11.4.11

El reclamo

El reclamo

Cuento

Por Edgardo Civallero

Los manuales, diccionarios y obras sobre seres mágicos que llenan las bibliotecas y las librerías de los hombres han enumerado, con lujo de detalles, un sinfín de monstruos, duendes, hadas y otras entidades más o menos mitológicas que pueblan los más dispares rincones de este planeta.

Pero nunca han hablado de nosotros.

Y este hecho es curioso, porque convivimos con los hombres desde siempre.

Los vimos alzarse sobre sus dos piernas, cuando no eran sino una más de las tantas bestias que intentaban sobrevivir en un mundo hostil. Los escuchamos mascullar y gruñir sus primeras palabras en lenguajes ya perdidos que quizás no merecerían llamarse siquiera «lenguajes». Los ayudamos a encender su primer fuego, y disfrutamos de su asombro infantil al enfrentarse a la luz y el calor de las llamas. Los acompañamos en sus primeros viajes, en donde entendieron que pisaban un mundo que excedía los límites de su mente. Los vimos batallar unos contra otros, inaugurando los intrincados caminos del odio y la violencia. Y estuvimos en los lugares en los que depositaron en el seno de la tierra la primera semilla de trigo y el primer cadáver. Fue entonces cuando se encontraron cara a cara con los inevitables ciclos de la vida y de la muerte.

En todo momento estuvimos a su lado. Nos regocijamos con sus alegrías y lloramos junto a ellos sus penas, los consolamos con nuestras caricias y secamos sus lágrimas. Les enseñamos a cantar y a hacer música, a soñar y a superar las fronteras. Y compartimos muchos de sus espacios, o, al menos, esos que ellos nos permitieron compartir: los de trabajo, los de festejo, los de aventuras...

Aunque pocas veces han querido dejarnos entrar a sus lugares más íntimos. De hecho, inventaron mil y una triquiñuelas para dejarnos fuera de ellos e impedirnos el paso, argumentando que éramos molestos. Sólo nos franquean la entrada cuando a ellos les interesa.

Hemos tenido, pues, una relación profunda con los humanos. Una relación cotidiana, podría decirse, que por parte de ellos fluctúa entre el amor, el odio y la indiferencia. Nosotros no nos hemos preocupado mucho por ese hecho: los sentimientos variables y encontrados son un rasgo innato de los hombres. Curiosamente, lejos de aceptar esa actitud tan oscilante como una característica propia de su especie, se han empeñado en atribuírnosla a nosotros. Pero tampoco nos preocupamos por ello: sabemos de la costumbre humana de echar la culpa de todos sus males al vecino y de proyectar sus falencias en el otro, sea quien sea.

Sabemos también que los hombres son desatentos, olvidadizos, volubles e interesados. A pesar de todo, nos mantenemos a su lado. Los conocemos demasiado bien como para esperar de ellos algo más que sus posturas habituales. En ocasiones han surgido conflictos entre nosotros: nuestra ira ante sus actos ha superado nuestra paciencia, y los hemos atacado. Pero, en líneas generales, disculpamos sus errores porque entendemos que nosotros tampoco somos perfectos.

Solemos perdonar, pero no olvidamos. Ellos tampoco.

En favor de los hombres, debemos señalar que nos han nombrado en canciones, en refranes, en muchas de sus historias y hasta en algunas leyendas. Entre las primeras palabras de sus idiomas siempre idearon al menos un término para designarnos. Algo lógico, si se lo piensa bien: siempre hemos estado presentes en sus vidas. Han bautizado con nuestro nombre a muchísimos de los accidentes geográficos que jalonan sus territorios y a varios elementos de su vida diaria. Nos han incluido en no pocas de sus metáforas literarias y se han aprovechado de nuestro poder a lo largo de los siglos.

En su contra, podemos decir que pocas veces alaban nuestras virtudes y siempre condenan nuestros defectos, o lo que ellos, a su conveniencia, consideran tales. Jamás nos han agradecido nuestra ayuda: se han aprovechado de nosotros sin devolver nada a cambio, ni siquiera una sonrisa. Y, sobre todo, siguen considerándonos «entes» sin vida palpable. Quizás sea por eso que no nos incluyen en sus libros sobre formas maravillosas y legendarias, por más que lo seamos desde que el tiempo es tiempo y la tierra es tierra. O tal vez desde antes.

Somos seres mágicos. Lo somos sin ninguna duda.

Tenemos voluntad propia y conciencia de estar vivos. Tenemos capacidad para discernir y para tomar decisiones. Somos independientes y libres. Somos únicos, y nuestros poderes exceden con creces los de un elfo, una bruja o un ogro. Negar nuestra presencia es como negar la de un río o la de una mariposa. Pasar por alto la magia que nos habita y aceptar sin dudas la de un gnomo nos parece ridículo. Afirmar que no llevamos en nuestro interior el soplo de la vida es una falacia. Pero los hombres se empeñan en seguir ignorando todos estos hechos irrefutables.

En resumen, siguen considerándonos como «algo» carente de rasgos maravillosos, y nos reducen a la categoría de simple «fenómeno» que puede ser usado cuando lo desean en su propio beneficio, y olvidado luego. Como ocurre con tantos otros «fenómenos» que llenan su universo.

Es triste llegar a estas conclusiones tras una trayectoria común tan larga y después de una relación tan constante, a pesar de lo conflictiva que haya podido ser.

Quizás no lo sepan, pero nosotros, como ellos, también nacemos. Sí, nacemos en algún momento, y en algún otro desaparecemos. En eso no nos diferenciamos de ningún otro ser vivo. Porque estamos vivos, aunque todos se resistan a admitirlo.

Somos hijos de la tierra, esa que sustenta toda la vida de este mundo. Dependiendo del lugar en el que veamos la luz del sol por primera vez, tendremos unas características, una forma y un perfil determinados. Igual que los hombres. Como ocurre con ellos, nosotros también tenemos razas. Nuestros hermanos montañeses son bien distintos de nuestros parientes del mar, y los que nacen en la selva son radicalmente diferentes de aquellos que lo hacen en el desierto.

Y, al igual que los seres humanos, poblamos todos los rincones de la tierra, incluso algunos en los que ellos han decidido no vivir.

Desde que nacemos tenemos la capacidad de convertirnos en otra cosa. ¿No es eso algo mágico? Podemos cambiar de estado físico cada vez que queremos: ser líquidos como la lluvia o duros como el hielo, ligeros e invisibles como el aire u oscuros como el humo de las fogatas. Todo eso podemos ser, y más aún. Nuestra piel puede ser cálida y nuestros abrazos, asfixiantes, pero también puede ser increíblemente fría y congelar lo que toque.

Podemos ver sin ser vistos y escuchar sin ser escuchados. ¿No es extraordinario? Nuestros pasos y nuestros movimientos pueden ser tan silenciosos que ni siquiera el animal más sagaz podría notarlos, y nuestros cuerpos pueden volverse invisibles e intangibles. Pero, al mismo tiempo, y gracias a nuestra capacidad de transformación, podemos ser sentidos: a veces como música, otras veces como mero ruido. A veces las que se perciben son nuestras caricias, y otras, nuestros golpes.

Podemos movernos muy rápido, más rápido aún que los más veloces caballos, o quedarnos quietos, tan quietos que parece que hemos desaparecido. Nuestras pieles pueden asumir los más variados e inimaginables colores, texturas y grosores. Podemos confundirnos con el medio que atravesamos y mimetizarnos con él: cubrirnos de hojas, o de arena, o de hierba, o de diminutas gotitas de agua... ¿Cuántos otros seres mágicos pueden equipararse a nosotros?

Los hombres nos sienten a veces, y se dan cuenta de que estamos allí, junto a ellos. Otras no nos reconocen, y atribuyen nuestros roces, el ruido de nuestros pasos o nuestras propias voces a fantasmas.

Pero se equivocan: no somos fantasmas.

Confunden nuestras voces, sí, porque hablamos. A veces nos llevamos con nosotros todas las palabras de todas las lenguas humanas y nos limitamos a repetirlas entre nosotros o en la soledad de nuestros refugios. Y jugamos con ellas, y las mezclamos para ver como suenan de otra forma.

Más allá de repetir lo que dicen, hablan o cuentan los humanos, tenemos nuestro propio idioma. Los hombres lo calificarían de silbos, susurros y rugidos, y eso demuestra que no nos conocen bien ni nos entienden. Esos silbos, esos susurros y esos rugidos son sólo expresiones de nuestros estados de ánimo: alegres, tristes o furiosos. Pues, como los humanos, tenemos nuestro humor y nuestro carácter.

Pero tenemos, además, nuestras palabras, nuestras frases, nuestras preguntas y exclamaciones, nuestras canciones e historias. A veces las dejamos en los oídos de aquellos que han aprendido a escucharnos y a entendernos: ciertos niños, algunos viejos olvidados en los bancos de las plazas, las lavanderas de los arroyos y un puñado de artistas que todavía se preocupan en hallar algo nuevo para inspirar lo que hacen.

No hay diccionarios humanos que describan nuestro idioma, aunque los hay que recogen las supuestas voces de otras entidades de leyenda, sus imaginarios decires y sus hipotéticas costumbres.

De nosotros poco se conoce, a pesar de que muchos hombres crean saberlo todo.

No somos seres imaginarios. Somos muy reales.

Sabemos leer y escribir. Y eso es algo de lo que no todos los humanos pueden vanagloriarse. Desciframos las rugosidades de las cortezas de los árboles, que nos cuentan relatos del bosque, o las grietas de las piedras, que nos narran las sagas míticas de las montañas nevadas. Y escribimos: grabamos efímeras inscripciones en nuestra lengua sobre los arenales, sobre el lomo verde de las praderas o en el espejo de alguna laguna. A veces las anotamos jugando con el humo de los hogares de los hombres, aunque duran muy poco y enseguida se desvanecen.

Por naturaleza, somos viajeros nómadas. Generalmente vivimos en una región determinada, aquella en la que nacemos y a la que estamos mejor adaptados. Pero nos gusta mucho movernos: es casi una necesidad. Si no lo hacemos, no seríamos nosotros. Seríamos cualquier otra cosa. Y esa idea no nos gusta.

A veces nos enamoramos de los lugares por los que pasamos, y allí nos quedamos un largo rato. Pues también nos enamoramos. Al fin y al cabo, estamos vivos, aunque todos se empeñen en afirmar que no.

Y trabajamos. Trabajamos mucho. Generalmente nos limitamos a hacer aquello que nos gusta: pasear, revolver, investigar, aprender, jugar y hacer travesuras. Sin embargo, buena parte de nuestro tiempo lo dedicamos a ayudar a los humanos, a pesar de que ellos, como hemos dicho, ni siquiera se molestan en agradecerlo. Los acompañamos en sus tareas diarias, en sus entretenimientos, e incluso realizamos las tareas que dejan conscientemente en nuestras manos.

Pero luego se olvidan de nosotros. Y nos critican, y nos atacan, y nos ponen barreras para mantenernos alejados, y nos odian cuando, en nuestros viajes nómadas o en nuestras actividades diarias, hacemos algo que no es de su agrado. Se muestran desagradecidos, olvidan nuestros favores y nos condenan como si fuéramos lo peor del universo.

Creemos que es hora de que los hombres nos incluyan en sus manuales, diccionarios y obras sobre seres mágicos. Pensamos que es momento de que nos reconozcan como lo que somos: entidades maravillosas y poderosas que caminan día a día a su lado.

Tras tantos siglos de historia compartida, necesitamos que, por una vez, nos lancen un guiño cómplice y nos hagan saber que, en el fondo, nos aprecian, o nos admiran, o al menos se alegran de que estemos entre ellos.

Pueden incluirnos con el nombre que quieran. Nos han dado miles, y todos ellos nos gustan.

Nos llamaron vítr, tuul, gwint y haize.

Nos bautizaron como kürrüf, szél, angin y wiatr.

Nos dijeron era, upepo, hangin, gió o kaze.

Pueden usar el término que deseen. Lo único que queremos es estar presentes en esos libros.

Es muy sencillo. Sólo deben anotar una sola palabra.

«Viento».