8.3.11

La alegría por bandera

La alegría por bandera

Por Sara Plaza

Recientemente he leído un par de artículos sobre Educación en The Guardian que me pintaron un sonrisón de oreja a oreja. El del día 28 de febrero mencionaba un proyecto con perros adiestrados para escuchar a los más pequeños mientras aprenden a leer. Es una experiencia piloto en Kent, pero parte de un programa norteamericano denominado Reading Education Assistance Dogs (R.E.A.D, algo así como perros que colaboran en la enseñanza de la lectura). Dichos perros, normalmente galgos porque no ladran y porque tienen el pelo corto para evitar alergias, acuden junto a sus cuidadores a escuelas y bibliotecas para escuchar las historias que los niños les van contando despacito pues recién están aprendiendo a leer. Algunos de esos pequeños incluso les muestran los dibujos que aparecen en los libros y se sienten muy a gusto con un público tan especial a su lado, que no los critica ni se ríe de ellos cada vez que pronuncian algo de manera equivocada. Además el dueño del perro les cuenta que cuando éste se queda dormido es porque está soñando con la historia que acaba de escuchar, con lo cual los niños se ponen todavía más contentos. Los jóvenes lectores van ganando confianza en su ardua tarea casi sin darse cuenta y parece ser que en muchos casos los resultados son excelentes.

Al concluir mi lectura me di prisa en enviar la nota a un estupendo maestro de Educación Primaria (desde 6 a los 12 años en España), que a su vez corrió a comentarla con sus alumnos al día siguiente. Parece ser que le llovieron voluntarios para llevar a sus perros a clase -advirtiéndole, eso sí, que no eran galgos y aclarándole a continuación que no importaba porque ninguno de ellos tenía alergia- para que escuchasen leer a un compañero al que todos sabían que le estaba costando mucho aprender. Ni que decir tiene que tanto mi compañero como yo sospechamos que desde ese día el alumno que no le lee a su perro le lee a su gato y el que no a su hámster, pues la biblioteca de su aula se ha quedado prácticamente sin existencias.

Lo curioso es que a la mañana siguiente el mismo diario traía otra noticia de lo más simpática sobre la escuela que les gustaría a los niños en Gran Bretaña. Entre los comentarios de los protagonistas de la encuesta hay algunas ideas bárbaras.

Sophie Houghton-Hinks de doce años opina que su escuela favorita tendría colores brillantes y hippies en todas las paredes y en el techo, y que la alfombra estaría tan mullida y tan limpia que cualquiera podría echarse a dormir sobre ella. Dice que los alumnos no tendrían que sentarse en sillas duras y baratas porque estaría permitido sentarse en esos saquitos tan confortables llenos de bolitas que adoptan la forma del que se sienta. Añade que en cada clase habría una fuente, que no se permitiría más el aburrido y gastado color crema de las paredes y que tendrían cúpulas de cristal. Por último manifiesta que en los pasillos los propios alumnos habrían pintado las paredes con los colores del arco iris.

Joseph Paskiewicz de once años es de la opinión de que el gran problema de la escuela de hoy en día es que le faltan deportes competitivos, pero que eso tiene fácil solución. Considera que está más que demostrado que sus actuales entrenadores no son lo suficientemente buenos y él propone que sean las grandes estrellas del deporte como Michael Phelps y Usain Bolt las que vayan a la escuela y les pongan de nuevo en forma. Además sugiere que los alumnos deberían asistir a los partidos de fútbol y a las olimpiadas para ver a los mejores entrenadores haciendo su trabajo y aprender de ellos.

Telmo de diez años dice que a él le encantaría tener una escuela voladora. Así, si por ejemplo estaban aprendiendo sobre la India, irían volando hasta allí y le preguntarían cosas a la gente.

Bruno de diez años cree que habría que invitar a las grandes celebridades a la escuela para que les enseñasen sus talentos.

Maya con seis años prefiere que quienes acudan a la escuela sean los perros cada vez que necesiten un amigo.

Ethan Carrick de nueve años considera que uno se concentra mucho mejor cuando respira aire fresco, que tendría que haber en equipo de fútbol escolar por cada curso para que nadie se quedase fuera, y que cada curso debería tener suficientes sillas colocadas en forma de asamblea para que nadie tuviese que sentarse en el frío suelo. Por último añade que todos los alumnos se sentirían mucho más felices si pudieran elegir llevar o no uniforme a la escuela.

Ravi Shah de diez años opina que la escuela debería proveerles con iPads que les permitiesen hacer casi cualquier cosa de manera interactiva, y que podrían utilizarlos como libros y como portátiles, y también convertirse en una herramienta estupenda de socialización al poderse escribir y enviar correos electrónicos con otros chicos y chicas.

Michaele Anning de once años tendría una granja en la escuela para que todos los niños pudiesen cuidar de los animales. Dice que podrían ordeñar a las vacas para conseguir la leche que beben en el comedor, e incluso podrían prepararse huevos revueltos si los pollos ponían huevos. Cree que los animales de la granja podrían tranquilizar a personas enojadas o descontentas y que cuidar animales ayudaría a que los niños estuviesen más tranquilos y respetasen más a los animales. Opina que ese trabajo en la granja proporcionaría ejercicio físico a los alumnos y los ayudaría a estar en forma. Al final aclara que su escuela les enseñaría valores que les servirían en la vida.

Eleanor Randall de diez años enumera sus ideas de la siguiente manera: los alumnos deberían preparar paquetes de bienvenida para los nuevos alumnos tal y como lo hace la propia escuela, ya que los niños pensamos distinto de los adultos sobre lo que es la escuela. Debería haber un día sin uniforme al año en todas las escuelas de Gran Bretaña para que pudiésemos celebrar una fiesta temática sobre una cultura diferente cada vez y disfrutar de las distintas maneras que hay de vivir en el mundo. Eso sería divertido. Las escuelas de toda Europa deberían estar conectadas a través de Internet para que pudiésemos hacer amigos de distintos países europeos y crear un sentimiento de familia europea. Así las personas no estarían tan enfadadas con los demás pues tendrían amigos con hijos de otras partes de Europa. Eso también ayudaría a aprender idiomas. Y las escuelas deberían tener al menos un manzano cada una.

Karamveer Kour elabora la siguiente lista: mi escuela soñada tendría una piscina con delfines, un spa, pista de karting, prácticas de caída libre, una cúpula de cristal para mirar hacia fuera, una fuente de zumo/jugo, iPads conectados en cada mesa, luces más tenues, una sala de cine para que podamos grabar nosotros, una pista de obstáculos tipo "Total Wipeout", y millones de cojines.

Josh Abraham de 8 años dice que su escuela tendría los siguientes ingredientes: una tonelada de una escuela fabulosa, un pellizco de amistad, 100% de buenas maneras, 10 lbs de caras sonrientes, 20 litros de maestros excelentes, 99 ml de buenos alumnos, 9 gr de juego limpio y una taza de clubs excepcionales.

Kathryn Lagan de 12 años afirma que le gustaría una escuela donde todo el mundo fuese igual, donde todo el mundo fuese respetado y donde todas las voces fuesen escuchadas.

¿Qué tal preguntar a los alumnos y a los lectores, por su escuela o su biblioteca soñada en la próxima oportunidad que se nos presente? Las respuestas prometen, cuanto menos,grandes dosis de buen humor y éste, en los tiempos que corren, es un bien escaso, así es que no desperdiciemos la ocasión de sonreírnos ni de intentar llevar a cabo alguna de esas propuestas. Si se trataba de soñar, soñemos todos juntos.

"The school I’d like: Bring dogs to school in case we need a friend", by Dea Birkett. The Guardian online 01/03/2011
"The dogs who listen to children reading", by Patrick Barkham. The Guardian online 28/02/2011

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