23.11.10

Cada día más jóvenes a sus 90

Cada vez más jóvenes a sus 90

Por Sara Plaza

Aquella mañana estaba trabajando al aire libre. Tenía que pintar de blanco un mueble que al ser adquirido por mi progenitor lucía naranja. Los primeros brochazos no auguraron demasiado éxito a mi tarea, pues más que cubrir descubrían el color original. Sin embargo, tras una segunda capa la cosa se iba aclarando, y cuando al día siguiente apliqué una tercera mano de pintura el resultado fue más que satisfactorio para unas manos inexpertas como las mías. También lo fue ante los ojos sonrientes de mi padre y la mirada escrutadora de mi sobrina, quien ayudaba a su abuelo a medir el interior de aquel mueble recién pintado antes de colocarle un par de baldas. Pues bien, en semejantes menesteres me hallaba inmersa un día de primeros del mes de septiembre, cuando escuché a una vecina de no menos de 90 años, saludar a otra señora de similar edad que venía a visitarla. Aquellas dos mujeres, después de alabar las monerías que hacía el bisnieto de la primera con un añito recién cumplido, se pusieron a charlar de sus amigas comunes y de lo disgustada que estaba la recién llegada con una de ellas por el detalle tan feo que había tenido la tarde anterior. Por lo visto, esa “mala amiga” había preferido la compañía de algún familiar para acudir a la procesión que trasladaría la Virgen de la Purísima Concepción desde la ermita hasta la iglesia, con motivo de la celebración de las fiestas patronales del pueblo, y el hecho de haber dejado plantada a la señora que ahora relataba esta historia habría echo enojar, y mucho, a la visita de nuestra vecina. Ésta no tardaría en solidarizarse con el pesar que abrumaba a la narradora, y estuvo de acuerdo en todos los calificativos que aquélla aplicó a su “supuesta” amiga en común. En lo que yo pintaba por segunda vez las puertas inferiores del mueble, nuevos adjetivos fueron engrosando el rosario que ambas mujeres estaban rezando, y no pude por menos que entrar en casa y compartir con Edgardo la conversación que se estaba desarrollando en el patio de al lado. Después de reírnos cariñosamente de las ocurrencias de esas dos candorosas ancianas, concluimos que parecían un par de adolescentes criticando a otra joven de su misma pandilla por lo mal que se había portado con ellas. Era muy gracioso oír cómo descalificaban a quien hasta la tarde de antes se había sentado con ellas a tomar café en alguna terraza, y cómo al vacío de ese día se iban sumando otros hechos de corte muy similar, hasta acordar que aquella señora no merecía volver a ser admitida en el grupo, de modo que ya se ocuparían ellas dos de darle de lado. Cuando sumergí de nuevo la brocha en el bote de pintura, las interlocutoras habían vuelto a reírle las gracias al bisnieto de nuestra vecina y no alcancé a oír cómo pretendían llevar a cabo su maquiavélico plan. A medio día acudió el hijo de la mujer que estaba de visita a buscar a su madre y ambas señoras se despidieron muy cordialmente. En sus palabras no quedaba ni el más mínimo rastro de acritud, muy al contrario, sus voces destilaban un sincero afecto entre ambas. Yo continué pintando y pintándome un rato más, y una y otra vez recordaba las quejas emitidas por esas dos adolescentes nonagenarias, indignadísimas por las escasas muestras de amistad que había recibido una de ellas el día que la Virgen recorría las calles del pueblo.

Yo no sé si los jóvenes de 90 años mantendrán pláticas del mismo cariz que las jóvenes de su edad, pero me alegré al comprobar que hay cosas que no cambian con el paso del tiempo, y que la amistad sigue levantando pasiones y continúa siendo objeto de celosa protección después de toda una vida forjando muchas y perdiendo numerosas.