26.4.11

¿Qué me están contando?

¿Qué me están contando?

Por Edgardo Civallero

Si hay algo que me repatea el hígado (además de ciertas combinaciones alcohólicas que no practico desde una ya lejana juventud) son esas mentiras obvias y patentes que nos machacan a fuerza de bien para que, al final, creamos que son verdad.

A nivel universal (sí, sí, universal. ¿O no se han dado cuenta que, últimamente, cualquier fruslería es "histórica" y "planetaria"?), llevo dos docenas de meses oyendo que Barack Obama es un santo varón bajado directamente de los Cielos para salvar a la humanidad de sí misma y de su potencial auto-destructivo. Tanta y tan profunda ha sido la confianza depositada por el mundo en este arcángel viviente y su lema "Yes, we can", que se le concedió el Premio Nobel de la Paz por adelantado, por todas las cosas buenas que dijo que iba a hacer por este bendito planeta y por nosotros, sus habitantes.

Horas y horas de reportajes televisivos... Páginas y más páginas en periódicos, revistas y semanarios... Gigabytes de información almacenada en Internet, titilando en nuestros monitores... Todo ello, unido en una única loa a nuestro salvador.

Ocurre que uno, que no se considera especialmente inteligente ni particularmente avispado, pero que sí se reconoce a sí mismo como un bicho que apenas si se fía de su propia sombra, se preguntaba todo el tiempo: pero ¿qué me están contando?

Resultó que nuestro adorado Nobel de la Paz, héroe de camisetas y banderas, no se ha contentado con mantener las fuerzas de ocupación y masacre en Iraq y Afganistán. Además, y para que el negocio armamentístico marche viento en popa, nuestro hombre se ha plegado a una embestida militar contra el régimen de Gadafi en Libia (con la esperable bendición de la ONU, un organismo que, como diríamos en Argentina, "está pintado al crayón"), aunque todavía nadie tenga demasiado claro qué es lo que está ocurriendo en ese país, ni quiénes son esos "rebeldes" que piden protección mientras, armados hasta las patillas, disparan contra sus compatriotas. No estando satisfecho con eso, el amigo Barack colabora en cuanta reyerta se produzca en el planeta. Y, mientras se rasga las vestiduras (metafóricamente) por las violaciones de derechos humanos en Oriente Próximo, en Corea del Norte y en todos los demás países que no le caen bien (entiéndase "el 80% del globo"), mantiene activa la mayor abominación contra los tratados, leyes y derechos humanos internacionales desde los campos de concentración nazis: la prisión de Guantánamo, revelada justamente ayer como un centro de tortura a detenidos que, en gran parte de los casos, eran inocentes e inofensivos.

Una prisión, por cierto, que de acuerdo a una de las promesas electorales incumplidas del carismático Mr. Obama, debería estar cerrada hace rato.

Pasemos de lo "universal" a lo "mundial". Aunque sigamos hablando de arcángeles. Porque fue este mismo personaje, Barack Obama, el que aseguró, con su voz más seria y su retórica más cetrina, que las ganancias de los directivos de Wall Street —sí, esos que, con su natural avaricia, provocaron esta crisis económica tan sexy que todavía estamos disfrutando todos los comunes mortales— eran poco menos que obscenas. Eran una aberración, algo que no podía permitirse y que él mismo se iba a ocupar de eliminar. Iba a limpiar toda esa bazofia con sus propias manos. Oh, yeah...

Y todos aplaudían, y algunos aún continúan aplaudiendo. Porque había que tener los pantalones bien puestos y ser todo un gallo de riña para enfrentarse de aquella forma a los muchachos de Wall Street, que no suelen andarse con chiquitas cuando alguien, por muy Mr. President que sea, amenaza su (enorme y bien surtido) plato de frijoles. Pero se ve que el bueno de Obama tenía y tiene alma de sheriff, nomás. Y de super-estrella pop: con esas declaraciones consiguió que le dedicaran muchas más horas de pantalla y de aire, y litros de tinta, y kilos de papel, y muchísimos megas de almacenamiento en servidores de noticias...

Y uno, que no se cree en absoluto capacitado para entender los entresijos de la economía mundial, pero que sí comprende que billetes y monedas son los hilos que mueven a todos los títeres visibles de este mundo, se ha preguntado todo el tiempo: pero ¿qué me están contando?

Y me bastó ver un par de documentales made in USA —entre ellos el recientemente estrenado "Inside Job"— para tener entre mis manos la prueba palpable: los mismos que con un click mandaron a la papelera de reciclaje a la economía mundial (pero no sus economías personales), los que dejaron sin casa y sin trabajo a miles de inocentes (pero percibieron primas más que jugosas), los que hundieron organismos y entidades enteras a sabiendas de lo que hacían y engañaron a las personas que confiaron en ellos... son los que componen el gabinete de Barack Obama. Un presidente, por cierto, que ya es denominado "la marioneta de Wall Street" por una parte importante de la izquierda mundial.

En fin, saltemos de lo "mundial" a lo "regional". En Europa, hay economías (y gobiernos) que están cayendo como moscas. Primero fue Grecia, luego le tocó a Irlanda, y tras ello la ola arrasó Portugal. Seguramente después le llegará el turno a España (si es que se cumple la regla de los PIGS). Todo porque ciertos organismos internacionales, auto-denominados "agencias de calificación", decidieron —al mejor estilo de Nerón en las viejas películas de gladiadores y emperadores romanos— "bajarle el pulgar" a determinadas economías europeas.

Nadie se ha preguntado quiénes son esos señores, ni quién les ha dado el inmenso poder de, precisamente, bajar el pulgar, ni porqué se les presta tanta atención. Nadie se lo ha cuestionado, no. Ciegamente se habla de las valoraciones de esa gente, se les da bombo y amplificación, y los países y los gobiernos tiemblan cada vez que esas "agencias" deciden mover la regleta clasificatoria. Y los ministros y gabinetes rinden pleitesía a esos ignotos caballeros, y sacrifican el bienestar de su gente en los altares de los "mercados", para que estos no se encolericen y manden las siete plagas...

Y uno, que entiende muy poco de política internacional, pero que tiene muy claro quiénes son los que cortan el bacalao, se pregunta, atónito: pero ¿qué me están contando?

Y me bastó ver la película anteriormente citada ("Inside job") para enterarme de que esas mismas agencias fueron las causantes de la reciente debacle económica, y que, cuando fueron citadas para declarar bajo acusaciones muy severas, se lavaron la manos como don Pilatos y explicaron (o, mejor dicho, alegaron) que lo que ellas daban era solo "una opinión". Solo eso, "una opinión". La siguen dando, pero se ve que es bastante fuerte y bastante vinculante, porque cuando yo doy opiniones no tiemblan ni las margaritas del jardín.

De lo "regional" salto a lo "nacional". En España siguen cayendo palos y silencio sobre los que hablan de cultura libre, de licencias Creative Commons o de copyleft. Los artistas que empleamos esas herramientas o que proyectamos nuestro trabajo desde esa perspectiva literalmente no existimos: somos invisibles a los ojos de los medios y el público. Somos unos "fracasados" (puede ser, eso no lo discuto) y unos "alternativos" y, como tales, no merecemos la más mínima atención. O, como ocurrió con el reciente documental "Copiad, malditos", somos amigos de los "piratas" que quieren que "todo sea gratis", y, en consecuencia, sí que merecemos atención: la de la policía y los jueces.

Los "lobbies" de la industria cultural nos meten a todos en el mismo saco, a su conveniencia: todo aquello que no vaya en la dirección que ellos inculcan y que les beneficia monetariamente es una "subcultura del robo a los autores y a las compañías" que lo único que logran, con sus propuestas revolucionarias, es que las empresas culturales cierren, que los empleados de tales empresas se estén quedando sin trabajo, y que muchos sectores culturales españoles estén en bancarrota.

Y uno, que conoce muy bien el entramado porque es músico, es escritor, es académico y bibliotecario, y ha apoyado el Open Access, y ha publicado con Creative Commons, y sabe muy bien cómo funcionan las tripas del monstruo editorial, se pregunta, en el colmo del asco y del asombro: pero ¿qué me están contando?

Y se queda callado, porque explicar las cosas es inútil: hay demasiados zánganos, moscones, tábanos y sanguijuelas intermediarias interesadas en que las cosas no cambien, en que todo siga igual, y en que las nuevas tecnologías se usen, sí, pero hasta donde ellos decidan. Ni un paso más allá, por favor, no vaya a ser que se les derrumbe el castillo de naipes...

En fin... Si hay algo que me sigue repateando el hígado, a pesar de que ya cargo unos cuantos años a cuestas y debería estar curado de espanto, son las mentiras que se repiten mil y una veces para que, después de cierto tiempo, nos parezcan verdades.

Y supongo que me sigue afectando tanto porque, tras todos estos años de ver mentirosos engañándonos con su cara más dura, y de verlos burlarse de nosotros en el mismo momento en el que estaban hundiéndonos hasta el cuello en la mierda, no he visto que nadie pagara por sus errores. Todos se han marchado libres, ricos y limpios, riéndose de nosotros, los pobres diablos que, además de haber tenido que soportar sus mentiras y los efectos de las mismas, siempre hemos tenido que pagar los platos rotos.

Dudo que esto vaya a cambiar. Supongo que antes, mucho antes, mi pobre hígado terminará reventando. Y yo con él.