9.5.11

En plena Edad Media

En plena Edad Media

Por Edgardo Civallero

Sucedió en el mes de abril del año de Nuestro Señor de dos mil e once. Reuniéronse reyes e reynas, e los sus hijos los príncipes e las princesas, e infantes e infantillas e demás miembros de las familias reales, junto con otros altos dignatarios de las naciones e reynos de las Europas. E fizieron venir desde tierras lexanas a emires de la Arabia, e xeques e sultanes, e otros monarcas e señores poderosos.

E juntáronse todos ellos e otras muchas grandes personas, fuertes figuras de la vida pública, en la capital de la Inglaterra, que es una de las partes del Reyno Unido de la Grande Bretaña. E allí, cerca de las sus colinas guardadas por castillos e fosos, do celebráranse las justas e las grandes batallas de antaño, casose el príncipe de aquella ínsula con una plebeya de la burguesía, moça bella, hija de familia rica e encumbrada, mas que no había sangre noble en las sus venas.

E matrimonio contrageron en la grande cathedral de la capital del reyno, de nombre Westminster, do los altos dignatarios de la Iglesia anglicana casáronlos en frente de todos los invitados a aquel grande e importante evento, que eran hartos e iban galantemente ataviados, cada qual a la usança de la su nación e tierra.

E tras la sagrada ceremonia desfilaron los novios en carroça rodeados de alabarderos con uniformes bordados e cascos brillantes, montados en buenos corceles, e pasaron bajo banderas e escudos ornados con leones rampantes, flores de lis e torres... E allí, los plebeyos, miles e miles dellos, ondearon banderillas e saludaron con harta algarabía a los que habíanse casado aquel día. E el príncipe e la su muger saludaron a su vez a sus gobernados, que en tal forma demostraban su inmenso amor hacia sus alteças.

E celebráronse banquetes solo para los nobles, en enormes salones del palacio real, e fiziéronse bailes, e brindises, e hubo harta comida e bebida. E en todo el mundo se habló de aquella jornada de fasto e fiesta, la qual, según se dezía, habían pagado los esposos de su propio pecunio, aunque ese pecunio era pagado por los plebeyos.

Fue en el mesmo quarto mes del año de dos mil e once quando una compañía de soldados e arcabuceros diestros en el oficio de despanzurrar moros sin piedad e quemar morerías hasta los cimientos fue enviada, con todos los ombres armados hasta los dientes e cexas, con hierros e pólvora, e cascos e guanteletes, a atacar el campamento de sus enemigos más amargos e matar al líder de aquesos rivales, ombre buscado e perseguido por diez años, y al que hasta entonces no habían podido trubar en parte alguna. E atacaron los tales fulanos el dicho campamento de noche, en silencio e por sorpresa, e mataron a todos allí, e trubaron al líder de los sus enemigos mortales, que estaba desarmado e sorprendido. E el infelice no alcanzó a dar con arma alguna con la que se defender, que en reconociéndolo, aquesos soldados cayeron sobre él e metiéronle una buena onça de plomo en la cabeza, e ansí matáronlo sin más.

E lleváronse el su cuerpo, para que sus amigos e deudos e seguidores no pudieran honrallo como debiéraden, según la su costumbre. E tiráronlo al mar lexos de la costa, en lugar do ninguna alma mortal pudiera encontrallo e recuperallo, do se lo comieran los peces e nadie pudiera erigir lápida, santuario o monumento do ir a recordar los sus hechos e proeças, las sus batallas ganadas e las sus ideas. E tornáronse los soldados de aquesta compañía a la su nación, e allí todos sus amigos e familiares rescibiéronlos entre vítores, dando vozes de "justicia, justicia" e celebrando la muerte de aquel al que dieran el mar por tumba. E en todo el mundo se habló de aquella jornada, e todos repitieron a una, como una sola persona, aquellas vozes de "justicia, justicia".

E ansí fue que todos aquellos faltos de seso e entendimiento llamaron "justicia" a lo que no era más que vengança suzia e muerte ruin.

E fue también en aquel abril del antedicho año quando en la Ciudad de Roma, corazón de la Cristiandad, hogar de la cabeça de la Sanctíssima e Benedictíssima Madre Iglesia Católica de Occidente, congregáronse todos los rebaños católicos para honrar la figura del anterior Pontífice, muerto hacía un tiempo e que todos querían ver convertido en Sancto.

E allí arribaron gentes de todos los rincones del mundo, cada uno con sus banderas e lemas, e todos en grupos e en familia, dando vozes de "sancto, sancto" e leyendo e coreando versículos de la Santa Biblia día e noche, noche e día, e ansí todo el tiempo, iluminándose con hachones e velas por las noches, e comiendo do pudiesen e durmiendo do pluguiesen por el día. E muchos ombres e mugeres adultos e añosos mesábanse los cabellos e lloraban a moco tendido en oyendo las historias del Padre Sancto, que tanto bien había hecho por el mundo e que había obrado milagros e curado a personas enfermas...

E en todo el mundo se habló de aquella jornada, e finalmente dieron título de Sancto a aquel ombre, aún quando fueron muchos los cristianos viejos que digeron que aquella era una alimaña que no merescía ni el recuerdo.

E aqueste escriba podería continuar anotando historias e más historias de aquestos tiempos que corren, que muy bien poderían ser otros tiempos de antaño. Que en viendo las cosas que ocurren, parescería que vivimos en la era de sus Magestades los Reyes Católicos, rodeados como estamos de príncipes e lacayos, mercenarios e asesinados, santos e orantes... Mas ninguno aquí paresce notallo. E aqueso es grandísimo problema. Porque si los tiempos avançan e los hombres no lo hacen con ellos... ¿para qué avançan, pues?