28.6.11

Una enfermedad incurable

Una enfermedad incurable

Por Sara Plaza

No es solo que yo quiera y trate de seguir aprendiendo al tiempo que desaprendo prejuicios y descubro algunas de las mentiras que nos han contado, es que la realidad me obliga a no cejar en el empeño de dar con la verdad, con algún tipo de verdad, e intentar comprender lo que ha pasado y lo que está pasando. Me obliga porque ahí fuera están ocurriendo demasiadas cosas que no soy capaz de entender echando mano de lo que hasta ahora sabía o creía saber. Me obliga porque no es un malestar pasajero la enfermedad que aqueja a la dictadura económica que gobierna a nuestro sistema político, con mucho de monarquía y poco de parlamentaria. Me obliga porque la última crisis del sistema capitalista ha puesto de manifiesto, una vez más, lo ilusorio de nuestros Estados de Derecho, de nuestras democracias, de nuestra ciudadanía.

Y como me obliga, ahí estoy leyendo filosofía, política, derecho, sociología y economía críticas, viendo y escuchando documentales, debates y conferencias sobre lo que poco y nada se habla en los medios, sumándome a las plazas, intentando averiguar lo acontecido en otros rincones del planeta, indagando en sus causas y en los contextos donde se gestaron. Ahí estoy tomando apuntes, subrayando los libros, volviendo una y otra vez sobre tal o cual pedacito de video que no me quedó claro, frunciendo el ceño, abriendo mucho los ojos, apretando los dientes, golpeando la mesa, agarrándome los pelos. Ahí estoy indignándome más y más cada día, repitiéndome que esto es de dementes, parpadeando y pellizcándome para darme cuenta de que no es una pesadilla y de que, como advertía hace unos días el profesor Albert Sales i Campos "en los próximos años tendremos que ver cómo se intensifica la criminalización de las capas más desfavorecidas de la sociedad. La persecución y la estigmatización de los más vulnerables que ha comenzado con las personas inmigrantes se ampliará a otros colectivos en situaciones de marginalidad a fin de marcar la frontera entre los ciudadanos y las ciudadanas de bien y las personas caídas en desgracia por su "falta de previsión" o por su "inadaptación social y cultural". Veremos como se centra el debate público en cómo reprimir la conflictividad social derivada de la destrucción de la cohesión y de la extensión de la pobreza y, por supuesto no se aportará ninguna solución más allá de la represión, haciendo lecturas interesadas y electoralistas de la situación. Exactamente lo mismo que sucede hoy con los enfrentamientos y las acciones violentas derivadas puntualmente de las protestas. Debatir la conveniencia de la represión y sus formas no soluciona nada, sólo sirve para evitar discutir sobre los problemas centrales que han generado el movimiento."

Ahí estoy, comprobando una y mil veces que con el sistema capitalista no hay manera de debatir ni de discutir nada: supuestos ciudadanos y ciudadanas de bien, lo mismo que las personas caídas (o nacidas) en desgracia, no creo que alberguen la menor duda de "que no se les llama a votar para consultar sus razones, sino para hacerles entrar en razón." (1) En una razón nada razonable, que si no es obedecida "por las buenas" (austeridad, planes de ajuste, desregulaciones, flexi-seguridad, reformas laborales, privatizaciones, mayor competitividad etc.) no dudará en convencernos "por las malas": reprimiendo, desencadenando una nueva caza de brujas o echando mano de la pedagogía del millón de muertos ("la verdadera educación sobre la ciudadanía que hemos tenido hasta ahora. Básicamente la cosa consiste en que cada 30 ó 40 años se mata a casi todo el mundo y después se convocan elecciones. Esta forma de educar a la ciudadanía ha sido, hasta el momento, suficientemente eficaz para que los votantes eligieran como dios manda. Y así es como el capitalismo ha logrado ser compatible con la democracia durante periodos relativamente largos." (2))

Ahí estoy, constatando que el sistema capitalista no tiene cura, y que pueblos enteros siguen siendo asesinados, sometidos, desahuciados y humillados para proporcionarle nuevos estímulos, mientras se buscan paliativos para amortiguar la miseria material, vital y moral a la que nos está condenando al resto.

(1) Comprender Venezuela, pensar la democracia. El colapso moral de los intelectuales occidentales de Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero.
(2) Educación para la ciudadanía. Democracia, Capitalismo y Estado de Derecho de Pedro Fernández Liria, Luis Alegre Zahonero, Miguel Brieva y Carlos Fernández Liria.

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