2.11.10

Cementerios

Cementerios

Por Edgardo Civallero

Cada año, por estas fechas, me acuerdo de la primera vez que crucé las salinas de Ambargasta, ésas que cubren la esquina suroeste de la provincia argentina de Santiago del Estero.

Recuerdo la ocasión porque me dejó marcado por una imagen muy particular: un cementerio que se levantaba en algún punto entre Ojo de Agua y el río Saladillo, en medio de una nada de suelos blancuzcos y árboles espinosos y achaparrados. Uno de tapias bajas y un puñadito de tumbas de adobes pardos o ladrillos rojizos. Uno que no podía evitar destacar por encima de su desolado entorno, pues cada uno de sus rincones estaba engalanado con flores de plástico y de papel de todos los tipos, tamaños y tonos imaginables.

El individuo que me acompañaba en aquel trayecto me informó que había pasado poco tiempo desde la celebración del día de Todos los Santos, y que, aunque la cercana aldea que cuidaba (y nutría) aquel humilde camposanto era prácticamente insignificante, sus vecinos dedicaban toda la jornada de esa festividad religiosa a convertir la última morada de sus deudos en un lugar hermoso (en relación a su parca realidad, claro está). De hecho, las flores de plástico que colocaban por doquier podían verse desde lejos y duraban bastante. Aunque, la verdad sea dicha, duraban lo que los vientos de la región permitían que durasen.

Volví a pasar varias veces por ese lugar desde entonces, y siempre pegué mi nariz contra el vidrio de la ventana del vehículo en el que viajaba para no perder detalle de aquel espectáculo. A veces, el cementerio lucía desolado y otras, alegre y hasta carnavalesco. Con el paso de los años, algunas lápidas fueron albeadas, y hasta cubiertas de piedra o mármol. Nunca pude sacar una foto, pero, mientras escribo estas líneas, encuentro una en la web: la que ilustra este post.

Cada año, pues, precisamente por estas fechas, me acuerdo de ese cementerio. Y ese recuerdo se encadena, como por encanto, con muchos otros...

Con el de Tilcara, por ejemplo: un pueblo situado en plena Quebrada de Humahuaca, en la norteña provincia argentina de Jujuy. En "Los Salieris de Charly", el cantautor argentino León Gieco afirma que "nos gusta el sol del cementerio de Tilcara". Siempre quise creer que tal afirmación no tendría nada que ver con la realidad: seguramente se trataría, me decía, de una frase poética digna de un artista bastante bohemio. Sin embargo, me bastó con echar un vistazo a aquel camposanto quebradeño para entender que lo de Gieco no era ni una figura literaria ni un delirio artístico: era una verdad innegable. Aquel camposanto no tenía ni pizca de tenebrosidad, de tristeza o de melancolía. Daban ganas de sentarse al costado de alguna losa a que el sol diera en el rostro y admirar la simplicidad de las tumbas y el hermoso paisaje de cerros, laderas y cardones que se abría hacia los cuatro rumbos.

¿Y cómo evocar el cementerio de Tilcara sin hacer lo propio con el de Humahuaca, el de Maimara, o el de La Quiaca...? En realidad, todo el camino de la Quebrada, desde la ciudad de Jujuy hasta la frontera con Bolivia, está jalonado de pequeños camposantos de muritos sencillos y, por supuesto, de los infaltables ramos de margaritas, rosas y gladiolos plásticos en cada rincón...

Sepulcros con flores de colores fue lo que vi cuando recorrí los Andes desde Temuco hasta Otavalo. Eran obvios en las soledades del norte de Chile y en el extenso desierto costero del sur y el centro del Perú, pero también en el altiplano boliviano, entre Puno y La Paz, y entre esa ciudad y Oruro, y en todas las montañas que se recorren desde allí hasta Potosí, y desde Potosí a Villazón.

Cada año por estas fechas, pues, me acuerdo de los pequeños camposantos de mis horizontes natales. Y sonrío cuando pienso que, en muchas ocasiones, son los muertos, con sus tumbas adornadas por un arco iris luminoso y artificial, los que en Sudamérica dan la bienvenida a su aldea polvorienta o a su pueblito de un monótono color ocre o gris. Son ellos los que recuerdan al mundo que en medio de un altiplano aparentemente inhabitado o en un pliegue de una determinada serranía agreste, hubo y hay gente. Y son los que brindan un remanso de paz y de calma. Uno que, incluso, llega a inspirar canciones.