5.10.10

Toros y anti-toros

Toros y anti-toros

Por Edgardo Civallero

En los últimos tiempos se ha generado en España un notable debate sobre la tauromaquia y, en general, sobre el uso de toros en fiestas populares (correbous, toros embolados, toro de Tordesillas, etc.). En realidad, tal debate siempre estuvo instalado en el seno de la sociedad española (e internacional): por un lado están los que consideran el toreo (y los toros en general) como un bien cultural, un rasgo identitario o, en el caso de las corridas, un verdadero arte; por el otro, los que piensan que tales celebraciones son una carnicería inhumana que debería prohibirse, que de arte tiene poco y de cultura, mucho menos.

El polvorín estalló recientemente, cuando una plataforma ciudadana recogió suficiente número de firmas como para presentar en el parlamento de la comunidad autónoma de Cataluña un proyecto de ley dirigido a prohibir las corridas en esa región. Las discusiones alzaron el tono en foros públicos y privados, y finalmente los parlamentarios aprobaron el proyecto. En consecuencia, dentro de poco las plazas de toros catalanas serán un espacio vacío de lo que antaño les dio vida.

Los "anti-taurinos" celebraron su victoria y se propusieron, como siguiente paso, eliminar de las fiestas tradicionales catalanas la presencia de astados. Otras plataformas imitaron su ejemplo —por ejemplo, en Andalucía— y recogieron firmas para presentar proyectos similares en sus propios parlamentos autonómicos.

Personalmente, las corridas de toros siempre me dieron escalofríos. Demasiada sangre para mi gusto. Sin embargo, yo era un total ignorante de la "fiesta" en sí: de su historia, sus tradiciones, sus costumbres, sus razones y todas sus características. Desde que volví a España hace dos años me fui interiorizando un poco más en el asunto, gracias a que vivo en un pueblo de la sierra madrileña que de "anti-taurino" tiene poco, y en donde hay encierros y corridas de toros cada septiembre, durante las fiestas patronales. Fue entonces cuando empecé a comprender varias cosas. Sobre todo, qué son los llamados "anti-taurinos".

Se trata de grupos ciudadanos generalmente auto-convocados que, en resumidas cuentas, son contrarios al sufrimiento animal. En concreto, al de los toros de lidia. Son los que habitualmente se manifiestan a la entrada de las plazas y ejercitan la poco saludable costumbre de increpar (y a veces de insultar de arriba abajo) a sus "oponentes" taurinos... sin dar demasiadas razones de peso para tales exabruptos. Desde su perspectiva, eso se llama "concientización" y "protesta". Inútil, por cierto, porque el aficionado a los toros no hace el menor caso.

Dejemos de lado que estas personas, contrarias al sufrimiento de los seres vivos, podrían invertir su esfuerzo, su dinero, su tiempo y sus buenas intenciones en evitar que sus congéneres humanos fueran asesinados. Se me ocurren, como ejemplos más a mano, los casos de Afganistán o Pakistán, con sus poblaciones civiles impunemente asesinadas por las fuerzas estadounidenses ante la complacencia y el silencio internacional. Pero, por supuesto, cada cual es libre de dedicar sus esfuerzos a lo que le parezca más oportuno, y esta buena gente ha decidido enfocarlo hacia los animales. Amén y que así sea.

Dejemos también de lado que, si hablamos de sufrimiento específicamente animal, hay casos mucho más cotidianos por los que horrorizarse y protestar. Lo primero que me viene ahora a la mente son las gallinas que nos dan huevos y carne: nacidas, criadas, crecidas, apareadas, envejecidas y muertas en un cubículo diminuto iluminado día y noche, alimentadas con productos que no merecen ni llamarse "comida", y sacrificadas para que en España podamos paladear la tan habitual y castiza tortilla o un buen pollo asado. ¿Poco sufrimiento, quizás? Veamos el caso del cerdo, del cual se extraen los deliciosos jamones, tan apreciados en tierras hispanas. ¿Han visto ustedes alguna vez la muerte de un cerdo? Se va de este valle de lágrimas desangrado, entre unos chillidos que erizan la piel. Pero no he visto ninguna plataforma ciudadana que busque prohibir esa matanza, o que se oponga al consumo del jamón. ¿Aún poco feeling? Pasemos a las vacas, que no se crían en verdes pastos, como nos hacen creer las publicidades, sino en slots. Varios años presas en un cubículo para dar leche y, en algún momento, tras un sacrificio mecanizado (pero no por ello menos cruento), carne. Pero no veo plataformas ciudadanas que aboguen por el vegetarianismo absoluto y se planteen prohibir el consumo de animales.

Parece ser que lo terrible de una corrida de toros es que se trata de un espectáculo público. A las vacas no las vemos morir, ni a los cerdos, ni a los pollos: los encontramos en un supermercado, ya limpios y envueltos en plástico. Es algo aséptico. Tanto, que son muchos los niños urbanícolas que creen que las vacas del campo o de la tele y el bistec del almuerzo son cosas que no guardan ninguna relación entre sí.

El toro de lidia nace, se cría y crece en libertad, en el campo. Pasta en dehesas, una suerte que sólo tienen pocos animales hoy en día: algunas vacas y los pocos rebaños de ovejas y cabras que las leyes comunitarias europeas permiten en España. Tras seis años de esa vida, el toro sale a la plaza a morir. Es hacerlo allí o en un matadero industrial, en donde, por supuesto, nadie verá nada. En la plaza, el toro comienza su lucha con el torero. Va a morir de todas formas, pero el toro de lidia lo hace allí, derrochando bravura. No será ni el primero ni el último que se lleve por delante a su supuesto verdugo y a sus ayudantes, e incluso al público. El proceso toma 15 minutos, 20 como mucho. Y el público que asiste a las corridas, y los toreros, y los banderilleros, y el picador, todos ellos comparten un extremo respeto hacia el animal, al que consideran un nobilísimo oponente, digno de elogios. Nadie gusta de ver carnicerías, ni faenas mal hechas, ni sufrimiento gratuito: todo eso es despreciado por el buen conocedor del toreo.

Los "anti-taurinos" opinan que se le impone a la bestia un martirio injusto y brutal. Si analizamos la historia de nuestros animales domésticos, todos ellos —desde nuestro perro a las mentadas gallinas y vacas, y desde el cerdo a los peces de un acuario— sufren. Sufren un destino cruel los animales víctimas de la caza "deportiva", y los peces víctimas de la pesca "deportiva". Creo que esa costumbre humana de cazar, de matar, de comer a otros seres vivos no va a cambiar. ¿Podemos hacerlo menos cruelmente? Sí, por supuesto. Empecemos, pues, por ahorrarles penurias a los millones de aves, bovinos, porcinos y demás animales domésticos criados en condiciones lamentables y muertos igualmente a lo largo y ancho del mundo. Luego podemos preocuparnos por darle un final "digno" (si es que el actual no lo es) al toro de lidia. Un toro, por cierto, que si dejara de criarse para las fiestas y la tauromaquia, probablemente vería sus días contados como especie, tal y como están las cosas hoy en día.

Y si los anti-taurinos no son capaces de enfrentar este proceso, y lo que les molesta realmente es la sangre derramada en la arena de las plazas, que no vayan a verla. Nadie fuerza a una persona a ir a una corrida de toros. Y aquellos que aprecian el "arte de matar un toro" (es mucho más que eso, pero los "anti-taurinos" solo ven la sangre y la muerte) tienen todo su derecho de poder asistir y disfrutar (sí, disfrutar) de la fiesta. Una fiesta que yo, personalmente, paladeo con ganas. Porque he visto lo que ocurre dentro de un matadero, y prefiero mil veces la muerte pública del toro a una carnicería oculta. Y acepto que, como ser humano, soy un depredador de otras especies, en lugar de vestirme de hipocresía mientras me como una lasca de jamón y una tortilla. Totalmente bañadas en invisible —y por ende, poco molesto— sufrimiento animal.