15.2.11

El mundo de la cultura y sus representantes (II)

El mundo de la cultura y sus representantes

Por Edgardo Civallero

El mundo del comercio cultural (ese al que se refieren los medios cuando hablan de "el mundo de la cultura", tal y como decía en mi anterior turno de bitácora) es un mundo estrictamente empresarial. Con esto quiero decir que la "cultura" (en realidad, un número limitado de productos derivados de expresiones culturales) interesa en tanto item susceptible de ser vendido y de proporcionar dinero.

Nada más.

Y nada menos...

Por supuesto, pueden hallarse algunas excepciones: individuos honestamente interesados en la difusión cultural, y en el crecimiento intelectual y espiritual de los destinatarios de la literatura, la música, la pintura o la fotografía... Pero esas personas componen una fracción mínima, prácticamente irreconocible, del enorme sistema (y, por cierto, suelen acabar ahogados, pisoteados y olvidados por él). Todos los demás integrantes del mundo del comercio cultural buscan su propio beneficio. Y es lógico que así sea, pues lo que realizan, como queda dicho, es una actividad empresarial.

La pena es que nos vendan tal actividad como "la cultura", y no como "el negocio". Tan bien nos convencen de esa patraña que a veces nosotros, los pobres mortales, confundimos la cultura verdadera con los sucedáneos ofertados por esa industria. Y nos adornan la imagen con tantos oropeles, y honores, y glorias, y famas, y laureles, y riquezas, que muchos nos vemos tentados a lanzarnos de cabeza y sumarnos a las filas de los creadores de "productos y servicios culturales".

Lo que nunca saben los que inician tal aventura es que, a la entrada del camino que los lleva al éxito, hay un cartel dantesco que pocos se detienen a mirar: "Abandonad toda esperanza, vosotros los que entráis".

La persona que pretenda entrar a formar parte de ese universo debe saber, en principio, que se enfrentará a una estructura ferozmente jerarquizada, donde los de abajo son nadie y los de arriba son dioses.

Por "los de abajo" me refiero a los autores/creadores que recién entran en la estructura y a los pobres empleados que realizan el trabajo mecánico: los diseñadores, ingenieros de sonido, traductores, editores, escritores-fantasma, correctores, publicistas y demás currantes.

Por "los de arriba" me refiero a los "representantes del mundo de la cultura": directores, editores y productores. Esos que tienen en su mano el "sí" que sacará del anonimato a cierto individuo con dotes artísticas, o el "no" que lo dejará donde estaba o lo hundirá en la decepción o en la desesperación. Esos que deciden lo que se lee, se escucha o se mira y lo que no, y convencen al mundo de la veracidad, conveniencia y utilidad de sus declaraciones. Esos que no dudan en explotar hasta el límite verdaderas porquerías (sean películas de vampiros, novela negra sueca, o pop agitanado), o en hacer uso de estrategias rastreras, siempre que les den un buen beneficio.

La cantidad de barreras, filtros y tamices que el neófito debe atravesar para presentar su trabajo, cultural en general o artístico en particular, no tiene límites. Bien lo saben los bailarines o cantantes que han participado en audiciones, o los fotógrafos y pintores que han mostrado sus portfolios en galerías y museos, o los escritores y poetas que han enviado sus manuscritos a editoriales o, mucho peor aún, que han participado con ellos en los llamados "concursos literarios".

(Esto de los concursos literarios tiene mucha miga. Se trata de trampas muy bien elaboradas que hacen publicidad a las editoriales convocantes y a las empresas patrocinadoras; que dan premios a sus "grandes figuras" de siempre; y que, ya de paso, se quedan con media docena de manuscritos frescos para publicarlos y sacar algo de dinero... que, por supuesto, no darán a los autores de esos manuscritos. Para ellos, como para todos los participantes –aunque hayan perdido el concurso- ya debiera ser un honor que los editores de la editorial convocante se hayan molestado en leer sus escritos.

Por cierto: los editores no leen sino media docena de los cientos de manuscritos que reciben. Contratan a una serie de estudiantes de letras o a editores jóvenes para que lean los demás y para que de allí seleccionen, de acuerdo a unos criterios férreamente definidos, algunos textos que puedan servir para publicar un "librito conmemorativo".

Ya lo saben. Sigan participando...).


Si el neófito consigue mantener altos los ánimos y atravesar esas barreras, y resulta seleccionado para poder integrarse, como "autor", "creador" o "artista", en ese "mundo del comercio cultural", le tocará firmar un contrato. Porque, repito, esto es un negocio, y en los negocios, las cuentas claras mantienen las amistades.

Y ahora presten atención, porque sobre esto se ha desinformado mucho en los últimos tiempos (sobre todo en relación con el tan cacareado tema de los "derechos de autor").

Cuando un autor, un creador o un artista pretende difundir su trabajo a través de cualquier empresa (por muy grande e influyente o muy pequeña e independiente que sea) debe firmar un contrato cediendo sus derechos a la editorial por un tiempo determinado (generalmente entre 5 y 7 años) para que esta reproduzca, distribuya y comercialice el producto de acuerdo a unas pautas determinadas (en tal país, en tal lengua, en tal formato, etc.). Tales pautas, como imaginarán, son bien amplias y tienen mucha letra pequeña, de manera que, por lo general, las editoriales, productoras y distribuidoras pueden hacer lo que quieran con esa obra durante el tiempo que la tienen en su poder (y después también: hay argucias –protegidas por ley, por cierto- que permiten a una empresa de comercio cultural continuar vendiendo una obra aunque el contrato haya vencido o haya sido cancelado).

A cambio, como retribución, el autor percibe entre el 8% y el 10% del total de lo vendido, a lo cual hay que restarle impuestos, IVA, el costo de los ejemplares dañados, el costo de los ejemplares promocionales, etc. Al final, lo que cobra el autor se reduce a un 5% de lo vendido. Véanlo en un caso práctico: si un libro se vende a 18 euros en la librería, el escritor vería 1 (un) euro por libro vendido. Calculen una tirada media anual de unos 3.000 ejemplares (para el caso de un autor "no famoso", común y corriente) y tendrán unos 3.000 euros, que es lo que el autor cobrará... al año. Sí, leen bien: esto no se paga por meses, sino tras el cierre anual de cuentas. Tendríamos, pues, unos 300 euros por mes, con suerte. Cobrados con 12 meses de atraso.

Solamente los autores y artistas muy, muy famosos pueden vivir de la venta de sus productos. Los demás tienen que complementar esa entrada de dinero con otras tareas relacionadas con su oficio (docencia, por ejemplo, o conciertos en vivo, o fotografía para revistas, o ilustración y diseño web) o, directamente, con una profesión totalmente distinta.

Hasta ahora, el modelo de comercio cultural se basaba en la copia de originales. El escritor escribía un manuscrito, o el músico grababa unas canciones, y se venden sus copias. Y las copias de las copias. Y se lanzan recopilatorios, y re-ediciones, y homenajes, y aniversarios, y se siguen vendiendo copias del original veinte, o cincuenta, o cien años después de producido por vez primera. Hasta la aparición de Internet, el único problema del modelo eran las fotocopias, o las bibliotecas, o el préstamo entre amigos, es decir, copias que no generaran ganancias. Pero, en realidad, eran poca cosa.

Con Internet, ese modelo vio un vuelco. Porque ahora, la venta de copias ya no sirve. En realidad, prácticamente nada del modelo comercial antiguo sirve, ni en el campo de la "cultura" ni en ningún otro campo. Y mientras la Red de Redes evoluciona día a día, a una velocidad de vértigo, y los habitantes de sus calles y plazas virtuales desarrollan nuevas técnicas y crean una idiosincrasia y un lenguaje propio, y los autores, creadores y artistas presentan su trabajo en la red, y lo comparten, y lo venden, y se promocionan, e incluso actúan y trabajan en línea, el antiguo "mundo de la cultura y sus representantes" ha sufrido un verdadero colapso. Se ha atascado, y se empeña en aferrarse infantilmente, con uñas y dientes, a su antiguo modo de pensar, a su antiguo estilo de trabajo y de vida, a sus antiguos privilegios... Los dioses no quieren caerse de sus pedestales, la "aristocracia cultural" no desearse codearse con vulgares "artistas de Internet"... Y comienzan las presiones a los políticos, los lobbies del "comercio cultural" que mueven fichas e hilos en las altas esferas, las leyes modificadas...

Así están las cosas hoy en día. Como dije en mi entrada anterior, no hay forma de ponerle límites a la cultura real: el acervo de saberes, conocimientos, experiencias y expresiones compartido por un pueblo. Y eso se está notando en un nuevo escenario en el cual se está prescindiendo de intermediarios inútiles (meros chupasangres y aprovechados, los mismos que se apresuran en afirmar que la Internet es una amenaza que dejara a miles sin trabajo) y se están aprendiendo y poniendo en práctica otras destrezas, otros idiomas, otras formas de hacer, de decir, de pensar, de entender, de compartir, de comprar y de vender. Un escenario en el que lo que realmente vale es el trabajo cotidiano, y en el que es más difícil vivir del cuento, del estrellato y de la gloria...

Esperemos que los nuevos tiempos nos traigan cambios. El alboroto y la gresca armada en torno a Internet es buena señal de que algo, finalmente, se está desmoronando...

Saludos...

PD. Quizás haya quedado claro, pero prefiero recalcar una idea concreta: cuando alguien carga/descarga un libro (o cualquier otra cosa) a/de Internet, lo que hace (sea un caradura, un ladrón o un defensor de la libertad cultural) no es violar los derechos del autor: lo que hace es violar los derechos de reproducción, distribución y comercialización que, en ese momento, una empresa de comercio cultural (en este caso una editorial) tiene sobre ese libro. Los derechos del autor no se violan porque siempre se reconoce la autoría del material: lo que se viola es el derecho de la editorial a ser la única que pueda reproducir y distribuir (y por ende, ganar dinero) con ese material.

¿Al autor le afecta? Bueno, podría afectarlo moralmente: el público estaría haciendo con su obra algo que quizás él no quiere que se haga. Pero eso ha sucedido décadas e incluso siglos antes de la Internet. Alguien pensará que tales acciones podrían afectarlo económicamente, y que no podría ganarse el pan con su trabajo. A eso yo pregunto: ¿creen que pagar 1 euro por cada libro vendido a 18 euros en la librería es darle el pan a un escritor? ¿Y quién es el que paga esa miseria al escritor? ¿Quién es el que lo obliga a firmar esos contratos viles, si es que quiere ver su obra publicada? ¿Quién lo presiona después para que salga a hacer declaraciones contra la "piratería"? ¿Quiénes son los verdaderos "piratas"?