12.6.11

Un cuento muy real

Un cuento muy real

Por Sara Plaza

En un impactante y desgarrador relato titulado Iraq, un cuento para niños, Santiago Alba Rico afirma: “a los niños nos los representamos siempre en racimos o a puñados, como los dátiles y como las canicas, una muchedumbre de vidas sueltas y duras naturalmente inclinadas a amontonarse o, como decía el poeta Caeiro (1) de un rebaño, «mucha cosa feliz al mismo tiempo desparramada por toda la ladera» [...] Hace falta aislar a los niños, contemplarlos uno a uno, para que la infancia nos parezca frágil, sospechosa o trágica. [...] «Niño», lo hemos dicho, no se puede declinar en singular; no se puede aprehender por unidades, salvo antes de perderlas”.

Además de hacerme pensar en cómo nos representamos a los niños en la vida, el texto de Alba rico me invitó a reflexionar sobre cómo nos los representamos a través de la escritura y también, y mucho, sobre eso de la felicidad. Repasando algunos personajes infantiles de la literatura, yo no sé si se sintió especialmente feliz aquel muchacho de siete años que logró arreglar el mundo después de arreglar al hombre y dar vuelta a la hoja, según nos contó Gabriel García Márquez, ni cuánto le duró la felicidad a la jovencita que se fue más allá de la luna a cortar una estrella, bajo la mirada atenta de Rubén Darío. Desde luego me cuesta percibir la sonrisa del pequeño príncipe que observó cómo se quedaba dormido el cordero que acababan de dibujarle dentro de una caja, pero sí puedo imaginarme contentos a los niños que aprendieron geografía con el mapa que hallaron en la caracola que les regaló Federico García Lorca. También a los que acompañaron por el mundo del revés a María Elena Walsh, a los que botaron sus barcos junto a Mario Benedetti cuando un charco era un océano, a los que acurrucados al lado de Pedro Salinas adivinaron que lo que el viento canta en los árboles tiene sonsón de nanita, y a quienes conocieron la alegría de dar vueltas sobre un corcel colorado con Antonio Machado.

Sin embargo dudo que tengan motivo para el entusiasmo los que se hayan asomado a la ventana y visto el mundo patas arriba de la mano de Eduardo Galeano, y no creo que a Fins, Brinco y Leda que crecieron, como Manuel Rivas, descubriendo lo que arrojaba el mar a sus costas, les gustara averiguar que todo es silencio “si no vemos lo que hay que mirar y no decimos lo que hay que decir”.

Quienes seguro que jamás atisbaron de qué iba eso de la felicidad fueron los niños de los que nos habló Griselda Gambaro: pequeños bultos que ocupaban las camas del dormitorio común del patronato al que fue llevada Cledy, la cual enseguida comprobó que no estaban vacías porque ojos, sí, había, muy grandes, tan profundos que se pegaban a las nucas.

Alba Rico no encontró algo muy distinto en los hospitales infantiles iraquíes, pues según nos dice: “[a] los niños iraquíes, por desgracia, hay que buscarlos también en los hospitales, donde la mirada los asiste y compadece —y la muerte los prende— uno por uno. [...] Los niños enfermos de leucemia del Hospital Central de Bagdad y del Hospital Pediátrico de Basora, víctimas del control remoto imperialista, se dejan mirar. Son cosas. Cositas bien extrañas. Porque menos que perturbarnos que nuestra mirada los cosifique, lo que nos horroriza es que estas cosas nos miren. Cuando el cuerpo, en efecto, ha sido rebañado hasta los huesos, cuando las fuerzas escurridas no son capaces de sostener ya la cabeza ni de abrir los labios, en medio de las ruinas, los ojos se mantienen todavía encendidos. Son ellos los que piden agua, una caricia, una explicación; y si miran asustados (tanto que da miedo) no es porque sepan que las estadísticas declaran que no hay para su mal posible curación; lo que les asusta —como algo para ellos más terrible que la muerte, como si fuéramos a reírnos de sus orejas o a mentar el nombre de su madre— lo que les asusta es que todos esos extraños que han entrado atropelladamente en su habitación les están mirando. [...] Los niños de los hospitales infantiles de Bagdad y Basora se dejan mirar y confieso que los he mirado; y —como sigo creyendo en los viejos mitos y leyendas— aún no estoy seguro de que no me haya pasado, de que no me vaya a pasar nada. Los he mirado y no puedo hacer otra cosa que decir que los he mirado; y quiero que se sepa que si me pasa algo, si me quedo ciego, si se me paralizan las piernas o me convierto de pronto en un extraño —un ciervo, como Acteón, o un anciano huraño— será por haberlos mirado.”

No son personajes de cuento los niños que el autor tuvo que ir a buscar a los hospitales iraquíes. Son quienes se mueren en ellos a consecuencia de las gravísimas decisiones que toman nuestros gobiernos para satisfacer inmorales intereses propios y ajenos no declarados pero de sobra conocidos. Y tampoco nosotros somos lectores sin más ante la tragedia de estos y otros muchos niños de todo el mundo. Estamos parados frente a la realidad y no podemos decir que no lo sabíamos o que no hemos visto nada, por lo mismo que no podemos negar lo que sucede aunque escojamos permanecer callados o volver la cabeza.

(1) Alberto Caeiro es uno de los heterónimos utilizados por el poeta portugués Fernando António Nogueira Pessoa (Lisboa, 1888- id., 1935), quien también firmó su obra como Ricardo Reis o Álvaro de Campos. El extracto mencionado por Alba Rico pertenece al poema O guardador de rebanhos.

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