30.8.10

¿Y yo qué sabía?

¿Y yo qué sabía?

Por Edgardo Civallero

Llevo comprobando en la práctica, desde hace unos años a esta parte, la enorme facilidad con que la gente de a pie se desentiende de sus responsabilidades como ciudadanos de un pueblo, una ciudad, una provincia, un país o el mundo (agrego ésta última opción porque, según dicen, estamos en un mundo globalizado y somos ciudadanos del mismo).

La frase más empleada para apoyar o expresar tal desentendimiento y para lavarse las manos al mejor estilo Pilatos es la famosa "¿Y yo qué sabía?"

(Si alguien hubiera hecho la gran "vivada" de registrar la mentada sentencia, se hubiera vuelto multimillonario cobrando los ya tristemente célebres derechos de autor).

Siempre me resultó curioso ver cómo mis compatriotas argentinos de mayor edad demuestran completa ignorancia al ser preguntados sobre sus acciones y opiniones durante la época del "Proceso de Reorganización Nacional" (léase "dictadura militar"). Cuando se les mencionan las torturas y desapariciones que tiñeron la época de rojo y negro, la mayoría se encoge de hombros y alega que en aquellos "años de plomo" no tenían ni idea de lo que estaba ocurriendo.

"¿Y yo qué sabía?", alegan.

Yo me maravillo. En aquellos tiempos era un chiquilín de seis o siete años, pero recuerdo claramente los carteles (con las fotos en blanco y negro de los desaparecidos) pegados en las vallas metálicas que limitaban varios sectores de la enorme Avenida del Libertador, en Buenos Aires, mi ciudad natal. Me acuerdo de mis preguntas al respecto (yo no sabía qué eran desaparecidos, por supuesto) y el silencio (quizás incómodo, quizás desinformado) de mis padres. Tampoco puedo borrar de mi memoria los paseos que daba con mi padre y mi perro por Núñez, el porteño barrio de mi infancia, y cómo cuando pasábamos por la acera de la ESMA, mi progenitor me pedía que no mirara a las torretas de vigilancia, donde había soldados armados. Entendí esa petición años después, y supuse que mi padre sabía algo. Pero, aún hoy, él se empeña en su negativa.

"¿Y yo qué sabía?", repone.

¿Se tenía conocimiento y conciencia de lo que estaba pasando, y se decidía no meterse en cuestiones que podrían arriesgar la propia vida y la de los seres queridos, o sobre las que no se podía hacer absolutamente nada? ¿Se ignoraba, y se prefería conservar ese prístino estado de desconocimiento, por las dudas?

No sé qué hubiera hecho yo en aquellos tiempos y en aquellas latitudes, de haber sido un adulto responsable de mis actos. Probablemente me hubiera callado. El miedo es un arma poderosa, y personalmente mantengo una tendencia egoísta a pensar ante todo en mi supervivencia y en mi integridad física. Quizás yo también me hubiera sumado al "¿Y yo qué sabía?", haciéndome lo que en Argentina damos en llamar "el reverendo boludo".

Sin embargo, en épocas más actuales y en países supuestamente democráticos, donde las botas de hierro ni suenan ni pisotean, en donde no hay censura en los medios y en los cuales el pueblo es el que, también supuestamente, elige a sus representantes, la gente sigue callándose la boca ante las injusticias. Y en muchos casos no es por miedo, ni por desconocimiento, ni por presiones. Es por simple y llana desidia.

Permítanme ilustrar mi opinión con el ejemplo más actual y obvio.

El pueblo iraquí ha sido diezmado. El pueblo afgano lo está siendo en este momento (en este punto es cuando usted, querido/a lector/a, ya puede soltar eso de "¿Y yo qué sabía?"). Sus países son vertederos de casquillos de metralla extranjeros y campamentos de tropas de ocupación foráneas que llegaron allí un buen día para "combatir el terror" y "reinstaurar la democracia" (repita conmigo: "¿Y yo qué sabía?"). Dejando de lado el hecho de que ninguna de las naciones ocupantes vive en una perfecta democracia (puede repetir, si le apetece), de que si hubiera una guerra civil en Estados Unidos, Francia, Rusia o Alemania, ningún miembro de la OTAN osaría enviar tropas para "reinstaurar el orden" y de que, despojando el asunto de hipocresías, muchos sabemos que esas tropas están en Asia Central para asegurar las rutas del petróleo y dar de comer al gran monstruo de la industria armamentística (repita, repita...), hay una cosa a tener en cuenta: el "terror" que supuestamente iban a combatir esos soldados sigue en pie (aunque sería bueno definir a qué tipo de terror nos referimos, o quién genera realmente terror en nuestros días). La "amenaza terrorista" no mengua: se acrecienta. Y es lógico que lo haga. Porque las muertes de civiles inocentes también crecen (puede usted decir "¿Y yo qué sabía?"). La destrucción no se detiene (dígalo, dígalo, no tenga vergüenza). La tan italiana idea de "vendetta" encuentra día tras día motivos con los que legitimarse y justificarse: mujeres violadas y asesinadas, niños mutilados, caseríos arrasados (todo ello "por accidente" y como "daños colaterales". Por cierto, puede usted repetir la consabida frase si lo considera oportuno).

He escuchado, estos últimos días, a varios voceros del gobierno español alegando que las tropas hispanas están en Afganistán realizando "labores humanitarias". ¿Labores humanitarias? ¿Metidos en tanques blindados y armados hasta los dientes? Los medios españoles no se quedan atrás y dan las noticias muy hábilmente: cuando un soldado español muere a manos de los afganos es un "asesinato" y cuando ese mismo soldado liquida afganos (combatientes o no) son "bajas".

Esta situación puede extrapolarse a todos los países que tienen tropas estacionadas, acampadas o actuando en territorios extranjeros. La ciudadanía bien informada de esas naciones ocupantes se manifiesta y pide la retirada de sus ejércitos. Pero se trata de grupos minoritarios: esos que no olvidaron cómo ejercer su derecho a recibir información imparcial y conocen cómo funciona una democracia. Son pocos y, en consecuencia, poco pueden hacer. La mayoría restante, por su parte, se nutre plácidamente con las "novedades-deformadas-y-predigeridas" con las que los alimentan diarios y noticieros, y cuando alguien les habla de las masacres, de las injusticias y de todo lo demás, lanzan su afamado "¿Y yo qué sabía?" y se quedan tan tranquilos en su sillón, como decía "Tranquilo, majete", la famosa canción del grupo Celtas Cortos.

Podemos seguir calmos y plácidos, sin enterarnos o haciendo oídos sordos a lo que ocurre fuera de las cuatro paredes de nuestro salón. Siempre tendremos a mano la frasecita que titula esta entrada, útil herramienta lava-culpas. Pero allí fuera, la realidad sigue su curso, impertérrita. Y si no hacemos algo, por mínimo que sea, para cambiarla (al menos informarnos debidamente y saber lo que realmente está ocurriendo, o hacernos cargo de nuestras responsabilidades como ciudadanos) una mañana nos despertaremos en un mundo que se nos cae encima a pedazos.

Lo sé porque un día, no tan lejano como para no recordarlo, unos cuantos millones de argentinos supieron todos los detalles acerca de los vuelos de la muerte, de los centros de detenciones ilegales, de las torturas inhumanas, de los fusilamientos, de las fosas comunes, de las mentiras de los periódicos... Y, aunque todavía hoy usen como excusa el "¿Y yo qué sabía?" o el más patético "Algo habrán hecho...", la mayoría aún está tratando de digerir que eso pasó en su tierra, con su gente, y que ellos, con su silencio, su mirada desviada o su bien cuidada ignorancia, fueron cómplices por omisión de todo lo que pasó.

Nosotros aún estamos a tiempo de evitar que, en un futuro cercano, debamos responder a nuestros hijos un "¿Y yo qué sabía?" cuando nos pregunten el por qué del cambio climático, de la desaparición de la flora y la fauna, del dominio político de las multinacionales, del manejo de los medios de comunicación o de las guerras de odio. Y aún mejor, estamos a tiempo de evitar el uso de esa oración interrogativa para limpiar nuestra conciencia de culpa. Si es que aún somos lo suficientemente honestos, objetivos, éticos y conscientes como para sentirla.