29.8.11

El latido del Mapu

Kultrún Mapuche

Por Edgardo Civallero

Ha sido etiquetada como primitiva, chamánica, ancestral... Ha sido empleada por numerosos "creadores" foráneos, sin ningún respeto, para dar un toque "étnico" a sus composiciones jazzísticas, clásicas, rockeras o New Age... La música del pueblo Mapuche (del mapudungu mapu, "tierra" y che, "gente") ha tenido una gran difusión. Sin embargo, paradójicamente, se encuentra entre las menos conocidas y las peor entendidas del cono sur de las Américas.

Los sonidos y ritmos Mapuche tienen siglos de antigüedad. Y han resistido ataques e influencias externas tanto como sus creadores, que aguantaron los embates de las huestes Incas, las tropas españolas, los ejércitos republicanos y las brigadas de la muerte pinochetistas y aún siguen allí. Quizás más desposeídos que al principio, pero aún de pie, exhibiendo un orgullo difícil de borrar.

Su música está, indefectiblemente, asociada a actividades, ceremonias, ritos y momentos bien determinados. Su música es prácticamente sagrada. Acompaña danzas de celebración y agradecimiento al espíritu de las alturas, Ngenechen, o plegarias de sanación y limpieza, o íntimos recuerdos y deseos de amor. Pero también pone ritmo y melodía a las luchas, las protestas, los reclamos, las venganzas, las batallas...

Kultrún Mapuche
El latido de esta música está marcado por el kultrún, uno de los dos tambores que emplean los Mapuche. Se decía que ese pequeño membranófono convocaba, llamaba, abría las puertas al mundo invisible de los espíritus. Con su sonido se maldecía y se curaba. El kultrún apoderaba lo que nombrara su intérprete: si este decía "lluvia", el kultrún dotaba a esa palabra de todo su poder. Y llovía.

Básicamente, se trata de una especie de timbal de madera de cuerpo semi-esférico, cuya boca se ve cubierta por un parche de cuero pelado. Es usado por las machi, las "chamanes" Mapuche (en realidad los hombres también pueden ser machi, pero en el oficio hay tal cantidad de mujeres que suele considerárselo como un menester femenino). Las machi son las que invocan a los antiguos espíritus, las que ruegan por lluvia y buenas cosechas, las que curan con hierbas y oraciones... Y habitualmente lo hacen golpeando su kultrún.

En su parche lleva un diseño característico, que puede variar en algunos detalles pero que, por lo general, respeta una estructura fija. La superficie circular de cuero está cortada por una cruz, que marca las cuatro partes en que los Mapuche dividen el universo. Los brazos de esa cruz terminan en patas de choike, el avestruz patagónico, un animal siempre presente en las leyendas de este pueblo. El centro del parche (y del universo) suele estar señalado por un círculo, que representa la comunidad a la que pertenece la machi dueña del instrumento. Y en cada una de las secciones en las que se divide el parche se perfilan respectivamente dos estrellas, el sol y la luna, los astros que determinan el tiempo y las estaciones.

Kultrún Mapuche
Construir un kultrún no es sencillo. En los viejos tiempos tenía que hacerlo un artesano que conociera la tradición Mapuche, a pedido expreso de la machi. El artesano debía tallar el cuerpo del tambor en un pedazo de tronco de canelo foiye o de laurel triwe, los árboles sagrados. Esos troncos debían ser cortados durante el püken, la estación de las lluvias. Antes de dar el hachazo era necesario pedir permiso al ngen-mawida, el espíritu protector de los bosques. Se labraba siguiendo la veta de la madera, para mantener el fluir de la savia y no interrumpir la corriente de la vida. Luego había que cortar un pedazo circular de cuero de trülke –cabrito– para hervirlo, rasparlo con piedras, suavizarlo y unirlo al cuerpo de madera con tiras de piel o con crines de caballo trenzadas. El kultrún se tenía que armar, obligatoriamente, en el patio de la casa de la machi que lo iba a tocar. Antes de cerrarlo, se colocaban en el interior del tambor una serie de objetos, siempre en número de cuatro o sus múltiplos. Se ponían unas piedrecillas que diesen newen o poder, unas semillas para la fertilidad, unos granos de cereal para la abundancia, unos yuyos medicinales para la salud, unas monedas de plata blanca para la prosperidad, pelitos de animal para la buena suerte, un poco de tierra sagrada... Y después la machi debía encerrar dentro del kultrún un soplo de humo, la energía superior del fuego, y su propia voz. Así metía dentro una parte de sí misma, de su poder, de su energía, y lograba una sintonía perfecta con su instrumento. A veces gritaba «Akutún, akutún, ayuwi ta ñi piwke!». «¡Aquí estoy, aquí estoy, contento está mi corazón!». Otras decía «Küme newen nieaymi»: «Que tenga buen poder». El kultrún se consagraba más tarde en una ceremonia llamada ngillatún man kultrún: «rogativa del kultrún».

En la actualidad, el kultrún sigue sonando como antaño. Retumba a ambos lados de la cordillera de los Andes, en la Patagonia de Argentina y Chile, en manos de cultores de la música tradicional como Beatriz Pichi Malén, Luisa Calcumil o el grupo Aflaiai. Repica con cada una de las machi que siguen curando, agradeciendo y recordando en todas las comunidades Mapuche. Y brama en todas las manifestaciones en las cuales los Mapuche reclaman sus perdidos y mancillados derechos: el de la tierra y el agua, el del aire y la vida, el de la comida y la escuela... Porque el kultrún, decían los viejos, da poder a lo que se nombra...

Para todos aquellos interesados en conocer un poco más de la música Mapuche, se recomienda la visita a este enlace, en donde podrán consultar el material necesario para una aproximación bastante completa al paisaje sonoro de este pueblo.