1.2.11

El mundo de la cultura y sus representantes (I)

El mundo cultural y sus representantes

Por Edgardo Civallero

Últimamente he tenido varios encuentros (aunque quizás debiera decir "encontronazos") con la críptica frase "los representantes del mundo de la cultura". Para contextualizarla, debo aclarar que me la crucé en reseñas y artículos relacionados con la polémica ley española apodada "ley Sinde", que pretende "regular" las descargas online de materiales protegidos por derechos de autor.

No pretendo analizar, discutir o criticar la señalada ley, a pesar de que sus regulaciones me afectarán directamente, como a cualquier otro internauta que habite territorio español. Los análisis sobre lo bueno y/o lo malo de este controvertido y discutido texto los dejo para aquellos que quieran perder el tiempo juntando agua en cestos (así de inútil es la tarea, lo prometo). Yo quisiera enfocarme en esto de "el mundo de la cultura" y, sobre todo, en lo de sus "representantes".

Y quiero enfocarme en ello porque, como músico, diseñador, escritor, bibliotecario, lector, editor, traductor, televidente, radioyente, público de espectáculos teatrales y musicales, recolector de tradición oral y otros tantos papeles que he representado a lo largo de la película de mi vida, he tenido contacto con diferentes "mundos de la cultura". Y, cuando leo esto de "los representantes del mundo de la cultura", como si hubiera un solo mundo y alguien pudiera representarlo, me doy cuenta de que hay un puñado de payasos que nos están vendiendo un buzón y se están cagando de risa de nosotros.

Permítanme, pues, hilvanar un par de reflexiones y compartirlas con ustedes.

En segundo año de carrera de Historia, allá en la Universidad Nacional de Cördoba (donde este humilde escribidor, como diría el infeliz de Vargas Llosa, tuvo a bien desburrarse un poco), el profesor de Antropología Cultural trajo a clase un listado de definiciones de "cultura" extraídas de distintas obras (académicas) y autores (ídem) desde el siglo XIX a esta parte. Eran centenar y medio de definiciones de una misma cosa: algo tan sencillo de contemplar en la vida diaria y, por lo visto, tan difícil de conceptualizar. En líneas generales, y para que todo hijo de vecino me entienda, puede decirse que cuando tu abuela te cuenta un cuento popular, de esos de aparecidos, o de pilluelos, o de animales que hablan, te está transmitiendo una parte de su cultura (que seguramente será la tuya). Cuando mi vecino, el pastor de ovejas, suelta un castizo refrán castellano sobre el frío que te congela hasta los pelos del..., bueno, pues eso también es cultura. Cuando oyes –sobre todo si eres guatemalteco, salvadoreño o mexicano, o andas por esos pagos- el palmeteo de las mujeres que preparan tortillas por las mañanas, oyes un retazo de tu cultura. Cuando tu madre te explica como debes tratar a tu novia, o tu padre te indica como preparar un buen asado, eso es cultura. Tu cultura. Sencillamente, lo que hace que tú seas precisamente tú.

Puede haber cultura étnica, religiosa, nacional, regional, provincial, por edad, por sexo, rural, urbana... Y, como individuo, puedes mezclar varias de esas culturas: cultura cristiana, urbana, española, castellana, madrileña, adolescente, por ejemplo. En todos los casos, se trata de una serie de rasgos que circulan libremente en una sociedad y que aprendes de la mano de tus padres, de tus familiares, de tus hermanos, de tus amigos... y, con un poco de suerte, de tus docentes.

Esa cultura, antigua o moderna, tradicional o revolucionaria, urbana o campesina, es de todos. Nadie (repito y recalco: nadie) puede arrogarse el derecho de regular cómo se hace, cuenta, canta, toca, produce o dice una parte particular de esa cultura (a menos que sea su único o su último exponente, claro está). Nadie puede poner barreras a tanto movimiento, a tanto intercambio, a tanta evolución continua... La música andina de charango, las recetas del cuscús magrebí, el arte del trenzado del esparto de la meseta castellana, la danza de la cumbia colombiana... eso y todo el resto de rasgos de las distintas culturas del planeta son de todos los que construyen y comparten tales culturas, y de los que se acercan a ellas para conocerlas.

Visto lo visto, no creo que la expresión "los representantes del mundo de la cultura" se refiera a ese mundo. De modo que, si ustedes me lo permiten, seguiré explorando.

En muchas ocasiones se ha dicho de campesinos, obreros, marineros o pastores (por poner un ejemplo rápido) que son unos "incultos", es decir, que no tienen "cultura". No he conocido a nadie menos falto de cultura (tal y como la he definido antes) que los personajes antes nombrados. De hecho, sin los saberes de la pesca, el campo o los trabajos manuales, ¿hubiera existido una sociedad, tal y como la conocemos hoy?

Pero no: a lo que se refieren esas voces críticas que se apresuran a etiquetar a algún fulano de "inculto" es a la ausencia notoria de una "cultura universal" o, peor aún, de una "cultura básica".

Aquí ya comienzo a entrever que alguien se está riendo de nosotros, porque... ¿hay una cultura básica? Si es así, ¿quién la define? ¿Quién la transmite? ¿Qué hace falta saber para no ser considerado un "inculto"?
Y... ¿hay una cultura "universal"?

Probablemente, por "cultura básica" se entienda la instrucción (que no "educación") que imparte el sistema escolar más elemental, la cual, honestamente, cada vez tiene menos de "cultura". Y por "cultura universal" quizás se entienda el conocimiento y disfrute de un conjunto de elementos, generalmente artísticos, que suelen incluir la ópera, la música clásica, el arte conceptual y moderno, la literatura experimental, las charlas filosóficas, las veladas de poesía... Una aproximación elitista a un conjunto reducido y "selecto" de expresiones culturales.

Tampoco creo que la expresión de marras se refiera a esos mundos. Aunque siento que me estoy acercando.

Hay, finalmente, una "cultura" que se compra y se vende. Una "cultura" que pocas veces se comparte, que publicitan los medios de comunicación masivos, que recibe premios, que se difunde multitudinariamente, que circula con fluidez, que se repite, que nos machaca los sesos aunque no queramos entrar en contacto con ella. Una "cultura" compuesta por los bienes artísticos y/o intelectuales producidos por unos pocos y dirigida hacia todos los demás (los llamados "consumidores" o "clientes").

A ese universo, y no a otro, se refiere la frase del inicio.

Verán: ese "mundo de la cultura" es, en realidad, el "mundo del comercio cultural". Está conformado por un puñado de empresas (sí, son pocas, aunque tengan muchas y diferentes caras) que contratan a personas habilidosas en alguna forma de expresión de la cultura (canto, danza, narración, dibujo...) para que creen una serie de productos: canciones, espectáculos de baile, cuentos, novelas... Son productos que han existido entre las sociedades mundiales desde que el hombre es hombre, pero que, gracias a la capacidad artística de algunos individuos, se han ido puliendo y mejorando. Las empresas se apropian de esos elementos y se dedican a comercializarlos, pagando a sus autores un porcentaje (generalmente un 8%) de las ganancias, y prometiéndoles un verdadero Paraíso de honores (promesa que a veces se cumple). No importa si la calidad de lo que se vende es buena o mala: lo que importa es que se venda, porque esto es un negocio. Y, para asegurarlo, las empresas presionan a los Gobiernos para generar leyes a su medida, y a los medios para que dirijan la atención de sus lectores hacia sus productos, y todo un largo etcétera que les ahorro para no aburrirles, pero que pueden imaginar con solo contemplar las prácticas empresariales vigentes.

En la segunda parte de esta entrada, en mi próximo turno de bitácora, les contaré un poco mejor el funcionamiento interno de este "mundo de la cultura". Lo único que quería señalar con esta introducción es la enorme diferencia que hay entre la Cultura con mayúsculas (la que vivenciamos, recreamos, producimos y compartimos a diario todos nosotros) y la "cultura" (así, con minúscula y comillas) que nos venden a bombo y platillo, que nos hacen tragar por los cuatro costados, que adornan y doran para que parezca más importante, que cubren de "premios", "menciones" y "honores"... Una "cultura" que sirve para alimentar las cuentas bancarias de unos empresarios a los que nuestra educación, nuestro placer o nuestro intelecto les importa un pito de caña.

Les dejo una pregunta para que mediten un rato. ¿Qué diferencia hay entre el anónimo guitarrista flamenco que toca en sus ratos libres, haciendo maravillas sobre las seis cuerdas de su instrumento para delicia de sus familiares y amigos, y el payaso de ricitos que sale por TV cantando "flamenco", y que aparece en la radio, los anuncios, las campañas "solidarias", las revistas del corazón y demás?

Piénsenlo. Y si al final miran con pena al primero y con admiración al segundo, no se molesten en leer la segunda parte de esta entrada... Porque me temo que ya tienen el gusano de la "industria cultural" royéndoles el cerebro...
Saludos...