16.8.10

La cultura de la disculpa

La cultura de la disculpa

Por Edgardo Civallero

Creo que hace poco, el Papa de Roma salió a pedir perdón por los actos de pedofilia cometidos por sus subordinados.

No es la primera vez que el Sumo Pontífice de la Iglesia Cristiana de Occidente tiene que salir a pedir disculpas. Los predecesores del actual "presidente del Vaticano" lo han tenido que hacer varias veces, o al menos eso me parece recordar. Se trata de un "ejemplo de manual" de la manoseada, remanida y nunca bien ponderada "cultura de la disculpa".

Usted, lector o lectora, conoce esa "cultura" tan bien como yo. Puede que, incluso, se haya beneficiado alguna vez de ella. Puede que yo mismo lo haya hecho. La llevamos bajo la piel, pues nos la inculcan desde pequeños. Es una "cultura" que ejercitamos –como dadores y receptores- a cada momento.

Imaginen que están tranquilamente sentados en una plaza y se les acerca un niño de cuatro años que anda jugando por allí. Sin aviso previo, sin comerlo ni beberlo, el enano les arrea una coz al mejor estilo mula que los deja viendo las estrellas y con unos calambres que les reverberan desde la nuca al ombligo. Rauda se acerca la madre y le espeta al crío de marras:

— ¡Pide disculpas al señor! (o a la señora, si es el caso).

El crío dice "ped-dón"... y ahí se acabó todo. Sí, sí, se acabó todo. Porque, además de contener el instinto asesino y las ganas de devolverle al enano la patada con intereses añadidos, hay que sonreír por la monería del niño pidiendo perdón y hay que alabar lo bien educado y lo obediente que es.

A los cinco minutos el mismo crío estará pareando a otra persona, ejercitando su mejor puntapié de derecha, a sabiendas que le bastará con decir "ped-dón" las veces que haga falta para librarse de la que le caería encima si otro gallo le cantara.

Ocurre con todo y con todos: el conductor que pasa por un charco y nos enfanga de arriba abajo a nosotros, cándidos peatones, se asoma por la ventanilla y pide perdón; el señor que nos machaca el pie de un pisotón asesino sonríe beatíficamente y pide perdón; el comerciante al que descubrimos metiéndonos piezas de fruta podrida en nuestro pedido de manzanas sonríe y pide perdón... Todos piden perdón, todos se disculpan. Pero nosotros iremos por ahí empapados de barro, con el pie destrozado y, con mucha mala suerte, con medio kilo de fruta inservible en la bolsa de nuestra compra.

Todo este asunto de la "cultura de la disculpa" se ha trasladado a las altas esferas políticas, económicas, culturales y religiosas...

(O quizás nos la han inculcado desde esas esferas. En estos días inciertos, uno sabe donde se encuentra ni el origen ni el final de las cosas que vive).

El regente de turno de los Estados Juntitos del Norte (como dirían los inigualables Mortadelo y Filemón) pidió las consabidas disculpas cuando "se dieron cuenta" de que en Irak no había armas de destrucción masiva, como ellos creían y habían proclamado a nivel universal. Fue un "error de inteligencia" (perdón, pero... ¿inteligencia, dicen?). Me gustaría saber si a los muertos, los mutilados, los despojados, los empobrecidos, los tratados como terroristas sin comerlo ni beberlo, los detenidos, los torturados, los ejecutados sin juicio, las mujeres violadas, los mancillados, los robados y los agredidos de Irak les vale de algo esa "disculpa oficial". ¿Reconstruirán esas palabras las casas de los afectados? ¿Les devolverán la vida a los asesinados? ¿Reharán su cultura?

(Aunque, claro está, por lo menos hubo una disculpa. Los sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki todavía están esperando que alguien pida perdón por la brutalidad cometida por los mismos de siempre en 1945).

Los dirigentes de una (ya famosa) compañía petrolera han pedido disculpas por uno de los vertidos de petróleo más brutales (y, según algunas fuentes, más previsibles) de los últimos años. "Fue un error" dijeron. Representaron una parodia muy bien armada (y que muchos creyeron), en la cual el responsable del "accidente" perdió su puesto de trabajo (pero no su jugosísimo retiro) y los medios de comunicación pertinentes informaron que el petróleo y los disolventes empleados para hacerlo desaparecer no envenenarían el agua. El mismo regente de esos Estados norteños se acaba de bañar en las aguas hasta hace poco pringadas de crudo delante de las cámaras de televisión, para mostrar a su gente que allí no ha pasado nada.

Y yo vuelvo a preguntarme si esas disculpas (y todo el montaje asociado) servirán para devolverles la vida a todos los animales marinos muertos, o el trabajo a los pescadores de la zona, o la limpieza a unas aguas que, si bien no eran límpidas y puras, sustentaban unos ecosistemas únicos.

Los directivos de las entidades financieras y bancarias pidieron disculpas por todos los desbarajustes que han creado y que han llevado a la más reciente crisis económica global. Tras pedirlas, volvieron a sus mansiones en sus cochazos, a consultar en sus super-ordenadores el estado de sus doscientas cuentas bancarias escondidas en paraísos fiscales varios. Ellos ya habían cumplido pidiendo perdón. Pero... ¿acaso eso sirve para devolver el trabajo, la casa, la tranquilidad, la confianza o el dinero a todos, todos, todos los que ha perdido alguna de esas cosas (o todas ellas)?

Podría seguir poniendo ejemplos, pero creo que, si han soportado mi prosa hasta aquí, ya han entendido cuál es mi problema. A mi modo de ver, la disculpa debería usarse en aquellas ocasiones en las que ocurre algo que queda fuera de nuestras intenciones. En cualquier otro caso no se trata de una disculpa: se trata de una mentira o de pura hipocresía.

Y eso les estamos enseñando a nuestros hijos. A mentir para escapar de las consecuencias de sus actos. Y a ser hipócritas para no ser condenados socialmente por lo que hagan o dejen de hacer.

Pues nada, a ejercitarse entonces. Perdonen si algo de lo que escribí les ofende. Perdonen si mis conceptos no son precisos. Perdonen si se ven reflejados en esta entrada: no era mi intención retratarlos. Perdonen si...