26.7.11

La cuestión de clase en las aulas

La cuestión de clase en las aulas

Por Sara Plaza

En una entrada anterior mencionaba a la autora norteamericana bell hooks, y me atrevía a traducir libremente un puñado de líneas de su obra Teaching to Transgress. Education As The Practice of Freedom (Enseñando a transgredir. La educación como la práctica de la libertad, 1994). En esta ocasión voy a hacer algo similar con algunos párrafos de otro de sus libros, Where We Stand: Class Matters (Donde estamos: la clase importa, 2000), pues su lectura me devolvió a algunos episodios de mi propia experiencia como alumna y quizás evoque recuerdos similares en alguno de ustedes.

Desde la escuela primaria en adelante temí y odié el aula. En mi imaginación todavía era el lugar por excelencia de inclusión y exclusión, de disciplina y castigo [...].
De vez en cuando, algún profesor de educación superior comprometido me mostró que el aula podía ser un lugar de pasión y posibilidad pero, en general, en los diferentes colleges que estudié, el aula era el espacio donde se aseguraba el orden social.

A lo largo de mis años como estudiante de postgrado, una y otra vez tuve que escuchar que me faltaba el decoro propio de dicho estudiante, que no entendía cuál era mi lugar. Poco a poco fui comprendiendo que en la academia no había sitio para las personas de orígenes de clase trabajadora que no quisieran dejar atrás su pasado. Ese era el precio que había que pagar. Los estudiantes pobres serían bienvenidos a las mejores instituciones de educación superior solamente si estaban dispuestos a renunciar a sus recuerdos, a olvidar el pasado y a reivindicar el presente asimilado como la única realidad valiosa y significativa.

Los estudiantes de orígenes no privilegiados que no querían olvidar a menudo sufrían crisis nerviosas. No podían soportar el peso de todas las contradicciones que tenían que afrontar. Fueron machacados. La mayoría de las veces abandonaban los estudios sin dejar rastro de su angustia interior, no quedaba ninguna constancia institucional de los infinitos modos en que su punto de vista fue atacado por la posición elitista de clase y privilegio. Los informes tan solo indicaban que incluso habiendo recibido ayuda económica y otro tipo de apoyos, estos estudiantes simplemente no lo lograron, no era lo suficientemente buenos.

En ningún momento durante mis años de estudiante desfilé en una ceremonia de graduación. Había sido continuamente desdeñada y avergonzada y quería olvidar esas experiencias, borrarlas de mi conciencia. Como un prisionero puesto en libertad yo no deseaba recordar mis años dentro. Cuando finalicé mi doctorado no estaba del todo segura de en qué me había convertido. Tenía dudas sobre si lo había conseguido sin ceder lo mejor de mi misma, lo mejor de los valores que me habían inculcado –trabajo duro, honestidad y respeto por todo el mundo sin distinción de su clase–. Terminé mis estudios con mi lealtad hacia la clase trabajadora intacta. Sin embargo, había puesto mis pies en el camino que conducía hacia el privilegio de clase. En adelante, una y otra vez, tendría que lidiar con las contradicciones y enfrentar cara a cara la cuestión de clase. Siempre debería reexaminar mi posición" (pp. 37-38).

A propósito de los académicos que provienen de la clase trabajadora y de las limitaciones que encuentran en su vida profesional, el economista Charles Sackrey y el científico político Jake Ryan realizaron un estudio titulado Strangers in Paradise: Academics from the working-class (South End Press, 1984. En 1996 la University Press of America publicó una versión actualizada). En él los autores afirman que crecer perteneciendo a la clase trabajadora y después asumir todo lo que conlleva la vida de un profesor universitario obliga a la persona que asciende socialmente a interiorizar los conflictos de la jerarquía de clases. El libro incluye varios ensayos autobiográficos de distintos académicos con un pasado de clase obrera, quienes, con dos o tres excepciones, manifiestan serias quejas hacia sus puestos de trabajo, en especial hacia sus compañeros, y coinciden en señalar que sus problemas derivan en parte de su pasado. Sackrey explica que fue el sentido de soledad, de alienación, de estar en minoría, el que los impulsó a él y a Ryan a indagar sobre porqué el hecho de ganar más dinero y tener más estatus no les había deparado la buena vida que ellos pensaban que se vivía estando del otro lado. Al preguntar a otros académicos con un pasado similar al suyo se encontraron con que casi todos compartían los mismos sentimientos encontrados. Algunos de ellos emplean su silencio -autoimpuesto pero estructurado socialmente- para aprender a imitar los modos y convenciones de la clase media, de modo que puedan pasar por personas con la adecuada preparación. Otros acumulan rencor, y unos pocos traducen su humillación en compasión e intentan construir puentes que permitan a los que vengan después liberarse del servilismo con menos heridas psicológicas. Una de las voces más críticas en esa obra es sin duda la de Jake Ryan quien señala: "no me arrepiento acerca de los prejuicios sobre mis colegas. Siento que son dignos de desprecio. Exageran su propia importancia, les encanta sentirse más listos que sus estudiantes, aparentan que contribuyen de manera significativa al PIB, se venden a cambio de favores, se rodean de acólitos, se encogen ante cualquier símbolo de autoridad, se regodean de su inexistente profesionalismo, se sumergen en su limitado campo de especialización el cual, para muchos, es su billete hacia un lugar legítimo en la «academia».

Sackrey y Ryan observan que, en general, los jóvenes de clase trabajadora que emprenden trayectorias académicas no solo se encuentran como extraños en el paraíso sino que lo son también en el entorno que los vio crecer. Para muchos lectores, sobre todo profesores y estudiantes de clase obrera, estos ensayos resultaron ser un testimonio de sus propias vivencias. Sin embargo, y quizás esto se lo más interesante, el trabajo de ambos autores sirvió para concienciar a numerosos académicos sobre algo fundamental: el lugar que ocupan los trabajadores y la propia industria del conocimiento en la estructura de clases del capitalismo. Como parte integral de un sistema de clases que no garantiza un trato justo a la mayoría de la población, las universidades son el teatro donde cada persona escenifica un determinado papel -programado culturalmente- a medida que lucha por obtener un reconocimiento, una recompensa, un beneficio, o un lugar preferente en la estructura más o menos piramidal de la profesión, implicándose directamente en la reproducción de las injusticias sociales.

De alguna manera, estos dos autores -como hizo después bell hooks- llamaron la atención sobre la importancia de la clase social en el ámbito de la educación, y se sumaron a quienes entonces argumentaban que el periodo de agitación que se vivió en los años setenta en la educación superior tuvo más que ver con el conflicto de clases que con el generacional.

Imagen. "El triunfo de la educación llegando a todas las clases sociales", fragmento del mural de Miguel Alandia Pantoja.