29.3.11

Democracia a la española

Democracia a la española

Por Edgardo Civallero

Dicen que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. Yo creo que tal afirmación es una mentira. Se trata de una mera propaganda destinada a que nos la traguemos, la asimilemos y la terminemos creyendo: "Yo me merezco la mierda de gobierno que tengo... porque no soy más que otra mierda". Pero siempre es posible tomar decisiones y cambiar las cosas. Por difícil que parezca.

Vivo en un país en el cual la democracia, una palabra cacareada y publicitada en cada página, discurso y minuto de emisión con el que nos bombardean, se va descomponiendo a pasos agigantados. "Democracia" es un concepto deslucido por tanto manoseo, y deformado por el paso de los años y los malos usos de los aprovechadores, los oportunistas y los demagogos.

Vivo en un lugar que soportó una dictadura de 35 años, instaurada tras un golpe de estado a una autoridad republicana elegida en las urnas y una guerra civil que desangró esta tierra y enfrentó a hermanos contra hermanos. Tales eventos desgraciados dejaron un saldo de miles de desaparecidos aún enterrados en cunetas y fosas comunes a día de hoy; de monumentos a los golpistas, los dictadores y los asesinos muertos; de asesinos de esa época todavía vivos, que no solo caminan tranquila y orgullosamente por las calles, sino que detentan influyentes cargos políticos; de niños robados, ejecuciones sumarias, torturas, destierro, y descarados robos a los vencidos.... Pero, como decía Serrat, "que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca". Los ejecutados no pueden desenterrarse de sus anónimas y forzadas tumbas; los grandes monumentos al dolor y la humillación de los perdedores siguen en pie, intocables... y a los pocos que se les ocurre remover el pasado les cae la denuncia (y la condena, y el escarnio) de asociaciones "civiles" que no son más que herederas ideológicas de la dictadura que aún hoy cultivan el más puro fascismo.

Eso sí: a la hora de hablar de tortura y desaparecidos, siempre se exhiben los pintorescos casos de Argentina, de Chile o de Guatemala... Aquí, de acuerdo a muchos dirigentes "democráticos", no hay nada que revisar, ni que sanar. Aquí no hay nada que discutir, ni que juzgar. Aquí, al parecer, todo ha quedado atado y bien atado.

Vivo en un país en donde gobierna un presidente "socialista" que ha traicionado todos y cada uno de los valores de su partido y se ha pasado por sus insignes posaderas al mismo pueblo que lo eligió para gobernar. La principal opción electoral, la actual oposición (que seguramente triunfará en las próximas elecciones), no son más que una piara de reaccionarios retrógrados, herederos directos de la dictadura y de sus ideales, que han maquillado con un toque de modernidad pero que, en líneas generales, siguen siendo los de Torquemada. Ambos grupos y sus respectivos "líderes" son tremendamente populistas, y están vendidos a las empresas multinacionales, a la banca (que los maneja como títeres a su pleno antojo), a la Iglesia y a sus propias bajezas, corruptelas e intereses económicos.

Los unos son unos tristes clowns, sombras de la sombra de una sombra, cubiertos por la mugre de su propia traición; los otros, unos payasos ridículos y corruptos, que no hacen más que oponerse a todo, criticar todo y pedir elecciones anticipadas porque no aguantan ya la espera de poder sentarse en la poltrona del poder y sentirse los amos del mundo. Todos ellos (unidos a muchos otros grupos políticos de distintos cortes pero igualmente irresponsables) tratan al pueblo como a un rebaño de borregos ignorantes que no cuentan sino a la hora de dar su voto; venden mentiras insostenibles y engaños surrealistas día tras día; y gastan su tiempo en atacarse con "chanzas de doble sentido" y "frases pícaras" en el Senado o en el Congreso, mientras el país se cae a pedazos... Así entienden la misma palabra "democracia" con la que llenan sus bocas en cada mitin.

Vivo en un país que vende armas a regímenes que, obviamente, las usa para matar: a sus propios ciudadanos o a otros cualesquiera, tanto da. Y cuando tal armamento es usado, los líderes de este país en el que vivo (y muchos otros) se rasgan las vestiduras, y envían tropas, aviones y barcos para acabar con los que usan sus armas (y para alimentar a la industria armamentística, por supuesto: si los juguetes de guerra no se rompen, ¿qué sentido tiene fabricar más?). Esos dirigentes de este país acatan servilmente todo lo que dice EE.UU., Francia, Alemania o el Reino Unido (aunque aseguren que no son imposiciones, sino decisiones democráticas tomadas en conjunto), aunque ello vaya en detrimento de sus ideales y de sus propios ciudadanos. Vivo en un país que hasta hacía poco abría las puertas y recibía como amigo y hermano al que ahora, dos meses después, es un dictador con el que hay que acabar, aunque nadie hubiera notado, hasta ahora, su dictadura de 40 años (lo cual es hasta comprensible, si se considera que este país mantiene buenas relaciones con dictadores como Obiang). Vivo en un país que seguramente se asombrará (y razón no le faltará) si le clavan un avión en su capital, o si le vuelan un tren, sin recordar que antes colaboró en la muerte de civiles y en la destrucción de ciudades (por mucha ONU que "autorice" y "dé legalidad" al ataque).

Vivo en un país que trata al resto de las naciones de acuerdo a como ellas traten a sus empresas, nuevos Corteses y Pizarros del siglo XXI. Es el caso de Libia (que, al parecer, había pensado en hacerse con el dominio de su propio petróleo, en detrimento de compañías como Repsol), pero también de Asia, o de Sudamérica. Curiosamente, ahora Argentina es un buen país, porque las empresas del país en el que vivo están extrayendo todo lo que puedan allí; sin embargo, hasta hacía no tanto era una país riesgoso, de cierto peligro, y su Presidenta (que no necesita invitaciones ni sillitas adosadas a la fuerza para sentarse en el G20), una marioneta desequilibrada. Los de Bolivia y Ecuador, apenas asumieron y tomaron el control de sus recursos naturales, se convirtieron en demonios odiados, y recibieron calificativos indignos de bocas de dirigentes "democráticos".

Vivo en un país en el cual se detiene en régimen de incomunicación a los "criminales peligrosos", y en el cual existen multitud de denuncias de torturas que nadie (reitero: nadie) se interesa en investigar, excepto Amnistía Internacional. Porque los terroristas son asesinos, y los asesinos, según parece, merecen que se los torture. Y, por cierto, un terrorista no es solo el que atenta y asesina, sino el que no condena pública y efusivamente sus actos, sus ideas y sus símbolos. Vivo en un país en el que el odio entre hermanos jamás se terminó, en el que la transición entre dictadura y democracia parece no haberse completado, y en donde las divisiones internas son demasiado fuertes como para seguir disimulándolas.

Vivo en un país que se llena la boca con la palabra "democracia" pero que viola los derechos de los inmigrantes (incluyendo menores), a pesar de los informes de organizaciones internacionales especializadas. Vivo en un país en el cual la culpa de la miseria, según parece, es de los inmigrantes, muchos de los cuales se han dejado las manos y el lomo para conseguir que les permitieran respirar aire "nacional" sin que les pasaran factura...

Vivo en un país democrático que tiene un rey, una reina, un príncipe y unas princesas... Todos ellos, individuos inútiles que aparecen (o nos meten por los ojos) en todas partes (para demostrar lo "necesarios" que son) y que viven como reyes (nunca mejor dicho) a costa del erario público. Como lo hace la curia eclesiástica, una "institución" con un tremendo poder político a pesar de que este país en el que vivo es laico. O, al menos, eso declara su Constitución. Vivo en un país que va dando lecciones sobre como salir de una dictadura y lograr una democracia ejemplar (a naciones como Túnez, por ejemplo). A veces imagino la expresión de asombros de esas naciones al comprobar que este país en el que vivo, que va dando lecciones, rinde pleitesía a un rey de juguete y está bajo la bota de la Iglesia. ¿Es que ellos deberían hacer lo mismo para vivir en una democracia tan perfecta como esta en la que yo vivo?

(Por cierto: al parecer, vivir bajo la bota de la Iglesia Católica no es lo mismo, ni de lejos, que vivir bajo la bota de otras religiones, como el Islam. La Iglesia Católica es buena, el Islam es malo. Repitan todos conmigo...).

Vivo en un país en el que bancos y empresas mandan, en el que el derecho a la huelga es mostrado como "daños a la ciudadanía" y recortado a ojos vistas; en el que los servicios públicos se pierden y pasan a manos privadas (con los consiguientes y evidentes descensos de calidad y profesionalidad); en el que los trabajadores ven como sus sueldos se reducen y su inestabilidad laboral aumenta (pero ¡eso es buenísimo, según un anuncio de la cadena de TV Antena 3!) y en el que ya comienzan a abundar los bancos de tiempo, clubes del trueque, recoge-basuras, ferias de segunda o tercera mano y comedores sociales...

Vivo en un país que está perdiendo muchos de sus valores a una velocidad de vértigo. O, al menos, eso parece por lo que puede oírse y verse, o por lo reseñado en los párrafos anteriores. Vivo en un país en el que gobierno, políticos, empresarios, gritones de bar, comentaristas anónimos de Internet, blogueros y periodistas parecen haberse enzarzado en una batalla por ver quién se desacredita antes o más fuerte, y quien queda en pie tras la contienda y puede hacerse con más poder a costa de la gente. Una gente a la que pocas veces se escucha, o se lee, o se atiende. O se ve.

Aunque se manifieste contra la guerra, aunque se mueva contra los rezagos de la dictadura, aunque proteste y escriba en contra de las pérdidas de derechos sociales, aunque sea solidaria...

Confío en que algún día esa gente despierte, se desperece, se sacuda y comience a pasarle un paño de limpieza a su democracia. Y espero que lo hagan a tiempo. Si tardan mucho más, se levantarán una mañana y no encontrarán ese término en sus diccionarios.

Ver "Territorio Vergara", con viñetas del humorista del diario "Público" que reflejan, con bastante humor, la actual situación en España.

Imagen.