16.11.10

Tu español, mi español...

Tu español, mi español

Por Edgardo Civallero

En la actualidad, y de acuerdo al siempre dudoso y cuestionado Ethnologue, el español (o castellano, o como gusten llamarlo) es hablado por unas 450 millones de almas, de las cuales unas 372 millones (más del 80%) viven en América Latina.

Esto quiere decir que, aunque a algunos catedráticos de la Real Academia de la Lengua Española les pese, un 80% del idioma español hablado en el mundo corresponde a alguna de las variantes latinoamericanas. El famoso "latino", que para esos catedráticos puristas es solo una corrupción del prístino castellano de El Quijote que ellos adoran y promocionan.

(Que conste que los tales puristas piensan algo similar o peor de "dialectos" ibéricos como el andaluz, el canario o el extremeño).

Una "corrupción" que viene bien a la hora de las cifras (¡fíjense cuánta gente habla la lengua del Reino de España, y qué rica que es, y qué tolerantes que somos con la diversidad!), pero que a la hora de la verdad es duramente criticada, repudiada, corregida y vilipendiada. O tratada como un "folklorismo exótico" que suena muy bien y muy curioso en la boca de García Márquez, por poner un ejemplo, pero que es un horror en la de cualquiera de sus coterráneos.

El idioma castellano (que no español) que llevaron e impusieron los conquistadores ibéricos desembarcados en América en el siglo XV se diversificó, adaptó y mezcló de una manera tal que del original solo quedaron las estructuras y cierto vocabulario. Todo lo demás fue sustituido y enriquecido con aportes locales. Así nacieron las mil y una variedades "latinas" del castellano: ésas que componen el 80% del español hablado en el planeta. Ésas que, en ocasiones, no tienen nada que ver con su modelo.

Analicemos, por ejemplo, el caso de Paraguay. Allí coexisten dos idiomas oficiales: el español y el guaraní, una lengua indígena importante y muy sonora que es la preferida por los sectores más "populares". Esa coexistencia cotidiana y esas preferencias han logrado que, en las escasas ocasiones en las que se emplea en forma "correcta", el castellano esté terriblemente influido por el vocabulario, la pronunciación y la articulación guaraníes. Y digo "en forma correcta" porque el español que hablan los paraguayos a diario está mezclado con el guaraní en una endemoniada combinación llamada "jopará" (yopará), que de "castellano correcto" o de "guaraní correcto" tiene poco, pero que es muy útil y suena más o menos así:

Tené que ir, campaña ndovaléi, todo tu prima etá todo en ciudá, otrabaja porã
(Tienes que ir, el campo no vale, todas tus primas están en la ciudad, trabajan bien)

No se asombren de que esto sea lo cotidiano: recuerden que el español fue impuesto sobre lenguas habladas por cientos de miles de personas a lo largo de siglos, y por tanto, no es de extrañar que éstas últimas hayan sobrevivido. En Bolivia ocurre otro tanto con el quechua y el aymara, las lenguas indígenas andinas más empleadas en aquella nación multiétnica. Fíjense en esta copla folklórica quechua, parte de una canción titulada "Chayanteñita".

Qhawariy alto cielota / estrellasqa reluceshan
Qanpaq nachu tukunkuña / ñuqapaq recién naceshan

(Mira al alto cielo. / Las estrellas están reluciendo.
Para ti ya se acaban. / Para mí recién están naciendo).

En el castellano de los Andes encontrarán docenas de palabras quechuas y/o aymaras incluidas en el vocabulario, e incluso la adaptación de la gramática castellana a los modos y estructuras de las de las lenguas indígenas. Un diálogo como el siguiente podría escucharse en una calle de La Paz (Bolivia), o de Puno (Perú), o incluso de algún punto del norte de Chile o Argentina, y a nadie se le ocurriría decir que el castellano hablado es incorrecto.

— ¿Andi’ vas, Marcelina?
— A su casa del Pedro m’estoy yendo, pues...
— Yaps’... Los yuyitos que él me ha sabido pedir le tengo preparado yo. Cola caballo, k’hoa, wachanka, mucho muchito me ha costado encontrárselos.
— Ah, pues... Ya le digo yo a él.
— "Para mañana ando queriéndolos" diciendo me dijo. De eso una semana ha pasado ya, pues, y no ha venido. Dile que venga, pues, que los yuyitos ya le tengo yo.
— Walip...

Perdón, me equivoco: muchos dirían que este castellano es incorrecto: maestros, puristas, académicos e individuos que creen que la lengua es de los diccionarios y no de la gente que la habla.

Si exploran el vocabulario del sur de Chile, desde Valdivia hasta la isla de Chiloé, hallarán palabras y pronunciaciones propias del mapudungu (lengua Mapuche) infiltradas en el español. Otro tanto ocurre en América Central, con las lenguas mayas en Guatemala y el sur de México y las lenguas de la familia náhuatl en casi toda la región. Por no hablar de la influencia de las lenguas africanas en el español de Colombia, Cuba u Honduras.

Tan diferentes son nuestras maneras de hablar en aquel "Nuevo Mundo" que, en ciertos casos, un mexicano, un colombiano y un argentino podrían no llegar a entenderse al querer expresar ciertas ideas. E incluso dentro de un país grande, como Argentina, una misma idea va cambiando de término: en mi tierra, de uno que está borracho puede decirse que está mamado, chupado, machado, curado o caú, dependiendo de la región en la que uno se encuentre.

Tales particularidades son muy necesarias: en muchas oportunidades no hay forma de nombrar ciertas comidas, costumbres, ropas, plantas y animales si no es a través del empleo de palabras propiamente latinoamericanas (generalmente de raigambre indígena). Algunas de ellas han pasado al vocabulario español "universal" (caso de canoa, cayuco, barbacoa, caimán, macuto, chocolate, tomate, etc.) pero otras, a pesar de ser necesarias, no son tan conocidas.

A pesar de lo que nos quieren hacer creer las escuelas, los medios, los gobiernos y los Institutos Cervantes en las Américas, los latinoamericanos no hablamos el español de El Quijote. Nosotros no hablamos ese idioma: hablamos nuestras propias versiones, que definen a la perfección quiénes somos, lo que hacemos y el lugar en el que vivimos, cosa que el español "académico" y "normativo" no podría hacer...

A pesar de que nuestro "español" no sea reconocido, a pesar de que nos sigan poniendo frente a la cara a Cervantes como modelo, a pesar de que los puristas y los racistas nos digan que deformamos una lengua tan pura y tan bella, nosotros nos quedamos con nuestras particularidades.

Y yo, personalmente, me quedo también con todas las pequeñas modalidades del idioma habladas en el ancho Reino de España. Que no son pocas.

Iba a compartir con ustedes un ejemplo de comparación de dos modalidades de español, y las diferencias halladas. Pero dejaré esa historia para mi próximo turno de uso de bitácora. Porque merece unas buenas parrafadas.