21.6.11

Cruces de culturas, culturas bajo cruces

´Cruces de Culturas, Culturas bajo Cruces

Por Edgardo Civallero

Andaba abstraído —y boquiabierto, supongo— por aquel bosque de columnas que sustentaban un cielo de arcos de herradura pintados a bandas blancas y bermejas... Era imposible no perder la mirada en aquel exquisito diseño, en aquel equilibrado balance entre rectas y curvas... Era inevitable dejarse mecer por aquella luz tenue, que garantizaba un ambiente recogido, apropiado...

Hasta que, bajo una bellísima arcada de piedra tallada con filigranas, me encontré aquel crucifijo: un hombre clavado a una cruz clavada a una pared en la que no debería estar clavada, en la que desentonaba. Y fue allí cuando toda la belleza que me rodeaba se apagó.

Estaba en la Mezquita de la ciudad andaluza de Córdoba, descrita como uno de los templos musulmanes más hermosos del mundo. Durante la Alta Edad Media, fue el corazón de una villa que se llamaba Qurtuba, la cual a su vez lo era de todo un Califato gobernado por la dinastía Omeya. La Mezquita, finalizada en el siglo X, era un importante lugar de peregrinación para todo el Islam. Y la villa que la rodeaba, pujante y vigorosa, era, por aquellos años, uno de los centros urbanos más poblados del planeta, y uno de sus núcleos culturales más importantes. Contaba con unas 30 escuelas públicas (en donde estudiaban incluso los hijos de nobles cristianos del norte de España), y con una biblioteca que atesoraba 400.000 tomos, entre ellos buena parte del saber de la Antigüedad clásica que conocemos hoy, y que llegó a nuestras manos gracias a que se salvaguardaron en aquellos estantes.

En 1236, el rey de Castilla y León Fernando III, apodado "El Santo", "reconquistaba" Córdoba, lugar que sus lejanísimos antepasados visigodos habían perdido ante los árabes cinco siglos antes, cuando no era más que una villa romana venida a menos al caer en manos bárbaras.

La ciudad, que en tiempos del Califato había albergado a tres culturas —árabes, judíos sefardíes y cristianos mozárabes— conviviendo en paz, fue testigo del nacimiento de los ghettos llamados "judería" y "morería". Vio también como, unas pocas generaciones más tarde, ambos pueblos fueron expulsados de Andalucía. Vio como la sinagoga fue convertida en una ermita. Vio como su pretérito esplendor se apagó bajo las monolíticas y uniformes iglesias que rodearon la antigua medina para luego penetrar en el interior de las murallas. Y contempló, quizás horrorizada, cómo en el interior y en el mismo centro de su joya más valiosa, la Mezquita, se edificaba la Catedral cordobesa.

Hoy en día, se habla de Córdoba como de una ciudad que es "encrucijada de culturas". Yo sólo vi una ciudad de culturas crucificadas. Bellísima, pero aún así, terriblemente marcada por una sola forma de pensar, una sola etnia, una sola lengua y, sobre todo, una sola religión. Todo lo demás ha quedado reducido a un manojo de estampas deshilachadas, una serie de restos mantenidos en pie con fines turísticos. Quizás sean pintorescos para el visitante, pero seguramente serán imágenes dolorosas para los herederos de aquellas culturas expulsadas que hoy siguen visitando la ciudad e intentando encontrar migajas de lo que fue en algún rincón, en algún museo, en alguna tienda...

Conscientes de ello, muchas asociaciones culturales cordobesas se han puesto manos a la obra para convertir a su ciudad en el verdadero crisol de culturas que un día fue. Pero deberán luchar contra esas voces españolísimas que opinan que la Mezquita no vale nada comparada con la Catedral, por poner un caso. Las mismas que continúan diciendo que el Reino solo fue grande cuando se expulsó o se esclavizó a moros y judíos. Las voces del odio de esa España grande, católica y sola. O la de esa otra España ignorante y simplona, cuyo único argumento es el de "ellos también lo hicieron... (ergo, lo que hicimos nosotros no estuvo mal)".

Decía que andaba abstraído —y boquiabierto— por aquel bosque de columnas de Córdoba. Contaba que, bajo filigranas de piedra, me encontré un crucifijo. Confesaba que la belleza que me rodeaba se apagó en aquel momento, ante semejante aparición. Me di la vuelta para quitarme de encima la sombra y el peso de aquel símbolo (que recordaba, a todo el que quisiera recordar, que "todo esto ahora es nuestro"), y pude así continuar con mi paseo entre arcos e inscripciones cúficas, mientras pensaba, para mí, que a la postre maravillas del arte como aquella que recorría terminan convirtiéndose, a veces, en monumentos a la estupidez, la ignorancia, la brutalidad y la intolerancia del ser humano.

Fotografía de Edgardo Civallero.