Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias, borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso de una idea, de un sueño o de una esperanza.

6.12.10

Quien espera, desespera...

Quien espera desespera...
... sin un libro en las manos.

Por Sara Plaza

Ventanillas de citas en un hospital público. Sólo atienden en dos de las cinco disponibles. Saco el número 85 de la maquinita que se oculta detrás de las columnas. Al girarme veo en la pantalla electrónica que recién acaban de llamar al número 15. Sé que tengo una larga espera por delante. Me apoyo en una de las paredes, abro mi bolso y saco “El ruido y la furia”. Guardo entre sus últimas páginas el número y sigo leyendo a Faulkner. Al pasar de página miro por el rabillo del ojo a un joven sudamericano de tez aceitunada, ojos rasgados y pelo negro que está justo detrás de mí. Sostiene una carpeta amarilla sobre sus piernas. Está sentado en una silla de ruedas y todo en él permanece inmóvil salvo sus pupilas. Bajo la carpeta observo una sonda, pero no logro descubrir sus manos. Me he quedado mirándolo fijamente sin darme cuenta, pero no sé si él me ve a mí. Un instante después caen a mis pies varios papeles. Me agacho a recogerlos y se los entrego a la mujer que se acaba de inclinar al mismo tiempo que yo. Gracias, en este bolso llevo de todo. No hay por qué. En sus manos sostiene el número 117. Regreso a mi libro y avanzo un puñado de páginas. Ya solo llaman por una de las ventanillas. Una señora mayor se me acerca. ¿Es aquí donde se piden las citas para traumatología? Levanto la vista y en un cartel informativo leo en la segunda fila “Traumatología”. Sí, fíjese en ese cartelito azul, lo dice justo al final. Tiene el número 125. Le dice a su esposo que tal vez puedan sentarse y yo les animo a que lo hagan al fondo. Junto a la ventana hay algunos asientos libres, y les queda un buen rato hasta que los llamen. Bueno, a nosotros ya no nos están esperando los niños. La mujer y el hombre se alejan despacito. Vuelvo a mirar a mi joven acompañante. Sus pupilas siguen danzando en dos charcos oscuros en mitad de su rostro de barro. Otra señora llega hasta mí con el número 130. ¿Sabe usted si tardará mucho? Sí, están tardando muchísimo. Entonces tal vez me de tiempo a buscar otras citas, gracias, luego vengo. Da media vuelta y se marcha arrugando el papel con el número. Me resulta difícil concentrarme en la lectura. Por todas partes escucho quejas y comentarios. La gente protesta por lo lentamente que atienden en las ventanillas, porque sólo lo hace una señorita, porque ahora, para colmo, se ha estropeado la maquinita que da los números... Aún me faltan treinta números y ya llevo casi una hora de pie en esta esquina junto al muchacho sudamericano. Creo que por fin están atendiendo a un familiar suyo. Viene hacia él y busca algo en la carpeta amarilla. El joven ni se inmuta pero sus ojos siguen observándolo todo a su alrededor. Al cabo de un rato regresa su familiar, guarda todos los papeles dentro de la carpeta, le quita el freno a la silla de ruedas y se van. Ninguno de los dos ha abierto la boca, no han cruzado ni media palabra. Un par de pupilas se despiden de mí y se ocultan tras sendos párpados de arcilla. Me quedo sola. Sigo leyendo por espacio de otro cuarto de hora. La maquinita de los números sigue rota. Han habilitado una nueva ventanilla. Acaban de atender al número 82. Me abrazan por un costado. Ya casi he terminado. No te preocupes. Esto es un rollo. Sí, ya sé. De nuevo las protestas y los malos modos. Todos estamos cansados de esperar. Ya nos toca. Vamos. Nos dan cita para dentro de tres meses, pero podemos poner una reclamación en Atención al paciente y quizás así nos la adelanten. Gracias. De nada. Guardo a Faulkner en mi bolso y abandonamos la sala de espera percibiendo nítidamente el ruido y la furia que dejamos a nuestras espaldas.

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