cuando, en numerosos casos, la propia JSTOR está vendiendo material que ya pertenece, hace años, al dominio público. Uno de los escritos de apoyo mejor fundamentados ha sido el de Greg Maxwell, que además ha subido a la plataforma The Pirate Bay unos 18.000 artículos científicos de JSTOR, en protesta por las políticas de publicación y difusión de la información y por la persecución legal a quienes no son los verdaderos "piratas" y "saqueadores".

Pero comencemos por el principio: ¿qué es JSTOR? En su sitio web se presenta como un "servicio sin ánimo de lucro que ayuda a académicos e investigadores a descubrir y usar un amplio rango de contenidos en un archivo digital de más de mil publicaciones periódicas académicas...".

JSTOR es parte de ITHAKA, un proyecto dedicado a estudiar el uso de tecnologías digitales para la distribución de la información en universidades y bibliotecas, y a promover determinadas formas de trabajo que favorezcan el uso de esas nuevas tecnologías y del conocimiento electrónico.

Lo que hace JSTOR, en realidad, es digitalizar (si no está digitalizado ya, y con una calidad por lo general deplorable) los artículos de las principales revistas científicas mundiales, organizarlos en una base de datos en línea, y vender el acceso a dichas publicaciones. Supuestamente, una parte de los beneficios obtenidos iría a manos de las editoriales que publican esas revistas científicas, y otra quedaría para JSTOR. ITHAKA, por su parte, influye (a través de informes y recomendaciones "neutrales" y "profesionales") en los altos estratos académicos para que productos del tipo "JSTOR" obtengan preferencia en bibliotecas y otros entornos académicos.

Cualquiera que haya intentado acceder a la base de datos de JSTOR sabe que se necesita un usuario y una contraseña, que hay que pagar con una sustanciosa suscripción anual, o que se puede descargar un artículo determinado si se abona la "módica suma" de entre 5 y 40 dólares, dependiendo de la antigüedad y la categoría del artículo.

Sin embargo, pocos saben que el dinero obtenido no va a los bolsillos de los autores de los artículos.

En efecto, JSTOR es una de las tantas cabezas de una enorme masa de organizaciones (editoriales, sobre todo) que se dedican a "traficar información". Todas ellas han entendido que, en la actualidad, la información es uno de los bienes más valiosos que existen. Y, en consecuencia, lo comercializan. El hecho es que, al hacerlo, venden los contenidos creados, de manera totalmente gratuita, por docentes, investigadores, escritores y ensayistas. Pues así es la publicación académica: los autores no reciben un centavo (no, ni un solo centavo, de nadie) cuando sus manuscritos son publicados en cualquier revista académica, o cuando son vendidos por una base de datos como JSTOR. Es más: tienen que sentirse agradecidos y afortunados de ver sus textos difundidos por tales revistas, pues de esa forma podrán agregar una "publicación" a sus curricula vitae y, a más publicaciones, más oportunidades tendrán de obtener becas y subvenciones, o de mejorar sus puestos de trabajo.

JSTOR no sólo vende los artículos que se encuentran bajo copyright, sino que también comercializa textos que se encuentran hace tiempo en el dominio público (es decir, cuyo copyright ha expirado). La excusa es que deben cobrar su "trabajo de digitalización", aunque se encuentren mejores digitalizaciones, desde hace años, en cualquier rincón de Internet.

En definitiva, tanto JSTOR como las organizaciones que la acunan y las editoriales a las que representan se benefician, por un lado, de una legislación (que ellas mismas ayudaron a redactar) que condena como criminal todo acto que implique el acceso a la información estratégica sin restricciones y la libre difusión de la cultura. Y por otro, se benefician igualmente de una cultura académica (que ellas mismas han ayudado a crear) en la que los autores dedican tiempo y esfuerzo a publicar contenidos intelectuales valiosos que solo dejan beneficios económicos a los que los publican y distribuyen, y no a los que los escriben.

Una de las soluciones a este problema es la radical de Swartz y Maxwell (y tantos otros): reventar los muros de las bases de datos y de las editoriales y recuperar para el público en general el saber que guardan bajo siete llaves, y que fue producido originalmente para ser compartido, no comercializado. La otra, menos radical, es la eliminación progresiva del sistema de publicación académica actual y el apoyo a otros métodos, como el del self archive/open access archives.

El conocimiento académico y científico es estratégico para el desarrollo de la vida humana. La información es poder: poder para cambiar las cosas, para solucionar los problemas, para enfrentar las crisis. Que ese poder esté guardado en los cofres de unos pocos, y que quieran que paguemos por ello cuando ellos mismos no pagaron en absoluto por tenerlo, es inmoral. Y debería ser ilegal también. Pero parece que la ley está ocupada persiguiendo a rebeldes como Swartz, que se juegan el tipo por una idea limpia.

Artículo: "Documentos de JSTOR publicados en The Pirate Bay". Por Greg Maxwell. En Rebelión, 28.07.2011.
Artículo: "La desobediencia civil alcanza a la publicación de estudios académicos". En Público, 01.08.2011.

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