12.7.11

¿Está algún tipo de imposición reñida con la libertad?

¿Está algún tipo de imposición reñida con la libertad?

Por Sara Plaza

Corría el 15 de abril de 1932 cuando el académico y educador norteamericano George Sylvester Counts (1889-1974, conocido por sus análisis de las relaciones existentes entre cultura y educación) escribía el prólogo de un texto que recogía lo expuesto en tres artículos anteriores leídos en otros tantos encuentros nacionales sobre educación. Esas tres conferencias llevaban por título Dare Progressive Education Be Progressive (Se atreverá la Educación Progresista a ser progresista), Education Through Indoctrination (Educación a través de la adoctrinación) y Freedom, Culture, Social Planning and Leadership (Libertad, cultura, planificación social y liderazgo), y a la recopilación de las ideas y conclusiones en ellas vertidas la titularía Dare the School Build a New Social Order (Se atreverá la escuela a construir un nuevo orden social). La lectura de este último documento –en el que urge a los profesores a enfrentar debida y valientemente las cuestiones sociales– resulta verdaderamente interesante, aunque no se compartan sus opiniones, a la hora de conocer más y mejor los motivos, las razones y los propósitos de la escuela pública que él defendía, en un momento de la historia norteamericana en el que la revolución industrial se estaba extendiendo y consolidando a lo largo y ancho del país. Sus párrafos reflejan de manera fiel la postura de este intelectual liberal –sus detractores afirmaban que era comunista– según la cual la educación debería estar liderada por los profesores y servir de palanca para el cambio social. Counts mantenía que ese proceso no podía ser de ninguna manera objetivo y que los profesores tampoco podían permanecer neutrales.

Entre otros muchos pensamientos, en el citado artículo compilatorio Counts analiza diez falacias que a su juicio subyacen en la oposición teórica a cualquier forma de imposición que pueda darse en la escuela. El autor las va enumerando y explicando una por una al tiempo que enuncia su propia tesis: que toda educación contiene un alto grado de imposición, que ésta es inevitable, que la existencia y la evolución de la sociedad dependen de ella, que es, por lo tanto, deseable y que su aceptación por parte del educador es una obligación profesional.

En primer lugar el autor niega que todo hombre nazca libre. En realidad, dice, todo hombre nace indefenso y consigue la libertad a través de la cultura, pues al nacer en una determinada, por muy atrasada y limitada que ésta sea comparativamente, el individuo es sometido y liberado a la vez. En este punto Counts menciona la lengua y la tradición. Sobre la primera explica que el accidente de nacer en tal o cual lugar nos fuerza a aprender una lengua, y que cualquier lengua es infinitamente mejor que la ausencia de ésta, pues el hombre sin el lenguaje no sería un hombre. Por lo mismo, considera que las tradiciones de un pueblo que se imponen a los más jóvenes, siempre que éstas sean vitales y adecuadas a los tiempos, no les resta más libertades que las de ser mediocres, incompetentes y carentes de objetivos.

En segundo lugar el autor niega que el niño sea bueno por naturaleza, dado que tanto la evidencia antropológica como la simple observación constatan que al nacer el individuo ni es bueno ni es malo, sino que cuenta con un montón de potencialidades que pueden desarrollarse de muy diversas maneras. Por lo tanto, sugiere Counts, no es en la naturaleza del niño donde debemos buscar la orientación para la práctica profesional sino en la cultura del grupo y los objetivos de vida, y aunque aquélla pueda ser tenida en cuenta tendrá que ser moldeada.

En tercer lugar el autor niega que el niño viva en un mundo propio separado del de los adultos, pues el niño no conoce más que una sociedad en la que hay personas de todas las edades, en la que existen conflictos de intereses y relaciones de mutuo beneficio. Al autor le preocupaba que cada vez se aislara más a los niños de las actividades importantes de los adultos y advirtió que mientras la escuela y la sociedad no estuvieran ligadas por propósitos comunes el programa educativo carecería tanto de sentido como de vitalidad.

En cuarto lugar el autor niega que la educación tenga que ser algo así como una esencia pura y mística que permanece eternamente inalterable. Por el contrario, cree que cualquier programa educativo, para ser defendible, tiene que estar ajustado al lugar y al momento, y el grado y la naturaleza de su imposición adecuarse a las condiciones sociales.

En quinto lugar el autor niega que la escuela tenga que ser imparcial sobre aquello en lo que hace hincapié. Su tesis es que la imparcialidad total es imposible, que la escuela debe formar actitudes, desarrollar gustos e incluso imponer ideas. Como toda la creación no cabe en la escuela, es necesario llevar a cabo algún tipo de selección en cuanto al profesorado, el currículum, la estructura y la metodología de enseñanza, y en esa elección siempre se estará favoreciendo una cosa u otra.

En sexto lugar el autor niega que el gran objetivo de la educación tenga que ser producir individuos que adopten una actitud agnóstica ante cualquier asunto social importante, que sopesen los pros y los contras con la habilidad de un malabarista, que contemplen todas las posturas frente a determinada cuestión sin comprometerse con ninguna, que pospongan la acción hasta tener conocimiento de todos los hechos, a sabiendas de que no podrán conocerlos todos, que por eso mismo mantengan su juicio en un estado de suspensión indefinida y que antes de convertirse en personas de mediana edad vean cómo su capacidad de acción se ha atrofiado y su empatía social debilitado. Defiende, en cambio, que el objetivo debería ser engendrar individuos capaces de reunir y digerir los hechos a la vez que piensan en términos reales, toman decisiones y actúan.

En séptimo lugar el autor niega que la educación tenga que ser antes que nada intelectualista en sus procesos y objetivos, pues en nombre de la libertad, la objetividad y la mentalidad abierta estaríamos transmitiendo una actitud de futilidad a los más jóvenes. Counts señala que al eludir la responsabilidad de darles una visión que demande su compromiso activo y desafíe su esfuerzo creativo, estaríamos abocándoles a una vida de ensimismamiento aderezada con complejos de inferioridad y frustración.

En octavo lugar el autor niega que la escuela sea una instancia educativa todopoderosa, algo que, según él, mantienen sobre todo los defensores de la Educación Progresista (movimiento pedagógico que inició su andadura a finales del siglo XIX de la mano de Francis Parker y John Dewey, y ha continuado hasta nuestros días de muy diversas maneras), quienes parecen tener una fe presuntuosa en el poder de la escuela, pues continuamente están hablando de reconstruir la sociedad a través de ésta mientras se muestran temerosos porque la escuela pueda imponer un punto de vista sobre todos los alumnos y moldearlos según un único patrón. En este punto el autor aclara que nuestra principal preocupación no debería ser evitar que la escuela influencie positivamente a los alumnos sino asegurarse de que cualquier escuela progresista utilice todo el poder que tenga en sus manos para detectar y oponerse a las fuerzas reaccionarias y al conservadurismo social.

En noveno lugar el autor niega que sea la ignorancia, en lugar del conocimiento, el camino hacia la sabiduría. Counts está haciendo alusión al hecho de que parece ser que los derechos del niño solo pueden ser protegidos si nuestra influencia sobre ellos permanece oculta bajo un tupido velo de ignorancia, pues hasta los partidarios de que algún tipo de imposición es inevitable rechazan cualquier esfuerzo por entender, planificar y controlar dicho proceso. Y aquí vuelve a dar un toque de atención a la Educación Progresista que quiere construir un mundo nuevo pero no hacerse responsable del mundo que construye.

En décimo y último lugar el autor niega que en una sociedad dinámica la mayor responsabilidad de la educación sea preparar al individuo para ajustarse a dicho cambio. Eso, según Counts, conduce a que el individuo esté tan deseoso de adoptar nuevas ideas y valores como de hacerse con el último cachivache que le ahorre esfuerzo en su vivienda o el último invento para su fábrica. Y bajo esa concepción de la vida y la sociedad la educación lo único que puede hacer es doblegarse ante los dioses del azar y reflejar la deriva del orden social. Para el autor, más terrible que cualquier adoctrinamiento que pudiera llevarse a cabo en la escuela resulta la perspectiva de acabar siendo completamente discriminados y moldeados por la mecánica de la industrialización. Así, concluye diciendo que el control de las máquinas requiere una sociedad que esté menos dominada por el ideal del progreso individual y más por ciertos propósitos de gran alcance y proyectos para la construcción social. De ahí que en esa sociedad sea preferible una mentalidad firme e inquebrantable, en vez de una que responda con agilidad a cada remolino que se forme en la corriente social.

Hasta aquí un pequeño esbozo de las ideas de uno de los teóricos de la educación más importantes de Norte América, partidario del reconstruccionismo social, activo defensor de los sindicatos de profesores, fundador del Partido Liberal del Estado de Nueva York y a quien se atribuye haber influido en corrientes posteriores como la Pedagogía Crítica.

Precisamente dentro de este movimiento encontramos algunas de las apuestas pedagógicas de la escritora y profesora bell hooks (seudónimo de Gloria Watkins), quien una y otra vez hace referencia en su obra a la descolonización de los caminos del conocimiento, e insiste en transformar el sistema educativo actual de manera que este no sea el lugar donde los estudiantes son adoctrinados para sostener lo que ella llama el patriarcado imperialista, capitalista y de supremacía blanca o cualquier otra ideología, sino el lugar donde aprenden a tener una mentalidad abierta, a comprometerse con el estudio riguroso y a pensar de manera crítica. Dicha autora, teórica feminista, y crítica cultural (se dice de ella que es una formidable intelectual, cuyos trabajos tienen que ver con su interés en las dinámicas entrelazadas de cultura, género, raza y clase) también insta a los profesores a desafiar tanto la desinformación como la información errónea que recibimos continuamente de los medios y que estos nos presentan como conocimiento objetivo e imparcial.

Me gustaría terminar esta entrada traduciendo un puñado de líneas de uno de sus libros, Teaching to Transgress. Education as the practice of freedom (Enseñando a transgredir. La educación como la práctica de la libertad, 1994): "La academia no es el paraíso. Pero el aprendizaje es un lugar donde el paraíso puede ser creado. El aula, con todas sus limitaciones, sigue siendo un espacio de posibilidades. En ese terreno de las posibilidades tenemos la oportunidad de trabajar por la libertad, de exigir de nosotros y de nuestros compañeros una mente y un corazón abiertos que nos permitan enfrentar la realidad al tiempo que imaginamos juntos maneras de ir más allá de los límites, de transgredir. Esta es la educación como la práctica de la libertad."