14.9.10

Las manos del pintor

Las manos del pintor

Por Edgardo Civallero

La primera vez que pisé el Museo del Prado, en Madrid, yo tenía unos 12 años, y visitaba la capital del Reino de España en viaje de fin de curso. En esa "excursión" de una semana descubrí los rincones de una villa que me mostró la Puerta de Alcalá, la Plaza Mayor, los Jardines del Buen Retiro, la Puerta del Sol, el Palacio Real o el museo en donde se exponía el "Guernica" de Picasso. Mi mente infantil absorbió todo aquello con asombro contenido, y me llevó semanas (si no meses) digerir y asimilar tamaño bombardeo de sitios históricos.

Sin embargo, de ese viaje siempre rescato mi primera visita al Museo del Prado, como si el recorrido por sus colecciones me hubiera dejado una marca indeleble que quedó adherida a mi piel de por vida.

Desde pequeño había desarrollado cierto gusto por la pintura: curioseaba, ávido, unos tomos enormes que mi padre aún guarda en su biblioteca, en los cuales se atesoran las grandes obras del arte universal. En ellos, mi curiosidad de niño explorador descubrió a Goya, a Velásquez, a Tiziano, a Modigliani, a Van Gogh, y por supuesto a Da Vinci, a Picasso y a Rembrandt. De los canales venecianos del Tintoretto a los cuadros de colores de Miró, y de los motivos moriscos de Delacroix a los delirios de Chagall y Dalí, recorrí la andadura de los artistas europeos de todas las épocas. Sin embargo, el papel solo me permitía apreciar el aspecto general de las obras, jamás sus detalles. Y, mucho menos, a sus autores, que para mi eran simples nombres vacíos, carentes de relación con una persona de carne y hueso, o con un momento histórico o un lugar particular.

Supongo que mi tránsito primero por las salas de El Prado fue una especie de encuentro con viejos amigos lejanos. Una especie de rendez-vous personal con un individuo con el que hemos mantenido contacto por años sólo a través de cartas.

Recuerdo que me maravillé con muchos cuadros. No era para menos: la colección del museo madrileño es una auténtica maravilla. Sin embargo, fui a extasiarme ante el más inesperado: el "Autorretrato" de Durero que ilustra esta entrada.

No puedo olvidar el momento. Traspasé la puerta de una de las salas, me giré y allí estaba él, pequeño hasta la insignificancia, simple, con su importancia reducida al lado de todos los magistrales trabajos que colgaban de esas paredes.

Había visto aquel cuadro un montón de veces en mis libros de pintura y, la verdad sea dicha, jamás le encontré nada de particular. De hecho, Durero tiene producciones mucho mejores que esa (por ejemplo, algunos de sus grabados). Aún así, me extasió. Quizás no imaginé que era tan pequeñito (la tabla no supera los 40 x 50 cms.), o que lo iba a poder tener tan cerca y poder apreciar los trazos que dieron los pinceles del maestro alemán.

El caso es que he vuelto muchas veces a El Prado desde entonces. Recorro sus salas y admiro trabajos tan impresionantes como el "Cristo crucificado" y "Las meninas" de Velásquez, o "Los fusilamientos del 2 de mayo" y las "majas" de Goya, o el intrigante "Jardín de las Delicias" de El Bosco. Pero siempre termino buscando el "Autorretrato" de Durero y plantándome delante de él unos minutos.

E imagino al artista mirándose en un espejo, y dando cada uno de esos trazos pastosos que todavía pueden apreciarse en la superficie de la madera, y decidiendo con qué expresión quiere inmortalizar su rostro, o qué vestido le viene mejor, o cómo disimular tal o cual defecto de su cara... Imagino sus hábiles manos, sus dedos armados con un pincel, dando más presión aquí, difuminando allá, buscando el punto correcto... Lo imagino sonriendo cuando cierto color o tono le complacía, e insultando en Alto alemán cuando cometía algún error, y armándose de paciencia para pintar su melena dorada cabello por cabello... Y limpiándose los dedos de pintura para tomar algún tentempié, o para agregar un par de brasas al caldero que lo mantendría a salvo de los fríos del norte de Europa. No puedo imaginar lo mismo de obras más grandes, más espectaculares: el tamaño, la imponencia o la implícita "magistralidad" de los cuadros hacen olvidar quién estaba detrás de ellos, quién los produjo. Éste, tan pequeño, permite deshacerse del reverencial respeto que los pobres mortales guardamos hacia el Arte con mayúsculas y encontrar, detrás de las capas de pigmentos aceitosos, al hombre que pintó. Un hombre que, seguramente, era consciente de que su cara iba a mirar el mundo por siglos, mucho después de que él hubiera vuelto al polvo, y que sus ojos de óleo iban a tropezarse con muchísimas miradas curiosas que quizás se preguntaron, se pregunten y se preguntarán –como yo lo hago cada vez que lo veo- qué pensaba y qué sentía Albrecht Durero cuando pintaba su propio retrato.

He recorrido muchísimos otros museos desde esa primera visita a El Prado. Y me he acostumbrado a detenerme delante de las obras que exhiben y preguntarme quién estaba detrás de ellas, quién las hizo. Y, en muchas ocasiones, he descubierto en esas tallas, esas vasijas o esas pinturas, el deseo de todo ser humano de trascender a su propia vida y dejar una marca imperecedera en el mundo, una marca que sea recordada y que los haga inolvidables. Pues es cuando un nombre deja de pronunciarse y una persona deja de ser pensada, cuando realmente muere.

He ahí uno de los motivos del arte: sobrevivir. Permitamos a sus autores que lo hagan y, la próxima vez que recorramos una exposición –de lo que sea- o que escuchemos música o leamos un libro, preguntémonos, por un instante, quién fue el artífice de eso que estamos disfrutando. Recordemos que tras todo trabajo artístico hay un mago de las letras, los colores o los sonidos. Y permitámosles vivir de nuevo y que pasen un rato a nuestro lado.

Se los aseguro: nos encontraremos con muchas sorpresas y con un universo insospechado, quizás mucho más valioso que la obra en sí. Yo lo he hecho. Hace poco descubrí que, bajo el marco de la ventana que aparece al fondo del "Autorretrato", Durero había dejado un mensaje: "1498. Lo pinté a mi propia imagen. Tengo 26 años".

Si eso no es un guiño a la inmortalidad, ¿qué es, entonces?

Imagen. En el blog "Letras anónimas" de Lucrecia Piedrahita.