1.3.11

Nuevas tecnologías: la falsa panacea

Nuevas tecnologías: la falsa panacea

Por Edgardo Civallero

Criticar las nuevas tecnologías de la comunicación y la información sería, por mi parte, como escupir al cielo o tirar piedras sobre mi tejado: sin ellas, sin su conocimiento y uso, no estaría llegando a ustedes, y ustedes no me estarían leyendo.

Pero una cosa es emplear esas tecnologías como herramientas cotidianas que nos permiten trabajar, comunicarnos, entretenernos o intercambiar información, y otra muy, muy distinta es creer (y afirmar sin tapujos) que esas mismas herramientas están cambiando el mundo. Literalmente.

Antes de que más de uno de mis improbables lectores proceda a echárseme sin remedio a la yugular, pediré permiso para explicarme.

En los últimos años he asistido, asombrado y positivamente alborotado, al surgimiento de una serie de aparatos, programas y utilidades que, a nivel personal, me permitieron llevar a cabo proyectos y actividades que hasta entonces habían sido solo un sueño (o un delirio). Desde tener mi propio estudio de grabación en casa hasta publicar y difundir mis libros digitales, estar en contacto con gente de todo el mundo, sacar 300 fotos sin gastar un céntimo (¡y retocarlas sin necesidad de cuarto oscuro!) o trabajar sin moverme de mi escritorio, haciendo llegar mis tareas a los cuatro rincones del planeta en cuestión de segundos, todo era un milagro tras otro: el milagro de la producción de contenidos, de su auto-edición, del contacto veloz en varios idiomas con los cinco continentes, de la difusión masiva...

Una maravilla tras otra. Hasta que, hace poco, empecé a notar que algo crujía en mi interior.

De un día para otro, noté como un documental (o incluso un cortometraje) podía grabarse con la "cámara de video" de un teléfono móvil.

(Pongo ese nombre entre comillas porque reconocerán conmigo que, si bien los teléfonos móviles/celulares de hoy en día son tremendamente avanzados, sus cámaras de foto/video no resisten la comparación con un aparato específicamente diseñado para tal fin. Y no, no me vengan con el "todo vale"...)

Lo peor es que esos filmes los podía hacer cualquier hijo de buen vecino: no hacía falta tener experiencia previa, ni haber pasado por una escuela de cine. Ni siquiera hacía falta tener un mínimo de buen gusto, a tenor de los ejemplos que tuve la oportunidad de "apreciar"...

Lo mismo podía decirse de las noticias: bastaba un teléfono celular en la mano en el sitio oportuno o el momento indicado para que un fulano o una mengana incapaz de hilvanar tres frases seguidas con sentido se convirtiera en periodista, sacando fotos o filmando. Tampoco hacía falta tener los años de formación requeridos, ni la experiencia... Ni siquiera hacía falta el buen juicio o el sentido común que debería ser necesario para semejante tarea...

De pronto, noté como algunos programas de TV comenzaban a alimentarse de los materiales que les hacían llegar sus espectadores (que, por supuesto, no agregaban ni contenidos, ni opinión, ni análisis, ni explicaciones....). Los periódicos dejaban de estar compuestos por columnas diarias y se convertían en una serie de blogs en donde se habilitaban los comentarios de todo tipo de usuarios, incluyendo trolls y spammers (lo cual permitía la participación, claro, pero no agregaba contenidos válidos o interesantes). Escritores, músicos, gente del mundo del espectáculo e incluso políticos abrían cuentas en Twitter en donde, con tal de decir algo todos los días para estar "en el candelero", apuntaban las mayores barrabasadas que pudieran escribirse con 140 caracteres. Las bibliotecas, las ONGs, los organismos culturales y muchas asociaciones dejaban de prestar atención a sus sitios web y a sus correos y pasaban a concentrarse en Facebook, en donde todo el mundo parece saber todo sobre sus contactos, aunque en realidad no sepa nada... Llegué a oír decir a algunas bibliotecarias y trabajadoras de la cultura que no hacía falta estudiar una carrera, si con un buen dominio de Facebook y Twitter se hacía todo...

Todo se convirtió en "2.0". Periodismo 2.0, cine 2.0, noticias 2.0, fotografía 2.0, educación 2.0, información 2.0... De pronto, de un día para otro, un manojo de imágenes desconexas acompañadas de cuatro o cinco frases no contrastadas ni explicadas comenzó a ser "información" (cuando antes, "información" eran datos elaborados, explicados, comentados, acompañados con otros materiales que complementaran los significados). De pronto, hacer ruido comenzó a ser "comunicación". De pronto todo vale y todos podemos hacer todo...

Quizás me esté volviendo viejo. Quizás al ser un "no-nativo-digital", haya cosas que me cueste comprender. Me cuesta entender por qué las noticias no nos las transmiten gente con cultura, imparcialidad, buen juicio y saber hacer, en lugar de los tres improvisados payasos 2.0 al servicio de los poderes de turno que tenemos ahora. Me cuesta entender por qué el 80% de los contenidos de los periódicos online actuales son comentarios de descerebrados y cobardes 2.0 que se escudan en anónimos y apodos raros para insultar, insultar e insultar, y por qué el 50% de los contenidos de los periódicos en papel son basura mal redactada y peor hilvanada. Me cuesta entender por qué un documental, un reportaje, o un cortometraje no se pueden hacer como se debe: utilizando la herramienta que se desee (teléfonos móviles incluidos), pero con conocimiento de lo que se hace. Me cuesta entender por qué la gente ha dejado de escribirse mails (ya ni hablar de cartas en papel) para mantener el contacto con sus amigos y seres queridos, y por qué ahora la amistad 2.0 es ver las cuentas de Facebook de los demás y enterarse de lo que hacen, sueñan o quieren por lo que decidan contar en esas páginas, y agregar un "Me gusta" o un comentario de 10 palabras... Me cuesta entender por qué tengo que tuitear si quiero ser visible, conocido o tenido en cuenta: ¿es qué con mi viejo blog (todo un avance hace 6 años) no basta y sobra para decir y compartir lo que quiera?

Y es entonces cuando, para remachar el clavo 2.0 que tengo enterrado en la nuca, me "entero" (¿!?) de que son las redes sociales las que ahora mismo están iniciando las rebeliones en el mundo árabe. No, no son las manipulaciones de las grandes potencias, ni los intereses de un puñado de sabandijas con poder, ni los tejemanejes de unos cuantos empresarios con sed de petróleo las que, astutamente, han empujado a los desposeídos del norte de África a alzarse contra los tiranos (que recién ahora, oh sorpresa, son descubiertos como tales por la prensa "civilizada"): fueron las redes sociales.

En fin, seguramente me estoy volviendo viejo. Un viejo 2.0, eso sí, que cree en el uso justo y oportuno de las nuevas tecnologías. Pero un viejo, al fin y al cabo.