20.7.10

Sonidos del pasado

Sonidos del pasado

Por Edgardo Civallero

¿Alguna vez se han preguntado cómo sonaría la música antigua originalmente?

(Y por música antigua me refiero a la verdaderamente antigua, o, al menos, a todo sonido ejecutado o cantado antes de la aparición de los primeros aparatos de grabación).

Yo me hice esa pregunta hace unos días, cuando me enfrenté a las imponentes fotografías de "Sonidos de América", un documento impresionante que el Museo Chileno de Arte Precolombino ofrece, junto a muchos más, para descarga libre en su archivo audiovisual (un rincón virtual que, por cierto, merece felicitaciones y muchas visitas).

Contemplando las flautas de cerámica que muestra el mentado libro electrónico, y observando los exquisitos detalles de trompetas, bocinas, silbatos, campanas y tambores, me dije que probablemente nunca vamos a saber qué sonidos lanzaban al aire esos instrumentos cuando aún estaban "vivos", ni qué tipo o estilo de música habrían compuesto e interpretado con ellos sus dueños primigenios: Nazcas, Mochicas, Chimúes, Atacamas, Incas

Por mucho que intentemos reconstruirla, por muchas teorías que las "mentes preclaras y lúcidas" de la arqueología y la historia elaboren, por mucho que repliquemos los instrumentos y los soplemos y golpeemos, por mucho que los observemos a través de rayos X, por mucho que se diga y se escriba, jamás averiguaremos como fue esa música realmente, cómo sonó, cuál fue su timbre, su volumen, su ritmo, su tempo, su candencia, su textura y, sobre todo, cuáles fueron las emociones que la alimentaron y cuáles las que alimentó en otros…

Y a uno le queda un agujerito dentro cuando se enfrenta a este tipo de revelaciones, y una tristeza enorme. La misma que sentiría si recibiese una decisiva e inesperada carta de amor 50 años después de ser enviada, y al abrirla encontrase sólo la mitad de la misiva. Es algo que uno sabe irremediable, un enigma al que no vale la pena enfrentarse, un problema sobre el que es mejor no pensar, pero que queda ahí, como una espinita.

Empecé entonces a preguntarme cómo hubieran sonado otras músicas. Por ejemplo, cómo sonaría originalmente Vivaldi, en un lugar (Italia) y en una época (la barroca temprana) en la que los grupos y pequeñas orquestas de cámara no se dirigían con una grácil y silenciosa batuta, sino al compás de un bastón violentamente percutido contra el suelo. ¿Imaginan el escándalo molesto de ese golpeteo, metiéndose en medio de las notas de las célebres "Cuatro Estaciones"? Una época en la que, además, los instrumentos clásicos recién comenzaban a desarrollarse y estaban todavía llenos de imperfecciones, de asperezas, de afinaciones torcidas… Una época en la que el diapasón de afinación de una ciudad no era igual al de otra y, por ende, algunos instrumentos no podían tocar en orquestas junto con otros porque estaban desafinados. Una época en la que las cuerdas de los violines eran de tripa, las flautas no tenían llaves y la mayoría de los vientos eran de madera. Dudo mucho que la música barroca (e incluso la clásica) sonara como lo hace hoy. No sería ni mejor ni peor, por cierto. Pero sería muy distinta. Precisamente como el compositor –Vivaldi, Bach, Mozart- quería que fuese. ¿No les intriga saber cómo sería eso?

Pensando en eso, seguí adelante con la dichosa pregunta. ¿Cómo sonarían todos esos instrumentos que hoy nos miran, lánguidos y tristones, desde las vitrinas de los museos? ¿Cómo habrán sonado esas liras encontradas en las tumbas de Ur, que probablemente acunaron el último sueño de los esclavos que acompañaban a la reina Suabi en su viaje eterno? ¿Cómo sonarían los instrumentos de las grandes dinastías chinas? ¿Cómo habrán sonado, a los ojos de los primeros europeos, esos tambores africanos que hoy adornan colecciones privadas en Europa pero que, originalmente, convocaban fiestas y guerras en el corazón del continente negro? ¿Cómo habrá sido todo eso originalmente?

¿Y si pasamos de la música a cualquier otro sonido? ¿El rugido de la multitud en el Coliseo? ¿Una batalla entre ejércitos medievales? ¿La voz de Cicerón en el senado romano? ¿Y la de Sócrates, o la de Homero, si realmente existieron?

Es en ocasiones como ésta, en las que comienzo a hacerme demasiadas preguntas inútiles, cuando no puedo dejar de sentirme un náufrago del tiempo. Sé que mis interrogantes no tienen respuestas, y que eso es algo irremediable: no hay forma de obtenerlas. Pero, antes de cerrar esta entrada, me doy cuenta de que, dentro de 500 o quizás mil años, alguien se preguntará cómo sonaba mi voz, o la de cualquiera de ustedes, o cómo sería la música que escuchábamos, tocada en origen, o como serían nuestras voces, o incuso nuestro idioma.

Y, consciente de cómo funciona nuestro mundo actual, sé que ese hombre o esa mujer del futuro tampoco podrán aliviar sus dudas. A pesar de que hoy tengamos herramientas que nos brinden la posibilidad de dejarles alguna respuesta como herencia.