30.11.10

Su castellano, mi argentino...

Su castellano, mi argentino

Por Edgardo Civallero

Sara habla castellano de la vieja Castilla. Que no es el "normativo", por cierto. Yo, por mi parte, hablo una mezcla de argentino "porteño" y "cordobés" con toques de "lunfardo". Ambos, pues, hablamos "español". Pero si no fuera porque ambos hemos vivido suficiente tiempo en el país del otro y nos hemos empapado de hablas, giros y modismos, probablemente no nos entenderíamos.

Y con esto quiero decir que, evidentemente, comprenderíamos lo que nos queremos decir, pero se nos escaparían muchísimas cosas que son las que realmente hacen a la comunicación entre dos personas.

Para empezar, está el complicado tema de la pronunciación. Aquí, yo llevo todas las de perder. En Argentina, como en el resto de América Latina, pronunciamos las "s", las "c" y las "z" iguales: una especie de "s" sorda y siseada. En Castilla, las "s" son una cosa y las "c" y las "z" son otras. Y más vale pronunciarlas correctamente para ser comprendido. Eso lo tuve claro el día en que dije mi apellido a una funcionaria para que lo buscara en una lista, y la mujer no me encontró. Sencillamente porque buscó lo que oyó: "Sibayero".

El caso es que, por mucho que me esfuerzo, no logro imitar la pronunciación de Sara. Ella tampoco consigue copiar la mía: mi "s sorda y siseada" no se parece en nada a lo que ella entiende por una "s". De modo que hemos debido aprender como suenan las letras en los labios del otro para saber de qué cosa está hablando y no tener que pedir que deletree palabras.

Sara tiene suerte de que no tengo el hábito de aspirar las "r", o pronunciar las "ll" y las "y" como "i", o comerme todas las "s" finales, o hablar a velocidades de vértigo, como es costumbre en el interior de Argentina (en Córdoba, por ejemplo). Y que tampoco pronuncio las "y" y "ll" como "sh" (con lluvia de saliva incorporada), como hacen los "porteños" de Buenos Aires. Porque probablemente la cosa se complicaría.

En segundo lugar viene el tema del vocabulario. A día de hoy, aún tenemos que consultarnos acerca de cómo se llama tal o cual cosa a uno y otro lado del Atlántico. El principal escollo radica en las verduras y frutas, en las hortalizas, en los cortes de carne y en los pescados, es decir, en la cotidiana compra de la tienda (para ella; para mi, "la despensa") o el supermercado. Pero también en los productos de limpieza, en la ropa, en los trámites bancarios...

Lo que para mí son frutillas, duraznos, damascos y pelones, para ella son fresas, melocotones, albaricoques y nectarinas. Lo que para ella es lejía, lavadora, nevera o suavizante, para mi es lavandina, lavarropa, heladera y crema. Yo me pongo un buzo, ella un polar; yo me abrigo con una campera, ella con una cazadora; yo ando con un jogging, ella con un chándal; sus playeras son mis zapatillas, sus calcetines son mis medias. Cuando digo "pollera", ella sabe que hablo de una "falda" y no de otra cosa; y entiende que yo jamás "coja" el autobús, o el tren, o el taxi, o al gato, o a un niño...

Para mí, una bombilla es un elemento metálico con el cual tomo mate. Para ella, una "bombilla" es lo que para mí una "lámpara": un bulbo de vidrio con un filamento incandescente para iluminar. Para ella, una "lámpara" es un elemento que incluye la bombilla, pero eso, para mi, puede ser un "velador" o mil cosas más. Y así hasta el cansancio. De modo que ahora, ambos manejamos dos vocabularios, el castellano y el argentino, y no es extraño que de vez en cuando mezclemos las palabras, o no nos entendamos, y nos preguntemos si tal o cual término corresponde a mi dialecto o al suyo.

A veces tiene que traducirme lo que hablan los viejos de nuestro pueblo, porque me pierdo y no los sigo. A veces tengo que traducirle mis frases cuando me da por hablar en "lunfardo" (ese slang usado en los tangos arrabaleros) o digo palabras "al vesre", al revés, una costumbre muy porteña.

Dentro del vocabulario tenemos que incluir, obligadamente, a los insultos, palabras soeces y maldiciones. No es que las usemos entre nosotros, la verdad sea dicha, pero conviene saberlas para emplearlas con el mundo exterior. En ese sentido, su dialecto es breve, conciso y directo: son sólo un puñado de palabras determinadas, que se usan en ciertas circunstancias, unívocamente, sin doble sentido. "Gilipollas" o "capullo" significa eso y nada más, aunque vocablos como "cabrón" pueden usarse en un sentido amistoso. Los argentinos somos más complicados (¿y cuándo no?): tenemos una verdadera colección de términos malsonantes, y de términos biensonantes que usamos con todo el doble sentido del mundo para insultar al adversario finamente y con mucho de eso que los españoles llaman "recochineo". Y es aquí donde comienzan los problemas de Sara, que nunca logró distinguir el punto a partir del cual la frase se convierte en broma, la broma en tomadura de pelo, y la tomadura de pelo en insulto. Probablemente, ningún español pueda hacerlo, y es lo que más les irrita de los argentinos: ese tono meloso con el cual hablamos, que nunca les permite delimitar hasta donde nos estamos "cachondeando" y hasta donde hablamos en serio.

El uso de los improperios argentinos tampoco es el fuerte de Sara, que necesita una escala de valores –desde el más fuerte al más suave- para saber a qué atenerse. Por desgracia, nosotros no manejamos tal escala de valores y usamos indistintamente palabras como "infeliz" como algo gravísimo, o "pelotudo" como un apelativo cariñoso. Todo depende del tono, la mirada, el gesto, la situación y el momento, y Sara me hace saber que son demasiados factores para ella.

Por último, pero no por ello menos importante, está el tema de la idiosincracia a la hora de hablar. Hace poco veíamos una película argentina en la que un hombre se asoma desde dentro de un baño y pregunta a uno que espera fuera: "¿Puede ser que no haya papel higiénico?": El otro se encoge de hombros y repone: "Traemos...".

Me tomó un rato explicarle a Sara el asunto: el hombre de dentro había descubierto que no había papel higiénico y había decidido pedir un poco al de fuera. Pero asomarse y decir directamente "Che, no hay papel, ¿podés traerme?" es groserísimo, de modo que, con una pregunta retórica, sugirió la inexistencia de papel. El otro entendió el asunto y le informó que iba a traerle un rollo. Tan simple como eso... para mí. Porque Sara se puso de los nervios y me aseguró que si yo llegaba a hacer eso en España me iban a mandar bien al carajo. En España las cosas son llanas, sencillas: con respeto, claro, pero simples. "Oye, que no hay papel higiénico". "Vale, pues ya te traigo". Y ya está.

De ejemplos como este hemos encontrado miles. En Argentina, entro a una tienda y digo: "Hola, buenos días. Disculpame, ¿te puedo hacer una preguntita? ¿Por casualidad tenés mortadela?". En España, misma situación: "Hola, ¿tienes mortadela?". En los respectivos países, ambas frases están bien: el problema surge cuando ponemos esas sentencias en el otro país. Si en España digo la frase argentina, el dependiente me responderá amablemente, pero pensará para sí que ya le tocó otro argentino charlatán y meloso (o directamente gilipollas). En Argentina, tanto de lo mismo: responderán, pero se dirán que ya les cayó un gallego maleducado y seco. Si en Argentina, un español entra a una cafetería y pide un café como lo hace en España –"hola, ponme un café"- tiene muchas probabilidades de que lo manden a la mismísima m... por maleducado. Si en España pido un café como lo haría en Argentina, el que despacha me cortaría a mitad de mi perorata para espetarme "pero bueno, ¿te crees que tengo todo el día? ¿Qué coño quieres?".

Sara, como buena maestra que es, me explica que esa diferencia de usos del idioma genera muchos problemas con los hijos de inmigrantes latinoamericanos que cursan la primaria en España. Muchos de ellos encuentran que sus profesores hablan de un modo rudo, cortante, seco, que no inspira la menor confianza y que incluso les atemoriza. Doy fe de que es así: yo estuve en el pellejo de uno de esos estudiantes, y sentí exactamente eso: pavor. Al mismo tiempo, nuestra forma de hablar genera muchísima desconfianza en los españoles: demasiados diminutivos, demasiados rodeos, demasiados cariños no pueden traer nada bueno, piensan.

En fin, lo importante de esta historia es que, de momento, he aprendido bastante del castellano de la vieja Castilla como para entender a mi compañera. Y ella ha hecho lo propio con el argentino porteño-cordobés que hablo yo. Aunque les confieso que aún nos seguimos divirtiendo de lo lindo cuando encontramos esas pequeñas grandes diferencias con palabras que parecen nimias y que, si no fuéramos quiénes somos, llevarían a una buena pelea. Y que nos carcajeamos una barbaridad cuando oímos hablar de la "unidad" de la lengua española...