9.8.10

Haz turismo invadiento las realidades ajenas

Haz turismo invadiendo las realidades ajenas

Por Sara Plaza

Año tras año, ése parece ser el objetivo de muchas personas que deciden veranear en localidades rurales, bien porque fueron los lugares que los vieron nacer, bien porque buscan alejarse del sempiterno oleaje de las ciudades y recalar un tiempo en las mansas aguas de laderas y praderas. Entre esas numerosas personas hay de todo, como en botica, pero poco bueno. Bueno para los habituales pobladores de esos valles y esas llanuras, se entiende. Y es que salvo algunos negocios que ven aumentar su clientela de manera exponencial, léase terrazas de bares y restaurantes, tiendas de diversos ramos, chiringuitos junto a la piscina y kioscos, los vecinos de las poblaciones rurales vemos cómo toda esa gente recién llegada invade nuestro horizonte cotidiano más allá de la puerta de casa y cómo se cuela en nuestra intimidad cruzando esa misma puerta sin ningún sonrojo.

Muchos de esos veraneantes se creen dueños y señores de calles y caminos que recién pisan, de plazas y rincones que recién cruzan, de bancos de piedra o madera en los que recién se sientan, del aire que por fin respiran y del agua que toman de las fuentes. Deben pensar que todo lo han puesto ahí para ellos, que todo está dispuesto para su uso y disfrute, que pueden ir y venir por donde quieran, que pueden entrar y salir por cualquier lado, que pueden hablar, gritar o reír en cualquier parte, que pueden hacer lo que les de la gana, que todo vale, que no hay horarios, que su libertad no acaba donde empieza la del vecino, que son los más listos, los más guapos y los más graciosos.

Pareciera que estén dispuestos a saltarse todos los límites que sí respetan el resto del año, todas las normas que siguen en ese tiempo, todos los códigos éticos, de buena educación y de respeto que suscriben en sus propios hogares. Sin ninguna legitimidad vienen a dar lecciones y no permiten que nadie les enseñe un par de cosas que debieron haber aprendido cuando aún gateaban. No nos queda más remedio que escuchar sus conversaciones telefónicas día sí y noche también, pues escogen hablar a voces por el móvil mientras giran sobre sus propios pasos a la puerta de otro. Nadie nos salva de tragar el humo de sus barbacoas, de sus 4x4, de sus motos y de sus quads. Tampoco de ingerir sus muchas estupideces mientras caminan, corren o pedalean alborotados con sus numerosos gadgets. Te guste o no la música tienes que bailar, pues la ponen a un volumen tan ensordecedor que se cuela por las ventanas y estremece los cimientos de cualquier vivienda.

Su descanso nos cansa, su charla nos ensordece y sus bromas no tienen la más mínima gracia. Eso sí, sus disfraces de exploradores nos dan la oportunidad de hacer algún que otro chiste. Lo que no es en absoluto chistoso es adentrarse en los pinares y encontrar que han arrancado y tirado por ahí montones de setas y hongos, que recojan moras de zarza para hacer dulce porque te vieron hacerlo a ti, pero no sepan cómo ni les den ganas después y terminen echándolas a la basura, que se metan en cualquier propiedad privada y agarren frutas y hortalizas que no les pertenecen porque les resulta divertido y "total, todo es campo y el campo es de todos". Pues no señores, ni todo es campo, ni todo es ustedes. Ya está bien de invadir las realidades ajenas, de colarse en nuestra cotidianeidad y mudar nuestros sueños en pesadillas. Ya está bien de apropiarse de lo que no es suyo y de ensuciar y romper lo que venimos cuidando entre todos.

Alguna vez, alguien debería ocupar un ratito los espacios habituales de estos turistas indeseables, colonizar su territorio cotidiano, sus conversaciones y sus paseos, colarse sin ser invitado en su intimidad, adueñarse de todo lo que les rodea. Tal vez así se dieran cuenta de lo molestos que resultan y de lo poco bienvenidos que son cada verano.