23.5.11

#spanishrevolution

spanishrevolution

Por Edgardo Civallero

Muchos de los que abarrotaban ese espacio público, ese espacio de todos, jamás habían vivido algo así. Habían nacido en democracia: les habían metido ese concepto por cada uno de los poros de su piel. Y parecía impensable que se planteasen que algo en esa "democracia" por la que tan plácidamente transitaban mereciese ser criticado o cuestionado.

Quizás fuese porque, además de haber nacido en democracia, se habían criado dentro de un sistema que les grabó a fuego, desde que abrieron los ojos, cuáles eran los pasos a seguir en su vida, qué etapas debían quemar y cómo debían hacerlo, y cuáles eran los beneficios (muchos, muchísimos) de respetar ese patrón, por mucho libre albedrío que tuvieran que sacrificar en el proceso. Y, de paso, les enseñó a no quejarse, porque si se alzaba la voz se corría el riesgo de ser tachado de inconformista (uy, uy, uy) o de que todo el entramado se viniera abajo. ¡Y era tan bonito!

Ocurrió que los que manejaban los controles del sistema, que nunca fue justo en ninguna parte del mundo (aunque esos de los que hablo no lo vieran, porque en "su" parte del mundo el sistema les convenía... a pesar de todo), comenzaron a apretar tuercas y clavijas. Había que maximizar beneficios, y ello implicaba aumentar la producción y reducir los gastos. El desempleo subió, las hipotecas no eran tan fáciles de conseguir ni de pagar, los currículum más abultados no significaban nada a la hora de sobrevivir, los sistemas educativos comenzaron a deshacerse, los de salud también... El país de vida democrática y de bienestar en el que todos esos habían vivido se iba al carajo.

Fue entonces cuando algo se rompió.

Muchos llevaban quejándose desde siempre, denunciando las falencias de ese sistema supuestamente perfecto. Habían sido tomados por locos, porque... ¿cómo quejarse de un sistema y de un país en el cual parecía ser tan fácil tener todas las comodidades deseables? Sin embargo, cuando esas comodidades se hicieron difíciles de conseguir, muchos otros se unieron a esas filas disconformes. Y terminaron alzando la voz, justamente cuando los líderes políticos se desgañitaban anunciando sus candidaturas electorales: una demostración pública de desvergüenza de quienes habían mantenido por años una democracia falsa. Una especie de mofa retransmitida y amplificada por todos los canales de televisión.

Y así nació la "spanish revolution", un movimiento social de "indignados" que reclaman una "democracia real ya". Un movimiento que ha plantado tiendas en la céntrica Puerta del Sol de Madrid (y en muchas otras ciudades españolas) y que ha abierto espacios de discusión ciudadana en los que debatir, de igual a igual, qué se desea para el presente y para el futuro, cómo se quiere vivir, qué caminos merece la pena transitar y que puertas convendría cerrar para siempre.

Lo vi con mis propios ojos el pasado fin de semana, cuando viajamos a Madrid con mi compañera de bitácora para asistir, entre dubitativos y sonrientes, a aquella demostración popular de descontento, y, sobre todo, a aquel ejercicio de civismo. La organización del campamento era digna de elogio (y aún lo es); los mensajes de las pancartas, dignos de recuerdo y difusión. Las ruedas de debate entre los participantes eran ordenadas y llenas de opiniones basadas en un sentido común que, hasta el momento, parecía ausente del dominio público; los corrillos entre viandantes comentando cualquier asunto de la política y la sociedad, algo que parecía haber desaparecido de las calles españolas.

Desconozco si esta "indignación" expuesta en la Puerta del Sol es fruto de los recientes recortes al estado del bienestar realizados por los políticos españoles de todo signo (títeres de los mercados internacionales, auténticos amos del mundo) o si se trata de una posición meditada y mantenida como estilo de vida y de pensamiento. Ignoro si las movilizaciones, manifestaciones y protestas tendrán algún efecto real en el corrompido esquema político español, que dentro de nada privatizará educación, sanidad y transportes, mantendrá cifras de desempleo escalofriantes, descuidará sus recursos más valiosos y seguirá invirtiendo esfuerzo de forma populista para garantizarse votos y ganar la carrera al poder. Y, aunque suene mal decirlo, me importa muy poco. Dudo que una "revolución" de este tipo logre cambiar el estado de las cosas a corto o medio plazo: he visto esta película antes, en 2001 en Argentina, y me conozco el final (los recientes acontecimientos en Egipto y Túnez me refrescaron la memoria).

Lo único que sé –y lo único que me alegra haber visto- es que unas pocas personas (no todas, ni siquiera muchas) descubrieron (o recordaron) que son capaces de pensar por su cuenta. Que son capaces de decir palabras que el sistema no permite. Que hay más vida fuera de las fronteras y murallas mentales propias, construidas a través de los años gracias al miedo que el sistema nos mete en el cuerpo. Y que ese miedo es, precisamente, el que les impide enfrentarse al mundo tal y como es: un lugar que podría ser mejor si muchos dejaran de mirarse el ombligo y pensar en su bienestar y comenzaran a pensar un poco más en lo que nos conviene a todos. Y digo que me alegra haberlo visto porque significa que hay esperanzas de un mañana mejor, o, al menos, más consciente.

A todos aquellos que, desde hace más de una semana, están acampados en las agoras, las plazas públicas de las principales ciudades españolas; a todos los que los visitan; a todos los que se han unido a ellos más allá de las fronteras hispanas; a todos los que los han apoyado a través de la ubicua red de redes, vayan mis enhorabuenas por haber despertado, por haber abierto los ojos, haberse destapado los oídos y haber despegado los labios, sea cual sea la razón que los haya impulsado a hacerlo. Y un único deseo: que no los vuelvan a cerrar, por muchos regalos y dádivas que el sistema, el aparato político y los medios de comunicación masivos lo intenten hacer (y lo harán). Porque "democracia" significa "el gobierno del pueblo". Y un pueblo ciego, sordo y mudo no puede ejercer ese derecho a gobernar.

Mapa de la "indignación", en El País.
La Puerta del Sol en directo, en Público.
Una serie de dibujos sobre la acampada en Sol, en 4Ojos.

Fotografía de Sara Plaza.