25.1.11

Prosperidad casera:

Prosperidad casera

¿Cómo escapar de la trampa del consumismo?

Por Shannon Hayes
Traducido del inglés por Sara Plaza

Podría haber significado alcanzar un escalón muy elevado en mi vida. Acababa de defender mi tesis y tenía tres posibles oportunidades de trabajo. Pero me encontré dando vueltas alrededor de casa o andando por las laderas de la granja de mi familia, llorando y soltando improperios al aire alternativamente. Bob y yo peleábamos con una vehemencia que jamás había visto.

El hecho simple era que yo no quería el trabajo que había pasado años intentando conseguir. "¡Creía que era lo que tú deseabas! ¿Para qué demonios pasaste los últimos cuatro años en Cornell? ¿Por qué seguiste adelante con ello? ¿Por qué dijiste que era esto lo que querías?"

¿Qué podía responderle? ¿Porque no sabía de qué otro modo permanecer cerca de la tierra de mi familia y conseguir todo el dinero que yo pensaba que íbamos a necesitar? ¿Porque no creía que hubiera un futuro en la agricultura y la ganadería? ¿Porque pensaba que el único camino para poder manifestar mi talento era a través de un organismo que me ofreciera un sueldo?

"¿Qué es lo que quieres hacer?"
"Escribir y trabajar en la granja."
"Entonces hazlo."
"Necesitamos dinero. No sé cómo conseguirlo."

Sin embargo sí sabía cómo. Desde que llegamos a estas costas, todas las generaciones de mi familia habían trabajado en una granja. Yo era la primera generación que no creía que la granja pudiera ser un medio de vida. Nuestros vecinos vivieron, rieron y se amaron en estas laderas rocosas, y lo lograron con ingresos de cuatro cifras. Sin embargo, yo había llegado a la conclusión de que en estas mismas colinas nosotros necesitaríamos ingresos de seis. En algún punto a lo largo del camino había dejado de creer en la evidencia que tenía delante y comencé a profesar uno de los mitos centrales de la cultura americana moderna: que una familia necesita un montón de dinero para sobrevivir de manera medianamente confortable, y que ambas trayectorias profesionales, la de él y la de ella, eran una mejora con respecto al pasado.

¿Qué había cambiado? ¿Por qué creía yo que necesitábamos tantísimo? En ese momento la pregunta era un rompecabezas para mí. Retrospectivamente me doy cuenta de que mi generación creció rodeada de medios de comunicación que equiparaban bienestar económico con respeto, felicidad y realización. Escuchamos un discurso nacional que predecía el fin de la granja familiar. Todos esos mensajes sacudieron nuestra confianza en nuestro estilo de vida y terminamos cuestionando nuestra propia experiencia.

Después de todo, yo crecí trabajando en la granja de mis vecinos. Celebrábamos deliciosas comidas a medio día, la casa estaba caliente durante el invierno, y siempre había algo de efectivo a mano cuando alguien tenía dificultades. Se preparaban una gran cantidad de tartas dulces y saladas de manera gratuita para contribuir a la venta y/o subasta de productos horneados y a la comida del pavo que organizaba la parroquia para recaudar fondos. Fue alrededor de mis veinticinco años cuando descubrí con qué poco dinero subsistían.

Así era como mucha gente vivía mientras yo crecía en West Fulton, New York, el lugar donde mi familia todavía conserva su granja. Las empinadas laderas y los fríos valles hacen que las más modernas tecnologías agrícolas resulten muy poco prácticas en mi comunidad. Los cultivos para la venta son escasos. Para sobrevivir, mis vecinos tenían que producir tantas cosas que pudieran necesitar como les fuera posible, y comprar solo las cosas que de ningún modo se podían hacer o cultivar en casa. Ellos cultivaban y conservaban los alimentos, cosían y arreglaban la ropa y se encargaban de reparar, mejorar y mantener su granja.

Sin embargo, en la actualidad, la vida de la mayoría de los estadounidenses refleja la transformación ocurrida en los hogares a partir de la Revolución Industrial. Anteriormente la casa era un centro de producción, no muy diferente de los primeros hogares que comenzaron a emerger en la Europa del siglo XIII a medida que la época feudal iba llegando a su fin. La seguridad económica de la familia era el resultado de los esfuerzos combinados de todos los habitantes de la casa para producir lo que necesitaban. Ellos cultivaban sus alimentos, curaban sus carnes, hacían jabón, fabricaban los tejidos y elaboraban su propia vestimenta.

Con la Revolución Industrial el hogar se modificó. Los hombres fueron los primeros en emplearse en las fábricas, donde ganaban un sueldo que gastaban comprando los productos y los servicios que ya no se hacían en casa. Cuantos más hombres salían fuera a trabajar, más cosas era necesario comprar en los hogares.

Durante algún tiempo las mujeres continuaron produciendo en el interior de las casas, hasta que finalmente las fábricas también ocuparon a las amas de casa. Poco a poco las habilidades domésticas dejaron de ser primordiales para la supervivencia. En lugar de desarrollar las destrezas que nos posibilitaban satisfacer nuestras propias necesidades, ejercitamos las que satisfacían las necesidades de otros a cambio de dinero para adquirir lo que una vez produjimos en casa. El hogar había pasado de ser un centro de producción que respondía a la mayoría sus necesidades a convertirse en un centro de consumo que compraba casi todo lo que necesitaba.

Al principio hubo algunos buenos artículos que, con toda justicia, aligeraron la pesada carga de las tareas domésticas –la lavadora/el lavarropas, por ejemplo. Pero la idea de comprar aparatos que nos ahorran trabajo se ha ido convirtiendo de manera gradual en nuestra moderna cultura de consumo –donde todo, desde el pan hasta el entretenimiento debe ser comprado–, y nos ha llevado a creer que en una familia de clase media es preciso que uno o ambos miembros de la familia ganen un montón de dinero.

Las familias entre las que yo crecí fueron excepciones a esta tendencia. La revolución industrial agrícola es un fenómeno relativamente moderno que empezó a arraigar a finales de los sesenta. Durante mucho tiempo, después de que la mayoría de los hogares estadounidenses se convirtieran en centros de consumo, la granja familiar todavía seguía siendo un centro de producción. La supervivencia de la granja pre-industrializada estaba supeditada en parte a la obtención de productos para su venta, pero también al hecho de conseguir y fabricar en ella todo lo que se pudiera para reducir la necesidad de comprar cosas.

A final, Bob y yo nos unimos a mis padres en el negocio de las carnes alimentadas con pasto, donde actualmente trabajamos, para ayudar a poner en marcha un sistema local de producción de alimentos sostenible que nos permita ganarnos la vida. Teniendo en mente las lecciones de nuestros vecinos, llegamos a la conclusión de que la clave de la supervivencia estaba en producir tanto como pudiéramos y comprar solo lo que debiéramos. Criamos y vendemos animales para tener unos ingresos, pero empleamos la grasa para hacer jabón, preparamos conservas para el invierno y pasamos más tiempo socializando en casa con los amigos y vecinos que saliendo fuera y gastando dinero en otro tipo de entretenimiento. Incluso teniendo dos hijos vivimos muy bien con mucho menos del sueldo de seis cifras que una vez pensé que íbamos a necesitar.

Bob y yo somos muy afortunados de haber tenido acceso a la tierra de mis padres y al conocimiento que ellos y otros granjeros de la zona han compartido con nosotros. Eso ha hecho que nuestra transición haya sido mucho más sencilla. Pero eso no quiere decir que haga falta una granja para iniciar la aventura. Estadounidenses con muy diversas trayectorias a lo largo de su vida están haciendo algo en sus propios hogares, ya sean rurales, urbanos o suburbanos. Incluso sin un pedazo de tierra, están encontrando maneras de transformar sus casas de unidades de consumo en unidades de producción. Están caminando o yendo en bicicleta en lugar de en coche; cocinando en vez de ir a buscar comida rápida; haciendo música y siendo creativos en lugar de comprar el entretenimiento que te venden los medios; conservando ellos mismos los alimentos de las granjas locales en vez de comprar alimentos industriales envasados; elaborando cerveza en un rincón de sus departamentos; aprendiendo a arreglar sus propios baños y sus coches; cosiendo su ropa o encontrando modos de reutilizarla; estableciendo una red de contactos entre los vecinos para intercambiar mercancías y servicios.

El resultado de todo esto es un creciente movimiento de estadounidenses que están creando una nueva economía casera donde hay tiempo para que los miembros de la familia puedan disfrutar entre ellos, donde la huella ecológica se reduce drásticamente, y donde, en lugar de la familia trabajando para mantener el hogar, el hogar trabaja para mantener a la familia. Con esta nueva economía las relaciones son más profundas, los niños están más conectados con los sistemas vitales que los sustentan, y la familia puede afrontar tiempos difíciles con dignidad y alegría.

Shannon Hayes es autora de los libros Radical Homemakers, The Farmer and the Grill y The Grassfed Gourmet Cookbook. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Binghamtom, y cuenta con un master y un doctorado de la Universidad de Cornell en agricultura sostenible y desarrollo comunitario. En la actualidad trabaja junto a su familia en la granja Sap Bush Hollow, en el estado de Nueva York.

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