22.2.11

Saca de paseo a tus prejuicios

Saca de paseo a tus prejuicios

Y ventílalos al sol, y no dosifiques los recelos si puedes derróchalos…

Por Sara Plaza

Joan Manuel Serrat invitaba a todo lo contrario con su tema “Hoy puede ser un gran día”. Una canción que yo ponía en el radiocasete nada más despertarme cuando debía rendir algún examen. Me gustaba escucharla los días que amanecían con ese nubarrón en el horizonte anunciando desde temprano que la jornada tendría poco de buena. Aquella letra era una especie de antídoto para contrarrestar los efectos nocivos del examen, a saber, haberme tenido que aprender un guion que esa mañana debería volver a escribir, sin cambiar ni una coma, en el puñado de hojas en blanco que me esperaban encima del pupitre (mi profesora de Historia en el Bachillerato estuvo dos años dictándonos sus propios acartonados apuntes y, como dije, hasta los signos de puntuación eran inamovibles).

Algo más tarde, delante de mi mesa de trabajo, me percaté de que seguía memorizando y repitiendo demasiados guiones, atragantándome más de una vez al tener que escupir alguno, pero sin cuestionarme lo suficiente sus líneas. Ese cuestionamiento me tomó bastante tiempo y me obligó a desaprender ciertas malas enseñanzas que arrastraba desde mi adolescencia. Afortunadamente, con los años ha desembocado en una creciente y creo que muy sana disconformidad con las ideas e imágenes que nos presentan y aceptamos como inmutables y a las que no damos la más mínima oportunidad de ser de otro modo.

Y cuando digo de otro modo, quiero decir exactamente eso: ni mejores ni peores, ni más ni menos nada, simple y complejamente diferentes. De ahí mi desacuerdo con los dictámenes anticipados, con la sospecha y la desconfianza perpetuas, con el temor hacia lo que no entendemos y dificilmente llegaremos a comprender si seguimos levantando muros y afianzando nuestras barreras mentales.

Smila, la protagonista de la novela “La Señorita Smila y su especial percepción de la nieve”, del danés Peter Høeg, lo expresa muy bien cuando eso que no entendemos es otra cultura, una sociedad distinta:

Jean Malauri escribe en Los últimos reyes de Tule [(1)] que un argumento importante para estudiar a los interesantes esquimales polares reside en que, a través de su estudio, puede aprenderse algo sobre el paso de nuestra especie desde el estado de Neanderthal hasta el hombre de la edad de piedra.

Está escrito con cierto amor y cariño. Pero, no obstante, se trata de un estudio con prejuicios no reconocidos.

Cualquier pueblo que se deje medir por una escala de valores elaborada por las ciencias naturales europeas aparecerá, inevitablemente, como una cultura de simios más o menos evolucionados.

Este tipo de calificaciones carece totalmente de sentido. Cualquier intento de comparar las culturas, con el fin de determinar cuál es la más desarrollada, nunca será otra cosa que una torpe proyección más del odio de la cultura occidental hacia sus propias sombras.

Existe una manera de entender otra cultura. Vivirla. Trasladarse a su interior, rogar ser aceptado, tolerado, como invitado, aprender su idioma. Puede que entonces llegue, en algún momento, el entendimiento. Éste no necesitará nunca de las palabras. En cuanto se llega a entender lo extraño, se pierde el deseo de explicarlo.

Efectivamente, cuando, poco a poco, vamos comprendiendo todo eso, cuando tenemos la posibilidad de compartir y de vivir otra cultura, cuando nos abren las puertas y las atravesamos de la mano de sus protagonistas, cuando nos sacudimos la pereza y vamos desmontando lugares comunes, cuando descorremos el velo de mentiras que oculta la realidad, nos damos cuenta de lo inútiles y desafortunadas que son las comparaciones.

Es entonces cuando por fin dejan de sobrarnos los adjetivos para juzgar al otro y empezamos a conocerlo, a aprender algo de él. Desde ese momento ya no nos hace falta corear viejos clichés ni gastados estereotipos para disimular nuestra ignorancia: su sombra, como la de nuestro miedo, se habrá ido encogiendo y veremos alejarse los nubarrones que nos impedían sumarnos al festín de ese gran día que auguraba el cantautor catalán.

(1) Les Derniers Rois de Thulé (París, Plon, col. Terre humaine, 1955 – 5ª ed. def., París, 1989 ; éd. Pocket, 2001), traducida a 23 lenguas. Los esquimales del Polo. Los últimos reyes de Thulé (Barcelona: Grijalbo, 1981 ISBN 8425313201).

Imagen.